Spanish poem
Sólo Quince Centenas De Soldados
Sólo quince centenas de soldados escoltan al titán; son la semilla cogida en los graneros a puñados, para las grandes siembras de la Historia... ¡Fingen un nubarrón, en el que brilla aquel anciano como un sol de gloria! Al frente de los breves batallones resaltan capitanes denodados, ¡qué ejemplo son de militar civismo: parece que esos grandes corazones fueran sólo pedazos de uno mismo! Arias, Ugarte, Inclán y Moore, y tantos, se yerguen impasibles en la altura, cual víctimas que miran sin espantos, bajo sus pies, cavar su sepultura... La tropa desgreñada, hecha pedazos la tosca vestidura, esperando su cruz se abre de brazos; y así la Muerte, en su furor salvaje, sentirá sin querer, los regocijos de la viajera que al llegar del viaje va a caer en los brazos de sus hijos. El héroe es como el ídolo encumbrado de un templo fabuloso: le son gratas las ofrendas del último soldado; y aquellos capitanes con su ejemplo sostienen como firmes columnatas esa tropa, que es bóveda del templo. La tropa hambrienta, pero siempre erguida, no implora una limosna de la Suerte; es como una avanzada de la Vida que presenta sus armas a la Muerte... ¡Ay, ella sufre, pero no se abate: ufana de sus viejas cicatrices, otras tantas banderas de combate hace, desnuda, de sus rojos trapos, como huelga de obreros infelices que tienen la altivez de sus harapos! ¡Son tan pocos!... Y en vano la mirada espacia el héroe por do quien no llega refuerzo alguno. Soledad callada; cúspide muda; silenciosa vega; campiña sin rumor... ¡En vano, en vano, se esfuerza por oír otro murmullo que no sea el murmullo del oceano! ¡Ah! parece el silencio con que el fuerte desprecia al débil, desde su alto orgullo. Ni un vago, inquieto son, ni un leve ruido es el hondo silencio de la Muerte, ¡es el sueño profundo del Olvido!... La ola apenas en los pies estalla del Morro; que hasta el mar sobrecogido ahoga sus fragores de batalla y expresa su dolor en un gemido... La campiña, a las plantas extendida de la imponente y erizada roca, es ancha mesa que al festín convida, sábana abierta que al placer provoca. ¡Por ahí llegarán!... Mas el acento con que el titán á sus hermanos llama, cual copa de sonidos, se derrama sólo en la hinchada vanidad del viento... ¡Nadie responde a su clamor!. La impía suerte, que en ira y en dolor lo inflama, está sorda también... Tal en un día el loco, que las calles recorría de la sacra ciudad, sin hallar eco —¡Ay de Jerusalem! ¡Ay!—repetía. ¡Súbito ancho rumor pobló los campos! El mar, de pronto, retumbó en el hueco del socavado Morro; nube obscura vibró su trueno entre siniestros lampos; y un viento de furor silbó en la anchura... El héroe, sus gloriosos capitanes, la tropa entera en pie, clavan los ojos en el vago confín de la campiña. ¡Al fin están colmados sus afanes! ¡Llega el refuerzo al fin! ¡Y ya despojos no serán de las aves de rapiña! ¡Oh placer engañoso! ¡Oh espejismo de perpetua ilusión, que finges palmas donde hay tiniebla y soledad de abismo! ¡Oh sarcasmo cruel: tú eres el mismo, el mismo en los desiertos que en las almas! El ruido aquel —¡ay!— no era de guerreros amigos... Los corceles alzan, en sus belígeros tropeles el ronco son de la veloz carrera... Los infantes los siguen: el estruendo de sus aceros lo ensordece todo; y en rápida invasión corren a modo de un torrente de cólera rugiendo. Arrastrados los lóbregos cañones entre nubes de polvo, cada rueda cruje y lanza al girar ásperos sones... ¡Un eco de fragor rodando queda, por detrás de esas bárbaras legiones! ¿Quiénes son? En sus rígidos semblantes de cóndores adustos, se adivina el ansia con que acaso los gigantes provocaron la cólera divina... ¡Los invasores son! Es la de Chile huracanada hueste... ¡Que ya es hora que el Cóndor triunfador su garra afile en las sienes del Morro; y que destile, bajo esa garra, sangre redentora! El héroe, sus gloriosos capitanes, la tropa entera en pie, cogen sus armas; porque sienten nacer otros afanes, al oír el clarín de las alarmas que truena con la voz de cien titanes. Todos piensan igual. Todos la copa beben de igual dolor hasta las heces: el héroe anciano y la revuelta tropa. Cinco veces mayor el acampado enemigo es al fin... ¡Y cinco veces crece dentro de sí cada soldado! Triunfaron los aquivos: los aquivos eran diez veces más que los troyanos. Vencidos fueron por los persas luego; mas no quedaron en la lucha vivos los únicos trescientos espartanos. ¡Aunque igual bosque de laureles brota en ambos campos de heroísmo griego, vale más que aquel triunfo esta derrota! ¡Ah, ya está todo en el lugar que quiso señalarle la Suerte desgraciada!... El invasor al pie, cual replegada ola pronta a saltar; en la alta cumbre, el héroe, cual relámpago indeciso que anuncia tempestades, con la lumbre de su vibrante espada; el mar sembrado de enemigas naves súbitamente, que al volar semejan las arrancadas plumas de las aves que por los vientos arrastrar se dejan; y arriba, arriba, el cielo aletargado como un bostezo eterno: es cual la losa suspensa de un sepulcro. ¡La amorosa madre naturaleza ha bostezado porque presiente el sueño de la fosa! Resaltando en la cumbre, el héroe se halla en serena actitud: la Suerte impía lo amenaza a la vez por mar y tierra. ¿De qué si no de blanco a la metralla él débil «Manco-Cápac» serviría, mísero cascarón armado en guerra, que es sólo escarnio de la mar bravía? El griego en las Termópilas tenía la defensa del áspera quebrada; y pudo ver al golpe de su espada, veinte millares de hombres en un día rodando por la arena ensangrentada... Bolognesi en la cumbre suspendido hállase ante la escuadra fragorosa, como ante un cazador pendiente un nido. Y bajar de la cumbre fuera en vano, ya que innúmera hueste al pie lo acosa. ¿Mas qué le importara, si otro es su anhelo? No podrá el héroe descender al llano; pero podrá subir: ¡subir al cielo! Parece ¡ay! el titán de las montañas que las iras de Júpiter provoca: atado se halla a la pelada roca y el Cóndor le devora las entrañas; pero también, como en la vieja historia del rebelde titán que así sufría, ha de arrancarle al cielo, en su agonía, una chispa inmortal: ¡la de su gloria! Expuesto en las desnudas soledades, no de un desfiladero en las guaridas, soporta las sangrientas tempestades: ¡por eso es que la voz de las edades lo aclamará más grande que Leonidas!...