Versos Spanish José Santos Chocano Fin Del Asalto

Spanish poem

Fin Del Asalto

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De pronto, en su corcel, entre el tumulto que arrolla el invasor, rápido avanza Alfonso Ugarte, cual fugaz meteoro: tal en las sombras del dolor oculto brilla a veces un rayo de esperanza... Es blanco su corcel, con cascos de oro y pupilas de sol: rasga la bruma con su flecha veloz; y sobre el alta cumbre, erguido en dos pies, salpica espuma con relincho de horror... ¡y luego salta! El joven capitán está vaciado en homérico molde: al ver su tropa desgranarse, soldado tras soldado, ya la esperanza de vivir perdida, apura de una vez la amarga copa en el brindis heroico de su vida... ¿Cómo cantar el pavoroso instante que separa su vida de su muerte? Ahí, sobre la cumbre, es un gigante que se empina ante el mar, con la mirada fija en el cielo; entre su mano fuerte, hecha un rayo de luz vibra la espada; y de su espuela al golpe temerario el corcel en dos pies mide el abismo: ¡es así como un bronce legendario que se yergue asombrado de sí mismo! ¡Y luego llega el pavoroso instante en que cae por fin, tal como roto se desplomara un bronce hacia adelante en medio del fragor de un terremoto! ¡Y al ver así cayendo su figura, con la espada desnuda entre la mano, en su blanco corcel, creyó el Oceano que era un Ángel bajando de la Altura! Estrellose por fin en la ribera; y la ola al besarlo lastimera lo envolvió en la mortaja de su espuma: mientras un solo instante, uno tan sólo, detuvo su fragor la lucha fiera; que todos, todos, con sorpresa suma, parecían mirar entre la bruma el rayo aún de esa veloz carrera... Brilló en la Historia para siempre el nombre de Alfonso Ugarte; y en el ancho viento un trueno repitió con ronco acento la frase de Shakspeare: ¡Ese es un hombre! ¡Y se le ve en la Historia todavía!... ¡Cae, cae veloz, rápidamente, del alto Morro hasta la mar bravía; ya que lo hace caer la Suerte ingrata, como su empuje ha sido de torrente su caída es también de catarata!... El débil «Manco Cápac», que ese mismo heroico ejemplo ve, se rasga el seno; y antes de ser del invasor chileno, se hunde también en el profundo abismo. En tanto, sobre el Morro, en el postrero fuerte del norte, un grupo denodado resiste altivo al vencedor, que fiero en su innúmera hueste lo ha encerrado, como un compacto círculo de acero. ¡El asalto invasor rompe la valla, que cede al fin; y el grupo prisionero es el punto final de la batalla! Y luego, sobre el campo, que sembrado de fúnebres despojos, invitaba al dolor, su vivo lampo fulminó el sol acaso en sus enojos, disipando el crespón de la neblina, quiso ver de quién era la victoria; y vio en ruina a su Patria, ¡pero en ruina que era como la tumba de la Gloria! De las quince centenas de soldados que escoltaban al héroe, diez centenas por la tierra quedaron esparcidas: esos héroes desnudos, desgarrados, ostentaban apenas la púrpura imperial de sus heridas... Y ahí mismo, dispersos invasores, como banda de buitres iracundos, cebáronse en sus últimos rencores esa mujer que en épico delirio las maternas entrañas se destroza; esa mujer que impone su martirio sobre la Eternidad... ¡es Zaragoza!