Versos Spanish José Santos Chocano Tempestad

Spanish poem

Tempestad

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Domador sin desmayo, de cada nube en los inflados senos, hace chispear la férula del rayo por sobre la jauría de los truenos; y a lo largo de toda la montaña, los nubarrones en visión extraña se van fijando sobre cada cumbre, cual si fuesen las tiendas de campaña de una conquistadora muchedumbre... Entre los tempestuosos paroxismos, el ágil rayo, que al vibrar rebota, se contrae veloz, lanza una nota, estalla... y se retuerce en los abismos, como una cuerda que saltara rota. Húmeda, lacrimosa y plañidera sopla una racha. En tanto ruge el trueno con voz de madriguera; y se anuncia en la atmósfera de espanto tras del viento la lluvia, a la manera que tras de los suspiros viene el llanto. Llueve... Llueve... ¡Diluvia! Un rayo, lejos ha incendiado la selva: se ilumina el horizonte en cárdenos reflejos. ¿Quién, presa del horror, no se imagina el elocuente cuadro? Arden las ramas, a manera de brazos retorcidos con desesperación; ágiles llamas desanudan sus bailes de serpientes, entre los abanicos sacudidos del viento arrollador; chocan los dientes del tembloroso pánico... Diluvia. Diluvia siempre más; y los torrentes robustecen su vena con la lluvia. Hasta que, al fin, la cumbre dominante estremeciose; y el hogar, que un día sobre un derrumbe levantó el trabajo, al golpe del alud crujió un instante, arrancose de cuajo tal como un corazón se arrancaría, y fue entre el polvo a sepultarse abajo.

¡Ah! con qué asombro contempló el salvaje el derrumbe mortuorio, a la manera que se mira en la gloria de un paisaje aparecer de súbito una fiera... ¿Qué pensó? ¿Qué sintió? Cual sombra extraña desató rapidísima carrera, por entre el espesor de la montaña... Halla de pronto al fraile misionero, que, alzándose en mitad de su sendero, como una aparición, dícele el nombre que le diera su fe: —¡Juan Santos! —clama. Y el indio respondió: (No era voz de hombre sino la de una fiera cuando brama). —¡Juan Santos ya no soy! iSoy Apú-lnca!— Y echándosele al cuello le arroja a tierra: el fraile que se hinca, pone en sus ojos celestial destello; pero el indio le grita que él ha sido quien le arrancó del bosque, quien le ha hecho abandonar por la ciudad su nido, quien con un falso amor rasgó su pecho, quien se ha gozado en verle escarnecido, quien a su raza arrebató el derecho... ¡Y la sangre hizo un charco en el boscaje; y, sobre su cristal sin transparencia, reprodujo la faz de aquel salvaje como si hubiese sido una conciencia!