Spanish poem
Poesía
by José María Heredia y Heredia
¡Alma del Universo, Poesía! Tu aliento vivifica, y semejante Al soplo abrasador de los desiertos, En su curso veloz todo lo inflama. ¡Feliz aquel que la celeste llama Siente en su corazón! Ella le eleva Al bien, a la virtud: ella a su vista Hace que rían las confusas formas Del gozo por venir: contra el torrente Del infortunio bárbaro le escuda, Haciéndole habitar entre los seres De su creación: con alas encendidas Osada le arma, y vuela Al invisible mundo, Y los misterios de su horror profundo Á los hombres atónitos revela. ¡Sublime inspiración! ¡Oh! ¡Cuántas horas De inefable deleite Concediste benigna al pecho mío! En las brillantes noches del estío Grato es romper con la sonante prora, Largo rastro de luz tras si dejando, Del mar las ondas férvidas y oscuras: Grato es trepar los montes elevados, Ó a caballo volar por las llanuras. Pero a mi alma fogosa es muy más grato Dejarme arrebatar por tu torrente, Y ornada en rayos la soberbia frente, Escuchar tus oráculos divinos, Y repetirlos; como en otro tiempo De Apolo a la feliz sacerdotisa Grecia muda escuchaba, Y ella de sacro horror se estremecía, Y el fatídico acento repetía Del Dios abrasador que la agitaba. Hay un genio, un espíritu de vida Que llena el universo; él es quien vierte En las bellas escenas de natura Su gloria y majestad: él quien envuelve Con su radioso manto a la hermosura, Y da a sus ojos elocuente idioma, Y música a su voz: e quien la presta El hechizo funesto, irresistible, Que embriaga y enloquece a los mortales En su sonrisa y su mirar: él sopla Del mármol yerto las dormidas formas, Y las anima, si el cincel las hiere. En el «Fedra» , en «Tancredo» y en «Zoraida» Nos despedaza el corazón: o blando Con Anacreón y Tibulo y Meléndez Del deleite amoroso nos inspira La languidez dulcísima: o tronando Nos arrebata en Pindaro y Herrera Y el ilustre Quintana, a las alturas De la virtud sublime y de la gloria. Por él Homero al furibundo Aquiles Hace admirar, Torcuato a su Clorinda, Y Milton, más que todos elevado, Á su ángel fiero, de diamante armado. Por do quiera este espíritu reside, Mas invisible. Del etéreo cielo Baja, y se manifiesta a los mortales En la nocturna lluvia y en el trueno. Allí le he visto yo: tal vez sereno Vaga en la luz del sol, cuando éste inunda Al cielo, tierra y mar en olas de oro; De la música tiembla en el acento: Ama la soledad: escucha atento De las aguas con furia despeñadas El tremendo fragor. Por el desierto Los vagabundos árabes conduce, Soplando entre sus pechos agitados Un sentimiento grande, indefinido, De agreste libertad. En las montañas Se sienta con placer, o de su cumbre Baja, y se mira del Océano inmóvil En el hondo cristal, o con sus gritos Anima las borrascas. Si la noche Tiende su puro y centellante velo, En la alta popa reclinado inspira Al que estático mira Abajo el mar, sobre su frente el cielo. Es el ansia de gloria noble y bella: Yo de su lauro en el amor palpito, Y quisiera en el mundo que hoy habito De mi paso dejar profunda huella. De tu favor, espíritu divino, Puedo esperarlo, que tu aliento ardiente Vive eterno, y da vida; los mortales A quienes genio dispensó el destino Ansiosos corren a la sacra fuente Que tu fogosa inspiración recibe. El mundo a sus afanes apercibe Indigno galardón. Cuando los cubre Vestidura mortal, vagan oscuros Entre indigencia y menosprecio: acaso De sacrilega mofa son objeto: Al cabo mueren y sus almas tornan A la fuente de luz de que salieron, Y entonces a despecho de la envidia, Un estéril laurel brota en sus tumbas. Brota, crece, y ampara las cenizas Con su sombra inmortal: pero no enseña A los hombres justicia, y cada siglo Ve repetir el drama lamentable, Sin piedad ni rubor. ¡Divino Homero, Milton sublime, Taso desdichado, Vosotros lo diréis! Empero el genio Al infortunio arrostra: sus oídos Halagan los aplausos que su canto Recibirá feliz en las regiones Del porvenir. Su gloria, su desgracia Excitarán la dulce simpatía En la posteridad de los crueles Que a miseria y dolor le condenaron. Desde la tumba reinará: las bellas Con respeto y ternura suspirando, Pronunciarán su nombre: ya centella Á sus ojos la lágrima preciosa Que arrancarán sus páginas ardientes Á la sensible hermosa. La ve, palpita, se enternece, y fuerte De la cruel injusticia se consuela, Y esperando su triunfo de la muerte, Al seno del Criador gozoso vuela. ¡Dulcísima ilusión! ¿Quién ha podido Defenderse de ti, si no ha nacido Yerto como los mármoles y bronces? ¡Oh! ¡yo te abrazo con ardor! ¡Lo espero!... Algunas efusiones de mi Musa Me sobrevivirán, y mi sepulcro No ha de guardarme entero. Tal vez mi nombre, que el rencor proscribe, Resonará de Cuba por los campos De la fama veloz en la trompeta. Al ver como su lienzo se animaba, El Correggio exclamaba: ¡Yo también soy pintor! — ¡Yo soy poeta!