Versos Spanish José Santos Chocano Selva De Mis Abuelos

Spanish poem

Selva De Mis Abuelos

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Selva de mis abuelos, Diosa tutelar de los Incas y de los Aztecas, Yo te saludo, desde el mar, que estremece Todas sus espumas para besarte, como besa Un viejo esclavo Los pies de su Reina; Yo te saludo, desde el mar, sobre cuyas crines Tus brisas perfumadas se restriegan Y tus troncos mutilados Señalan a la ventura el camino de las Américas; Yo te saludo, desde el mar, que te es amable Como un cacique de intonsa cabellera Y que sabe que de los apretados renglones De tu indescifrable leyenda Sale el árbol hueco y alígero Que lo muerde con la quilla y lo devora con la vela; Yo te saludo, desde el mar, selva de mis abuelos, Diosa tutelar de los Incas y de los Aztecas... Vuelvo a ti sano de alma, A pesar de las civilizaciones enfermas; Tu vista me conforta, Porque, al verte, me siento a la manera De los caciques primitivos, Que dormían sobre la yerba Y bebían leche de cabras salvajes Y comían pan de maíz con miel de abejas; Tu vista me conforta, Porque tu espesura de ejército me recuerda De cuando, hace novecientos años, Discurrí a la cabeza De veinte mil flecheros poesías selectas Que, arrancándose del éxodo tolteca, Fueron hasta el país de los lagos y los volcanes, En donde el chontal sólo se rindió ante la Reina, Y de cuando trasmigré al imperio Del gran Inca Yupanqui, y le seguí, por las sierras A las vertientes de Arauco, En donde con las alas de cóndor nos improvisábamos tiendas. Tu vista me conforta, Porque sé que los siglos me señalan como tu Poeta, Y recojo, del fondo alucinante De tus edades quiméricas, La voz con que se dolían y exaltaban, En sus liras de piedra, Los haraviccus del Cuzco Y los Emperadores Aztecas, Los jempines del Arauco indomable Y los rapsodas que repetían, de selva en selva, Las historias de los Palenques y Tahuantisuyos Babilónicamente desaparecidos de la tierra... Ahora que a ti me acerco Y me siento con tu savia en las venas, Creo desterrar las siglos Y hacerlos desfilar por tu juventud perpetua: Evoco yo los tiempos informes En que tu primer árbol cuajó sobre una piedra Y apareciéronte todos de repente, Aquí y allá, con el ordenado desorden de las estrellas. Y evoco yo los tiempos Oue han pasado en una procesión monótona y lenta, Hasta que tus raíces succionaron el ímpetu Y tus troncos se acorazaron en sus cortezas, Y los nudos de tus ramas se desataron En este himno inacable de tu única Primavera Jaula florida de pájaros sinfónicos, Eres como el fantasma de una orquesta: Sinsontes y turpiales Ponen en tus oídos estupefactos músicas nuevas; Y solamente mudo El quetzal heráldico te ornamenta, Arcoirisando el símbolo de sus largas plumas Sobre las sienes de una gran raza muerta... Tus mariposas azules y rosadas Se abanican como damas coquetas; Tus cantáridas brillan Como las talismán ¡cas piedras Incrustadas en las empuñaduras De las espadas viejas; Tus chicharras se hinchan clamorosas En una fiebre de pitonisas coléricas; Y en la pesadilla De tus noctámbulas tinieblas, Se confunde El pestañeo de las luciérnagas Con el temblor azufrado De las pupilas satánicas de las fieras... Tuya es la danta Que sorprende en los charcos la deformidad de su silueta Y se va abriendo paso entre los matorrales, Al golpe enérgico de su cabeza; Tuyo el jaguar, que brinca, En el alarde acrobático de sus fuerzas, A los árboles corpulentos Para dejarse caer súbito sobre su presa; Tuyo el trigrillo, que urde Taimadas estrategias Para los carnívoros alborozos De sus dientes de alabastro y sus encías de felpa; Tuyo el lagarto, dios anfibio y vetusto, Que preside las lluvias y las siembras Y condecora con las esmeraldas de sus ojos Las taciturnas oquedades de las cuevas; Tuyo el boa, Que se dijera Un brazo Recortado a las sombras por un hacha dantesca... Y con ser tan vasta La vida animal que te puebla Tu vida vegetal parece una esponja Que, hidrópicamente, sorbiera El hierro de todos los músculos Y la sangre de todas las venas, Para explotar en el laberinto De una frondosidad desconcertante y gigantesca. Allí el bélico penacho De tus imperativas palmeras, En cuyos lechosos frutos refrescaron su fatiga Las tribus de las peregrinaciones pretéritas; Allí el dosel legislativo De tus patriarcales ceibas A cuya sombra deliberaron los caciques Sobre la paz y sobre la guerra; Allí el pindárico roble y el bíblico cedro; Allí la caoba madre, en cuya aromática madera El divino artífice talla Para las cortes europeas Los estrados faraónicos de los reyes Y los tálamos salomónicos de las reinas... Selva de mis abuelos, Diosa tutelar de los Incas y de los Aztecas, Yo te saludo desde el mar: y te pido Que en la noche —en la noche que está cerca Me sepultes En tus tinieblas Como si me creyeses un fantasma De tus religiones muertas, Y me brindes, para salvajizar mi ojos Con reverberaciones de fiesta, En la punta de cada uno de tus árboles Ensartada una estrella...