Versos Spanish José Santos Chocano El Alma Del Payador

Spanish poem

El Alma Del Payador

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Canto de payador, límpido canto, que como un manantial salta entre rocas afiladas con hórrido quebranto, que se escurre en cascadas de armonía, que cual puñado de serpientes locas se anuda y desanúdase a porfía, que al fin como en un lánguido reposo se aquieta blandamente en la llanura y retratando un cielo tembloroso duérmese entre un estuche de verdura: a él va mugidora la vacada y le empaña las linfas con su aliento; a él vuela, al través de la cañada, el chajá que ha venido sobre el viento, desde el rancho en que está la enamorada; a él acuden garzas y palomas, que hasta el juncal, en resonante orgía, traen bajo sus alas los aromas de la Pampa que cruzan en el día; a él da el trébol sus olientes flores, su inútil gala el pajonal, su sombra la fugitiva nube, sus rumores la llanura más blanda que una alfombra... Sólo que, a veces, ¡ay! corcel salvaje llega al lago en carrera desatada: destroza el pajonal; turba el paisaje; atropella en su escape la vacada; y entra en el lago que al copiar el cielo como ondulante lámina chispea, rasga ese lago cual rasgase un velo y en las rasgadas linfas chapotea... ¿Qué es el dolor aciago sino un corcel indómito y bravío, que chapotea en el cristal de un lago? ¡Ay! a veces también, soplo violento pone en las aguas el temblor de un frío... Se encrespa el lago y se retuerce el viento. Es como una protesta gemidora lo que se oye sonar. Acaso fíe al lago el viento el mal que lo devora; que el lago es un poeta que sonríe y el viento es un filósofo que llora...

Tal la morocha alegre, en cuyos ojos hacinó el cielo las mejores luces, dio una sonrisa de sus labios rojos al joven payador, que en su quebranto se dejaba caer como de bruces en la rendida imploración de un canto. Sonrió... Mas ¿qué vale una sonrisa en labios de mujer? Lo que una ola desenvuelta debajo de una brisa... Tras de aquella sonrisa, vino luego una más y otra más: no estuvo sola, no fue la gota de agua sino el riego; pero bajo de todas las dulzuras de esas sonrisas plácidas, no había ni pasiones, ni ensueños, ni ternuras. Bajo de un haz de flores en el llano, flores de engañadora poesía que el Sol envuelve en palpitantes besos, suele encontrar la escarbadora mano un montón solo de pelados huesos... ¡Mísero payador! ¿Cómo podía ambicionar el corazón en vano de quien hija nació de un estanciero? Sin otro amor que el de la luz del día, sin otra paz que la del mudo llano, sin otro bien que su bridón ligero, el errabundo payador vivía aquí y allá, con la guitarra apenas y con la resonante poesía en que volcaba el corazón sus penas. Su rancho era el ombú ¡Oh árbol de frente altiva y soñadora! ¡Árbol bendito, que se alza en la llanura de repente cual de repente en el silencio un grito! Árbol a la manera de la palma, que resiste las fuerzas iracundas del vendaval con desdeñosa calma: no en vano sus raíces son profundas como las del dolor dentro del alma... El estanciero pródigo aquel día, al vagabundo le brindó su amparo y hasta albergue le dio; porque él quería que su hija se gozase oyendo al raro cantor de la más fresca poesía. Aquella noche, el payador vibrante su guitarra acaricia: así, delante de la gentil morocha, haciendo gala de su numen florido y rozagante, llena las horas en la alegre sala. Ella siempre sonríe; él con su mano nerviosa lanza al aire, como flores deshojadas, las notas. El anciano estanciero recuerda aquel lejano tiempo de sus eglógicos amores... ¡Cuál se alegra el anciano! Las pupilas entorna; muestra las mermadas filas de sus dientes, envueltos en la fuga de una sonrisa; y sueña... Hasta parece que hay un surco de luz en cada arruga... La barba tiembla... El rostro resplandece. Y la sonrisa que la joven dama le regala al cantor, es como el eco del amor que en el canto se derrama suena ese corazón, pero está hueco. También el caracol finge rumores de olas de mar; y el loco desvarío ¡ay! cree amores lo que no es amores, sino murmullo en caracol vacío... Cuando medió la noche, hubo el anciano de suspender la improvisada fiesta; y entre su mano acarició la mano que pulsase con tanta maestría el instrumento gemidor. La honesta joven, cándidamente, sonreía...

En la mañana del siguiente día sucedió que una res, a campo abierto, entre nubes de polvo, se venía como una exhalación. En su carrera, de una sola cornada dejó muerto a un corcel; tumbó a un gaucho; una tranquera saltó; y a grandes pasos el desierto midió sin que atajar se le pudiera. Flexible lazo resonó un instante sobre sus finas astas, y sujeto el toro quedó al fin; pero el vibrante lazo estalló de la nerviosa amarra con la viril sonoridad de un reto, cual revienta el bordón de una guitarra... Y la fiera siguió... Llegó hasta el mismo corredor de la estancia. Ahí, callado, el payador con su guitarra al lado, estaba cual si fuese en un abismo. Un grupo de mujeres animado charlaba cerca. El toro de repente presentose, vio al grupo y disparado sobre él con furia arremetió de frente. ¡Qué grito el que sonó! ¡Con qué presteza mostrose erguido el payador de un salto, entre el grupo y la res! ¡Con qué fiereza el toro, rebajando la cabeza, embistió al hombre y le lanzó por alto! Otro lazo vibró. Rindiose el toro, abandonando al payador maltrecho; y, entre una gran lamentación en coro, fue el toro a un poste y el herido a un lecho. El payador salvose. Y el cuidado con que a la cabecera le asistía la morocha gentil, fue dando a su alma y a su cuerpo salud. Enamorado, entonces más que nunca, se sentía; y vegetando en tan dichosa calma, grato le estaba al toro de aquel día... ¡Ay! Pero en una vez, en que a los labios un vaso ella le da, tal vez deseosa de mitigar los últimos resabios del irritante ardor, él con el brillo de la fiebre en los ojos, ve una cosa que le deja espantado... ¡Es un anillo! (Un anillo de amor vaciado en oro, que el amante feliz puso en el dedo cual promesa nupcial). Rápido lloro asoma a sus pupilas; siente miedo y cólera y pesar, lo que se siente cuando se pierde todo: algo de ira y algo de postración. Y al elocuente anillo aquel que horrorizado mira, suma en horas después lo que su oído escucha. Es una plática de amores en la contigua sala. El novio vino aquella tarde; y trajo del camino para el seno de novia un haz de flores. Mas ¿qué inmuta así al gaucho? Es que ese acento es de una lengua extraña... —¡Un intruso ha de ser!— ¿Qué pensamiento da al fiero gaucho esa expresión huraña, con que los ojos gira en su aposento? ¡Mísero payador! Corno un Apolo de la Pampa vivió, pero al fin muere ante el intruso aquel, que así no sólo le disputa las tierras, sino quiere también quitarle el corazón... En medio de aquella noche, el gaucho se incorpora: piensa que no hay para su amor remedio, sus puños crispa y en silencio llora. Súbito, quiere huir. Entre el reposo la fiebre le estimula; y deja el lecho. Arrastra un pie. Tantea sigiloso, Y, con la diestra en el herido pecho y la guitarra en la siniestra, huye cual si fuese un fantasma. Al patio llega. Baja uno, otro escalón; mas no concluye: ensangrentado vértigo le ciega... Y ahí muere, tendido en una charca de su sangre. En vano pulsada por el viento da un sonido la guitarra cayendo de su mano; y en vano en el cénit la Luna enfoca los hilos del telégrafo en su estampa, como guitarra de radiante boca que el cielo tiende encima de la Pampa...