Versos Spanish José Santos Chocano El Asalto

Spanish poem

El Asalto

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Allá, lejos, muy lejos, lúgubre fondo o cárdenos reflejos: el verbo de las broncas tempestades en gloriosa explosión rompe iracundo, y se apaga en las hondas soledades; el relámpago cruza vagabundo como una inmensa mariposa extraña; y el trueno llora su dolor profundo en el altar mayor de la montaña... ¡Eco parece del enorme ruido que hicieron, derribados desde el cielo, al rodar para siempre en el olvido, los olímpicos dioses! ¡Voz de alarmas que sembraba pavor, pavor de hielo, estremeciendo las colgantes armas en el raudo corcel, que hallaba el suelo de la trémula Roma decadente, a donde el fiero bárbaro quería agua encontrar para lavar su frente salpicada de fangos todavía! ¡Grito eterno de horror que el furibundo torrente da al saltar! ¡Ay de agonía, con que se rasga el corazón de un mundo! ¡Mas no es la tempestad: es la batalla, que en la cúspide estalla del Morro que se siente estremecido, cual si hubiera del cielo descendido, en un bólido enorme, la metralla, para saltar del choque de la tierra, en horroroso y trágico estallido, como un pregón de atronadora guerra!... Blanca, espesa neblina la frente envuelve de la brava cumbre, en que el drama sangriento se adivina, del cañón ronco a la rojiza lumbre que desgarra las brumas repentina... Blanca, espesa neblina opaca el cielo; y hasta el altivo sol rinde tributo a la tristeza del heroico duelo, y se viste de luto... Así también, cuando los dioses quieren acabar con los héroes en la Iliada, los circundan de nieblas... ¡Y así mueren bajo los golpes de invisible espada, sin llegar á saber cómo los hieren! Por imposibles sendas, por estrechos bordes de precipicio, por do espacio encuentra al pie, las invasoras gentes, con la fe do los triunfos en sus pechos, con el sol de las iras en sus frentes, lánzanse a la altitud, cual los torrentes saltando por encima del reacio valladar que embaraza sus corrientes... Finge un río, que en ancha catarata, en vértigos de espuma se arrebata al chocar con las peñas: invertido, sube en vez de bajar. Las muchedumbres son las aguas de un mar desconocido... ¡Tal el Diluvio Universal ha sido: tal subieron las aguas a las cumbres! Y el héroe está en el Morro; y está cierto de que se acerca el trágico minuto en que ha de rodar muerto; y está cierto a la vez de que su gloria ha de rasgar la obscuridad del luto, como un tajo de sol sobre la Historia. Es breve su estatura; pero en su alto corcel crece y espanta, cual si fuese titánica figura: el héroe toca con su frente el cielo, mas siempre tiene su corcel la planta afianzada en el seguro suelo... Llueve el plomo, se rasga la bandera se destempla el clarín; y roncamente la invasión adelanta y adelanta; y caen los soldados, a manera de las espigas cuya altiva frente el granizo quebranta... Se acerca el choque ya. ¡La lucha fiera va a enconarse por fin! Sigue el torrente... y todo es confusión súbitamente; y se mezclan soldados con soldados; y luego... ¡se derrama por do quiera ancho rumor de vientos encontrados! Mas... ¿Quién es el ginete misterioso que en carrera veloz hacia la cumbre, del torrente invasor sigue las huellas; y corre, y corre, de llegar ansioso, mientras sus armas de chispeante lumbre van lanzando relámpagos y estrellas? ¡Es la muerte; ella es! Su rostro fiero, de luminosas cuencas, se destaca bajo de un casco de luciente acero: ciñe, como suntuoso coracero, ingente cota de bruñida placa. Se ve que avanza triunfadora y fuerte —con una nube en su semblante pálido y un rayo de dolor en su mirada— la dantesca figura de la Muerte cabalgadora en su corcel escuálido, que es un arpa de huesos destemplada... Cual relámpago el látigo chasquea; y se lanza a la cumbre, a la pelea: todo, todo lo arrolla y lo aniquila; que el corcel de la Muerte acaso sea ¡el mismo espectro del bridón de Atila! ¡Arranca chispas al sentar el callo en el recio peñón; clava la espuela en el hundido ijar de su caballo, que se para en dos pies; y luego... vuela! En su diestra, resplande la guadaña insaciable de vidas, que a ambos lados va sembrando el terror. ¡Es una extraña visión, un huracán de la montaña que arremolina nubes de soldados!... Como el experto nadador que a solas juega en el ancho mar, y ya sepulta su cabeza en las olas, ya la saca otra vez, ya la hunde luego, así la Muerte en misterioso juego, súbito ya parece, ya se oculta, ya vuelve a parecer; y entre las filas deshechas de soldados, cruza rauda, cual un cometa de pavura ciego que huye espantado de su propia cauda, o cual fiera que corre en la espesura revolviendo sus fúlgidas pupilas entre las sombras de la selva obscura... A cada rudo golpe, a cada embate, los batallones, —aves que en su nido quiebran las alas por sondear la altura—, van dejando rodar en el combate soldado tras soldado, hoja tras hoja, a manera de un árbol sacudido que de todas sus galas se despoja. Soplo de tempestad ruge iracundo... Allá un soldado cae, otro levanta; aquél hunde su corvo en la garganta del débil moribundo, que, soltando el fusil, rodó a su planta: aquel héroe sin nombre, con su sola calada bayoneta, al fin rechaza a un grupo, que le envuelve y le amenaza como a la peña la ceñida ola; ése, como hoja que arrebata el viento, de peña en peña va, por el barranco; ese otro lanza horrible juramento, los ojos pone en blanco, deja caer el arma, con la diestra cubre la sangre que en su pecho asoma y rápido, en mitad de la palestra, gira sobre sí mismo... y se desploma; éste, el corvo homicida clávale por la espalda al que entre tanto expone, ante cien muertes, una vida; éste, de cara al sol, muerto soldado, como expresión de póstumos enojos, muestra al cielo el combate reflejado en el cristal de sus abiertos ojos; y este otro, que dispara su arma antes de caer, rápido rueda y, en su alarde postrer, de espaldas queda, vuelta hacia el suelo con desdén la cara... Charcos de sangre lo enrojecen todo; y así la sangre, lustración de horrores, resbala en cauces de revuelto lodo cual por la sien del labrador sudores... ¿Qué Verónica santa enjugaría el sudor de la sangre en ese suelo, si sólo alcanzaría a retratarse la batalla impía en el lino del bíblico pañuelo?... Entre la sangre, en grupos, confundidos se amontonan al par muertos y heridos; vibran las armas rotas sus destellos temblorosos, como esas sensaciones que recorren la piel hasta que inerte el cuerpo queda al fin. Y sobre aquellos grupos, en su corcel, salta la Muerte; y salta a modo de una cabra fiera que empezara a correr, por los montones de segadas espigas en la era... Y a manera del Dios de los cristianos que por do quiera se halla, o a manera dell sol que esparce generosa lumbre sobre el amplio hemisferio por do quiera, Bolognesi verter con amplias manos, sueña, gloria y fulgor desde la cumbre: blandir la espada al frente de aquel grupo que avanza denodado; él solo resistir aquel torrente del invasor jadeante y furibundo; bajar de su corcel, y al buen soldado que cayó levantar sobre sus hombros; y recoger el ¡ay! del moribundo; y luego, nuevamente cabalgando, buscar el choque provocando asombros; y ser, en medio de las luchas fieras, una llama entre todas las hogueras y una cruz sobre todos los escombros... A un mismo tiempo, las gloriosas vidas de Arias e Inclán que al golpe de la Suerte vanamente resisten, extinguidas disípanse en las sombras de la muerte. Arias, bajo su espada que resplande con luz eterna, es siete veces grande, ya que muestra en el pecho siete heridas... Inclán llena el afán desesperado que expresó un día, con modestia suma, de morir «como el último soldado...» Y brilla el sol con súbitos reflejos, haciendo resaltar, entre la bruma, la venerable faz de los dos viejos con sus cabellos de rizada espuma... Fue entonces... cuando mano temeraria de heroica abnegación, prendió la mina de uno de aquellos fuertes... Repentina retumba en la llanura solitaria, bronca, inmensa explosión, desde la cumbre; y se rasga la pálida neblina al parpadeo de rojiza lumbre... Soldados, armas, piedras, como informe masa que un monstruo destrozó, se lanzan, y hechos un grito de dolor enorme a las alturas resonando avanzan... Fiera columna se levanta al cielo, con fragor de horroroso torbellino, como protesta con que el mismo suelo se quiere sublevar contra el Destino... Y luego... aquí y allá, desparramados, aceros por mitad, muertos soldados, corceles moribundos; y en montones banderas y cureñas de cañones, miembros rotos y cuerpos desmenbrados... ¡Oh! qué escena de horror... Y allí, risueña, una muerta mujer se abre de brazos, como sobre una cruz, en la cureña de un tronado cañón. Hecha pedazos la vestidura, sobre el pecho enseña de ensangrentada herida el rojo sello como flor que brotara de una peña... Al rodar desgreñado por sus hombros y en torno de su cuello, el revuelto caudal de su cabello, simula sobre el pecho ensangrentado negro plumón de buitre; y entre aquello, ¡ay! se destaca el corvo del soldado fijo del seno en las desnudas pomas, como el pico de un cóndor, enclavado en medio de dos cándidas palomas... ¡Una mujer! La dulce compañera no quiso separarse de su amado, sino quedarse oculta en la bandera de la patria inmortal, cual escondida perla en el mar, para que así la Suerte, que hizo de esas dos vidas una vida, las cortara también con una muerte! ¡Y esa mujer, de carne desgarrada por infame puñal, con la mirada de un sol de gloria en la pupila incierta; esa, sobre el cañón crucificada, esa... es la imagen de la Patria muerta! ¡Y otra mujer en la celeste altura de pronto apareció!... ¿Quién es? Su diestra arma no blande; y temblorosa y pura se sonríe con tétrica amargura al mirar el horror de la palestra... Arma no blande, no; pero fulgura entre sus manos bellas y delicadas, sobre nube obscura, misteriosa corona hecha de estrellas. Ciñe a su sien otra corona; y ciñe, con ígneo cinturón, túnica roja que de los héroes en la sangre tiñe... Su seno tiembla como leve hoja; su boca es una rosa sonriente; y sus pupilas de húmedas miradas parecen, al brillar tranquilamente, dos perlas de rocío salpicadas por el ala de cisne de su frente... ¡Es la Gloria inmortal, que desde el cielo al héroe busca en la sangrienta zona; porque verle morir quiere en su anhelo, caer ante sus pies con raudo vuelo, y ceñirle su espléndida corona! Ante sus ojos, More, el digno hermano del héroe, erguido está. Si en su ansia loca rompió su nave un día contra una roca de la mar bravía, vengarse quiere del Destino insano: morir sobre la cumbre de otra roca y ante el asombro de ese mismo oceano. More acordose de la frase aquella del viejo Mariscal 2, cuando gritaba en medio de la tropa que luchaba por asir la victoria; frase bella y terrible a la vez; discurso parco, pero de singular, mágico hechizo: —¡Aquí un charco de sangre! pronto un charco. ¡El no lo repitió; pero lo hizo!... Al abrigo del Morro, en tanto el «Manco-Cápac» se debate en pérdida segura y sin socorro: y la espesa neblina, agujereada por los ígneos disparos del combate, deja ver sobre el líquido elemento la palpitante flota desplegada, que a golpes de cañón fatiga el viento. Y el combate prosigue todavía... ¡El combate es eterno; porque para los héroes cada hora es un siglo de afán y de ironía: ya que morir desean, la demora es un suplicio más, es el infierno, es la perpetuidad de la agonía!... ¡Oh! ¡qué horrible es el ver en ambos lados caer unos tras otros los soldados, yerbas en que el corcel hunde la planta o frutos por las piedras arrancados! ¡Oh! ¡qué horrible es saber que en la contienda el que cae, al caer sólo adelanta un paso más por nuestra propia senda! ¡Menos horrible fuera, si es segura la muerte al fin, el que a la vez caídos hallaran una sola sepultura todos, a un tiempo y para siempre unidos! ¡Qué vil es el deseo del tirano: hacer una de todas las cabezas para cortarla con su propia mano; mas siempre es menos vil que las vilezas del Destino inhumano, que a sus débiles víctimas inmola unas ante otras sin piedad alguna: no hace de las cabezas una sola, pero las va cortando una por una!...