Versos Spanish José Santos Chocano La Epopeya De Los Bosques (Fragmentos De Un Poema América). El Salmo De Las Cumbres

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La Epopeya De Los Bosques (Fragmentos De Un Poema América). El Salmo De Las Cumbres

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Allá sobre la cúspide, en el nido Del solitario cóndor, a la hora En que la oscuridad sube sin ruido Y se ensancha terrible y tentadora Como un bostezo de Luzbel caído, Ruge la tempestad, que, con extrañas Voces, pregona hacia el confín incierto El secreto arrancado a las entrañas De esas mudas y fúnebres montañas En los apocalipsis del desierto. Cada monte es un libro: en sus no abiertas Páginas la indomable fantasía De la Naturaleza, acaso un día Fijó los sueños de las razas muertas; Y, biblia así de eterna poesía, Guarda la historia de una extinta lumbre, De una ilusión que fue, de un Dios que ha sido. ¡Cuántas frases abarca el atrevido Acento circunflejo de una cumbre, Solitaria y glacial como el Olvido! ¡Oh, raros jeroglíficos de piedra! ¡Oh, signos de ortográficos perfiles! El insolente espíritu se arredra Ante el capricho de la cumbre, y baja A los abismos hondos y serviles, Donde el sombrío génesis trabaja Del glorioso futuro, Que saldrá a luz intrépido y bravío, Como el planeta en un bostezo oscuro Que dio la boca abierta del Vacío... Ahí también ocultas las misteriosas cifras, entre sombra que amortaja las luces insepultas, le hacen ver a la ardiente fantasía, en superpuestas capas, en la alfombra de la más deslumbrante pedrería, a esas difuntas razas de titanes que entre el horno volcánico, al sonoro clarín de Dios que demarcó otros planes, sintieron como un triunfo en sus afanes convertirse agua y fuego... ¡en plata y oro! De ahí, de los abismos Al beso de la tarde, cuando el vago Crepúsculo reparte los bautismos De su luz a las cumbres elevadas, Cuando el cielo tranquilo como un lago Bebe del sol las últimas miradas, Surgen vestiglos, trasgos, raras aves, Vampiros, que en fantástico derroche Ponen las cuerdas de las notas graves En el arpa vibrante de la noche. Vaciándose el abismo al sol que muere, Tras el sacramental abracadabra, Es la boca entreabierta que agua quiere, Sin poder balbucear una palabra... Logra agua al fin. Cual si Moisés abriera Una senda a su ejército bravío, Súbitamente la montaña entera Se parte en dos para dar paso al río. Por entre la montaña, en la espesura Protesta el río con clamor de fraguas: Lívida raya en cabellera oscura, A veces con la red de la verdura Cubre las desnudeces de sus aguas... Esos que, sin llorar e indiferentes, Sonríen del dolor que los arredra, Podrían ahí ver que hasta la piedra Sabe también llorar: ¡llora torrentes! ¡Qué glorioso concierto Forman el agua en bravos estertores, Con la voz ronca con que hablara un muerto, Y el trueno, que redobla sus tambores Conjurando las sombras del desierto!... Luego... la paz. ¡El monte de agrias puntas, Que alza en cresta su cumbre soberana, Es un titán con las dos manos juntas En la actitud de una oración cristiana! ¡Las cumbres de sinuosas inflexiones Como oleajes de horrendos cataclismos, Parecen formidables corazones Enterrados de punta en los abismos! El alto monte que hasta el cielo crece, De orgullos fieros y ambiciones sumas, Vertiendo agua en los cóncavos, parece Hércules humillado hilando espumas... ¡Hasta allá... por las cúspides bifrontes, Con pie de acero y corazón de brasa, Irá el tren de lejanos horizontes, Que superpuestos túneles traspasa Como una aguja que cosiera montes! ¡Oh, vértigos de altura extraordinarios! Oh, qué collar de cumbres se desgrana, Como jibas de enormes dromedarios En una inamovible caravana!... Y de noche, ¡oh, visión la de las cumbres! La noche bajo el ala abriga estrellas, Sombras de sombras, fugas de vislumbres, Golpes de trueno y tajos de centellas. ¡Allá... sobre esa cumbre que reposa Se ven los astros palpitar con vida, Simulando, en las sombras, la caída De una inmensa nevada luminosa, Pero perpetuamente suspendida!...