Spanish poem
Sobre El Altar Mayor, Disuelto Un Lampo
I want a hero
Sobre el altar mayor, disuelto un lampo Esparce ondas de luz. Por las ventanas Entra la brisa del vecino campo; Y, después de agitar las blancas canas Del adusto prior, se goza impía En abrir libros y en inflar sotanas. Fuera del templo, la explosión del día: El pictórico sol su primer beso Ha estampado en la cúspide bravía. Dentro, la austera frialdad del yeso: Una virtud impávida, serena; ¡Pero no una virtud de carne y hueso! La virtud tiene un fln, y ese fin llena. Lo que no llena un fin no es bien preciado: Sino enfrenara el mar, ¿a qué la arena? La virtud da consuelo al desgraciado, Agua a la sed y luz al precipicio: Surcos abre también como el arado. Por eso es que aprovecha el desperdicio; Y amasa el nuevo pan con la migaja Abandonada en el festín del vicio... Muerta no está, para vestir mortaja Y sepultarse en lóbrego convento De paz eterna. La virtud trabaja! Mientras allá... la vida en movimiento Canta de Dios la soberana gloria Con un salmo inmortal de enorme aliento, AquÍ, apartados de la humana escoria Y de la humana luz, los frailes cantan, Maquinalmente un salmo de memoria. Truena el coro. Las notas que se espantan, De la gangosa voz al golpe rudo, Cien castillos fantásticos levantan. Y como un gladiador sobre un escudo, Allá, Cristo, en el fondo, sobre el leño, Abre sus brazos lívido y desnudo; Y escuchando quizás entre su sueño El salmo de los frailes en el coro, Arquea el labio, con desdén, risueño... ¡Ah! Si pudiera de la peana de oro Bajarse Cristo y escapar al campo, Donde el salmo de amor íluye sonoro, Clavando sus miradas en el ampo De la radiosa cumbre, sentiría De la primera aurora el primer lampo; Y al soplo de su sacra fantasía, Volando perderíase en la bruma Que rasga el sol del suspiíado Día... Estallaba la música; y con suma Presteza resbalaba hecha una ola que en las playas después se hacía espuma. A veces una voz quedaba sola, Vibrando, como queda el punto medio Siempre más luminoso en una aureola. ¿De quién era la voz? Del que un remedio Busca tal vez para su mal; que acaso Con esa voz sabe cantar el tedio. Había un brillo trémulo y escaso En esa voz extraña, algo de hastío Y algo de sol que se iiunde en el ocaso...
¿Quién eres, dime tú, fraile sombrío? Revélame tu voz el mismo acento De cierto burlador loco e impío. Verdad que acaso el deslenguado viento Puede variar tu voz; mas fijo queda No sé por qué tan raro pensamiento. iTú eres el mismo, entre la ardiente rueda De la danza sensual, que vueltas dabas En la red que jamás se desenreda? iTú eres el mismo, en fln, que derrochabas El oro y el placer? Te será duro Recordar tu principio hoy que ya acabas... ¿Y tú eres el vicioso? Hondo y oscuro Era el antro en que ciego te perdiste: Negro es tu ayer; radiante es tu futuro. ¿Y tú eres el hereje? Un caso existe: Ante esa Virgen, cuya gloria hoy cantas, Tu amada se postró; tú un paso diste; Y gritando: —¿Por qué no te levantas? Blasfemaste: —¡Si es ella la que debe Ponerse de rodillas a tus plantas! Cegábate el amor... Ante la Hebe Que te escanciaba el vaso diamantino En que el elíxir del amor se bebe, Sacrificabas todo; y ya sin tino. Por un beso quizás o una mirada, Marcabas nuevo rumbo a tu destino. ¿ Qué hombre no amó una vez ? Ante la amada, Arenilla es la tierra, el mar es gota. Chispa es el sol, el universo es nada. Ella es la idea que en la mente flota; Que sólo ella impresiona los sentidos, Y es luz, forma, sabor, perfume y nota!... ¿ Quién eres tú, de tonos compungidos, Fraile incógnito? ¡Oh gloria! ¡Oh maravilla! ¡Es él! Es el maestro, empedernidos... Es Don Juan, es el héroe de Sevilla, El del blasón incólume y radiante, El corruptor sin racha ni mancilla, Que ya sin ver atrás, viendo adelante, Tórnase de repente en fraile oscuro. Como en negro carbón claro diamante. El que ningún honor halló seguro, El que a todo placer le fijó precio. Rinde el pasado en aras del futuro, Y hoy vuelve, arrepentido como un necio, A cumplir la sentencia mal cumplida, Marcando playas al oleaje recio. Rotas las falsas vendas de su herida, Se baña así en las aguas milagrosas De los últimos años de la vida... Luce el sol, al morir, tintas radiosas; Canta el cisne, la tórtola aletea, Y su mejor perfume dan las rosas. Bien puede ser la juventud atea; Pero la ancianidad pone en los labios La oración y la fe sobre la idea. Sufre Colón estúpidos agravios, Pero vence: en la tumba existe un mundo Que hoy es también la mofa de los sabios, Y un Colón hay en cada moribundo Para su arcano, como todo abismo, Más atrayente cuanto más profundo...
¡Oh Fray Juan! ¿Es posible que el cinismo te lleve hasta fingir horror sagrado hacia el mal, hacia el mundo, hacia ti mismo? ¿Y cómo no acordarte del pecado, si no hay hojas de parra suficientes para todas las Evas que has tentado? Yo no lo sé. Las pecadoras gentes pondrán en duda tu virtud, y a solas ¡te tratarán de hipócrita insolente! Cíñete tú las místicas aureolas: como Colón, altivo y sin temores rasga del odio las revueltas olas. Quizás te dé otra América sus flores; y halles otro árbol en que hacer tu nido; y halles un nido en que cantar amores. Yo que en el celestial y enternecido lenguaje de Jesús mi fe retemplo, ignoro que el amor esté prohibido. No abuses del amor. Sigue el ejemplo solamente de Dios: cree, pero ama. Vente conmigo. Escápate del templo. El campo trina en amorosa gama, con la orquestal y mágica armonía que hay entre el nido, el pájaro y la rama; y la misma perpetua poesía de inmenso amor, contemplan por do quiera luna y sol —umbra y rayo— noche y día. Si tienes corazón, ama siquiera. Purifica tu ideal, limpia tu espada; ¡pero sucumbe envuelto en tu bandera! Hoy, obligado por tu ley menguada, bendecirás el matrimonio acaso de alguna que en un tiempo fue tu amada... ¿Vergüenza no te da? Detén el paso, y reflexiona en el profundo duelo del amor que te ve desde su ocaso; porque el amor, en su afligido celo, de un Hamlet teme el movimiento do hombros más que el puño crispado de un Otelo. Sin ternuras, sin fiebres, sin asombros, mientras hoy triunfa el sol de la alegría, duermes la siesta al pie de tus escombros. Por vencer del amor la tiranía hiciste del amor ya no un imperio, sino una demagógica anarquía. Burlando el religioso ministerio, tornaste en un infierno el matrimonio ¡y en una salvación el adulterio! Y hoy —cual la tentación de San Antonio— no bastarían a romper tu calma ni el mundo, ni la carne, ni el demonio... No debe ser así. La excelsa palma sólo es para el amor del justo medio, ¡que es placer y es ideal, materia y alma!
Buscando acaso incógnito remedio para tu decepción, pasas la vida, de un templo oscuro entre el pesado tedio... Cantas. ¿Te gusta el coro? Alma caída que pugnas por alzarte y lavar quieres en el Jordán la sangre de tu herida, ignoras que sin ser lo que tú eres todos gustan del coro... cuando canta eterno amor entre hombres y mujeres. Hollando las espinas con tu planta, del hábito mundano te despojas y el perfil miras de la tierra santa. Desechas toda tentación ; y arrojas, con un golpe de luz, la mancha oscura que en tu libro hallas al volver las hojas... Ve aquella Virgencita. En su sien pura luce la aureola de la fe sencilla, por cima del fragor de tu locura. ¿Es pequeña? Pues ve, ve cuánto brilla; mas como está en el suelo y es pequeña la verás bien... ¡si doblas la rodilla! Sepárate del coro que despeña sus formidables notas sobre todo: busca la paz que se desmaya y sueña. En paz, aislado, mientras suba un codo sobre tI el mal, mientras la chusma ladre, mientras el vicio te salpique lodo, mientras la pena aguda te taladre, tú sin temor pregúntale a María si es falta el tener hijos... ¡Ella es madre! Cree, pero ama. ¡Una irrisión sería querer secar el agua en todo el mundo, tan sólo porque a veces se desvía!
¡Qué luchas no tendrás en lo profundo, cuando de noche, entre tu celda escueta, después de confesar a un moribundo, mires alzarse erótica e inquieta a la Jitz-Fulke de dorados rizos, que turba así tu austeridad de asceta! Cual suele en dos espejos fronterizos una imagen saltar, volverse luego y saltar otra vez... tú los hechizos de tus lances de ayer recuerdas ciego, y se los tornas al ayer impío, que te vuelve a tentar, sordo a tu ruego. Nada anima tu espíritu sombrío, nada te causa amor: lo que tú sientes ro es arrepentimiento, ¡sino hastío! Turba en vano tus sueños inocentes la tentación; que antes de ser blasfemo te cortarás la lengua entre los dientes. Constante en tu delirio hasta el extremo, tremolando la cruz, del mal te escudas cual marinero que tremola el remo. Finges quizás imágenes desnudas de lúbrica atracción, mas luego miras la rama en que se cuelga el traidor Judas. Y antes de traicionarla, aun más te inspiras en esa ley que su poder celebra al blando son de celestiales liras... ¿Quién ahorca al Amor con una hebra? ¿Quién borra de la Historia aquel pasaje del Edén, el manzano y la culebra? No creas, no, que con cambiar de traje cambias de corazón. Fraile te has hecho porque a las playas te arrojó el oleaje. Inútil ya, no tienes el derecho de hablar contra el amor: escucha y calla, con los brazos en cruz sobre tu pecho. Desertor presenciando una batalla, sentirás las nostalgias de esa lucha que al grito del amor truena y estalla. Mientras el himno por do quier se escucha de simpatía excelsa, el ojo listo, entre la lobreguez de tu capucha, raudo se inflamará, mas imprevisto mirará allá, en el fondo, el perfil puro e inamovible del severo Cristo... Él es Dios, tú eres hombre. El bien seguro está sólo en amar: ama y descuida, que serás grato a Dios. ¡Yo te lo juro!
Hombres hay que en las heces de la vida logran sentir los maternales besos que les diera la Fe, la Fe perdida; y trépanse en sus místicos excesos, como el Saqueo, a la triunfante palma para mirar a Dios... ¡Ah, tú eres de esos! De esos que se arrepienten cuando el alma llega a sus horrorosas agonías, cuando se acerca la mortuoria calma, cuando estampa el dolor sus huellas frías y el huracán las ilusiones diezma; de esos que pasan, al revés, sus días: ¡cuarenta en carnaval, tres en cuaresma!