Versos Spanish José María Eguren De La Hacienda, Sonora Campana

Spanish poem

De La Hacienda, Sonora Campana

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De la hacienda, sonora campana el silencio rasgó matulino, y risueña Danira me ofrece un paseo por almo camino. Las retamas de seda amarillas luminosas por el aguacero, los sitiales, las urnas parecen de los santos Gorrión y Jilguero. En la huaca la tórtola obscura una gema dibuja de gualda; y la nube de aurora desciende cristalina del cerro en la falda. —Ve reír la campánula rosa en la senda, me dice Danira, y quizá, por tal risa indignados, los espinos temblando de ira. ¿Dónde moran verdosos los sauces; dónde tiemblan los árboles bayos, no divisas humildes y graves, misteriosos los guardacaballos? —No, respondo, en el valle percibo triste sombra con un capirote. ¿Infortunio será que me sigue en su largo caballo de trote? —Son quimeras, Danira me dice, son temores de tu fantasía; sé que reina esperanza en el monte con rosada, celeste alegría. —Mis temores, por suerte replico, hoy que llegan del alba placeres en un sueño de bosque dorado, son, Danira, saber tus quereres. Y responde: —En la tapia verdosa los huanchacos soldados parecen: centinelas de amor que vigilan estos campos que dulces florecen. Saucedal a la vera del río es un sueño feliz, trepadoras han tejido los arcos obscuros y siluetas de luz tembladoras. Los patillos del mar, caprichosas han formado viviendas salvajes, y moviendo las frondas, inclinan sus cestillos de verdes encajes. —Oh, belleza, Danira profiere, titilantes las hojas perlinas luminoso proscenio han trazado de telones y de bambalinas. —Mira, dije, los troncos gigantes en el claro del monte caídos, de Gustavo Doré me recuerdan antañeros boscajes perdidos. —Sí, responde Danira, semejan plantas vivas y el álamo probo los lugares que Perrault describe. ¿Si serás el gigante o el lobo? —Caballero seré de mi dama, seré amante feliz, ¡alma mía! Y contesta con vívidos ojos: —Ya comienza la sensiblería. Es engaño sutil... En sombrío bovedal de lianas caramelo me figuro que hay duendes morados ¡no se mira ni un claro de cielo! —Sí, contesto, pero hay de esmeralda luces bellas, por hojas estivas; y en cimera del álamo veo se enamoran las aves festivas. —¿Dónde están? Soñador insincero, no percibes del alno cimera: y si amores, otra vez, anuncias volveremos en muda carrera. —¡Oh, jamás! Seguiré verde trocha con la Eva de mi paraíso, por el musgo de luz dilatado por el valle y el monte indeciso. Y responde: —Por fin de jornada llegaremos al linde cercano que ya siento la luz de los cielos al silbido del tordo galano. Y también cuculíes se arrullan, les responden las madrugaderas. —Esta vez, digo yo, es Danira la que me habla de amores de veras. Y la niña la marcha prosigue sin ninguna palabra ninguna, la canción principiando harmoniosa que se canta a los niños de cuna. A cogerla me torno, festivo, pero salta en la umbría cual paro, linda corre en el húmedo césped del estanque recóndito y jaro. —¡Valle hermoso!, me dice riente; mira tú que es la puerta del cielo esa entrada de campo luciente de granate, zafiros y hielo. La lejana pradera simula un glorioso paisaje soñado: más, llegando a su puerta olorosa, percibimos un monte quemado. Blanquecina y vieja la tierra de parajes quizá hollados nunca, con festones obscuros verdosos, con la duna selvática trunca. Es mansión de la Melancolía, el imperio de verde Canicie y los musgos mortajas simulan en la fría, callada planicie. A la vera del bosque, un espino calvo, obscuro y enfermo se inclina: se vislumbra con vaga tristeza una huaca borrosa y albina. —Vamos, dice, a los páramos rubios que distantes velados se miran; pasaremos la turbia muralla, y sabrás si te quiere Danira. Madrigueras hallamos calizas, y cubiles quizá de los pumas, y dos momias incaicas cubiertas y verdosas, viejísimas plumas. De sillares inmensa muralla color plúmbeo, nos cierra el camino. —Es, me dice Danira, el palacio, el palacio de un rey campesino. Las pisadas sonaron sonoras, de subir murallón con anhelo; y miramos radiante campiña con zacuaras doradas de cielo. Y suspiran arpegios las aguas, vivas aguas azules y raras, y hermosean el campo harmoniosas con las músicas lentas y claras. Y a la entrada del monte azulino, donde el viento las plantas deshoja, encontramos obscura y alerta en el sauce la serpiente roja.