Spanish poem
¡Y Luego Habló El Cañón! More El Primero
¡Y luego habló el cañón! MORE el primero que llenó los espacios con el grito del ronco bronce fue. La inmensa flota de invulnerable corazón de acero ensordeció, al tronar, el infinito; y tal como rebota desgalgado peñón de la alta sierra, rebotaba la voz, que de eco en eco iba a perderse, como un ¡ay! de guerra de los abismos en el sordo hueco... Ya la hueste acampada al pie del Morro ametrallaba fiera la rebelde altitud, en que dó quiera el Héroe, cabalgado, discurría, fija en la diestra la desnuda espada, seguido de un girón de su bandera; por aquí, por allá, por donde había un grupo de soldados en espera, sintiendo del ardor el acicate, o abocando el cañón, que parecía brújula gigantesca del combate... Y así acabó y por fin, hora tras hora todo aquel primer día: la Suerte se gozaba en la demora; o acaso era cobarde todavía para asestar traidora el postrer golpe de su saña impía. No tan fácil tampoco a los mortales la Gloria ser podría: preciso era sufrir con los delirios de la ansiedad, entre cruentos males. La Gloria está rodeada de martirios, como un huerto cercado de zarzales... El grupo aquel de capitanes fieros decidió socumbir, pero en fulgores bañando los aceros: morir así, vibrando sus espadas, hasta caer en la batalla ruda cegados por sus propios resplandores, no como hato de ovejas devoradas por famélicos lobos, sin que acuda la jauría de canes salvadores... Eco halló entre los míseros soldados la voz de los gloriosos capitanes; y asi tras de esa lid no fatigados, en torno de los símbolos sagrados de sus patrias banderas, juramento hicieron de luchar como titanes hasta ser polvo y esparcirse al viento! Como el licor de la volcada copa, habíase esparcido, desde el alma del héroe altivo hasta la humilde tropa, el mismo sacro afán. En el paisaje, Bolognesi era el tronco de una palma, y la tropa, el ramaje... En la comida luego de aquel día, apuraron los tétricos soldados su alimento postrer, fríos, callados, con profunda atención ; y no se oía risa profana que a turbar viniera aquella calma de dolor sombría, que se cierne en las almas y en las cosas, cuando próxima está la nube fiera a desatar sus iras tempestuosas... ¡Ah! ¡no fue más siniestra la comida de Príamo y Aquiles! De esta suerte, su tributo pagaban a la Vida para después pagárselo a la Muerte. El griego y el troyano al fin comieron sobre el cuerpo inerte de Héctor ¿qué iban a hacer? era lo humano... Pero ¡ah! los héroes de esta cruda guerra desdeñaban los póstumos tributos; y antes de ser abono de la tierra, le exigían el pago de sus frutos!... Apartado hacia allá, viendo el oceano, de aquella tarde al vivido reflejo, un joven capitán, la arqueada mano puesta en el entrecejo como en defensa del fulgor que ardía del ancho mar en el movible espejo, bañado el cuerpo en la rojiza lumbre, una estatua de bronce parecía que se alzaba de pie sobre esa cumbre. ¿Quién era? Alfonso Ugarte, que a la hora en que un beso de paz rompe su broche de vaga luz, cuando encendida nube finge barco con rumbo hacia la aurora a través de los mares de la noche, y cuando el alma de la tierra sube al cielo entre perfumes y oraciones, quiere buscar a su febril pupila mudas contemplaciones, que allá en la vasta soledad tranquila le hablen de sus pasadas ilusiones... Ahí, mirando el mar, cuyo horizonte ábrese como se abre la esperanza, el joven capitán, que así sentía bajo sus pies la cúspide del monte, amparaba el amor, que sin tardanza a su ardoroso espíritu acudía como ave de alas rotas... A manera del viejo, que sentado en los umbrales de su tumba, recuerda lo que era en sus años de ayer primaverales, el joven capitán, que entre la fiera batalla ha de encontrar segura muerte, pone el recuerdo del placer mundano en el risueño amor; y altivo, y fuerte, lleno de juventud... ¡se siente anciano! Venus, de azules ojos lo adora como a Paris: y Minerva de ojos verdes, lo adora como a Aquiles. Venus placeres y Minerva enojos le brindan a la par. Nada lo enerva, nada lo abate: es fuerte en sus abriles; y enlazando los lauros a las posas en torno de sus sienes juveniles, es digno del amor de las dos diosas. Mas... fíjase de súbito en la escuadra que a lo lejos se tiende amenazante; y cual la ola, que protesta y ladra, a las plantas del Morro estremecido, ruge él también, y en el confín distante el trueno repercute ese rugido. Vuelta la espalda al mar, mira la tierra en que duerme la sombra sosegada: sólo un reflejo por las nubes yerra cual de un cadáver la postrer mirada... y entonces jura que en el mar... ¡El grito del vibrante clarín, pregona al viento que la silente paz del infinito ha bajado también al campamento!... Aquí y allí esparcidos los soldados, en sus improvisadas fortalezas, quédanse en vago ensueño aletargados, pensando en los amores ya pasados; y cual repletas copas de tristezas, rebosan una lágrima escondida que cólera veloz enjuga luego, porque esa gota al corazón caída es una gota de ácido en el fuego... Por entre la tiniebla silenciosa que envuelve el campamento, prolóngase el alerta, como una voz obscura y temblorosa, como la voz con que se queja el viento, como la voz de la extensión desierta llorando en profundísimo lamento... Y entre la paz del campamento inerte, de pronto, en su corcel, con raudo vuelo, cruza a escape la Muerte, como una blanca ráfaga de hielo... ¿Y el relámpago aquel hermoso y puro alma errante del cielo desprendida, que en carrera de luz hiende lo obscuro como un ensueño da la Eterna vida? ¡Esa visión, que los espacios puebla de otras mil era fantástico derroche, y arroja desde lo alto de la noche semillas de astro en campos de tiniebla? ¡Es la Gloria inmortal, que cruza el cielo, atronadora, mientras todo calla, con dominante y anchuroso vuelo por encima del campo de batalla!... Bolognesi no duerme. Incorporado en el intacto lecho, fija un dulce recuerdo en el pasado; y siente encima de su noble pecho sus gloriosas medallas de soldado. Entre la obscuridad, la fantasía finge el combate aquel, en que valiente a la Victoria arrebatara un día eterno lauro con que orlar su frente. Oye la atronadora vocería que alza en Tarapacá la tropa fiera, semejante al rebote de un torrente, de peñón en peñón, por la pradera... Parece que alguien le hable o que algo mira. A veces la pupila incierta toma repentina fijeza; frunce el ceño; siente que a su redor la sombra gira; y allá en el fondo, una visión se asoma que le hace preguntar: —¿Pero es un sueño? ¡La visión de la Patria! En desconcierto, se atropellan visiones y visiones, corno los espejismos del desierto rasgándose en nerviosas vibraciones. Ante su fantasía, a las miradas que hunde en aquella obscuridad de fosa muévense esas visiones reflejadas, como sobre las aguas agitadas se retrata una imagen temblorosa... ¡Es la Patria, ella es! Procesión rauda de heroicos hechos y gigantes hombres pasa, arrastrando la gloriosa cauda de mil y mil inolvidables nombres... ¡La visión de la patria! Es ella misma que copia entre las sombras su reflejo; y no al través de un ilusorio prisma, sino en la Historia como en fiel espejo... ¡Es la Patria, ella es! Fija y segura queda su imagen sola, mientras la procesión finge una ola, que al fin se pierde por la playa obscura... Viste negro crespón; y su mirada busca sólo la abierta sepultura que le espera tal vez, en la crispada mano, la empuñadura tan sólo muestra de su rota espada; está pronta a morir... Pero, ¡ah! fulgura, en sus ojos el toque con que empieza la conquista del cielo el nuevo día; que a veces, sin querer, Naturaleza toma por nacimiento la agonía: ¡Y quién sabe si al fondo, en las conciencias del Hoy y del Ayer y del Mañana, nada vienen a ser las apariencias siempre engañosas de la vida humana!... ¡Ah! Por entre la negra vestidura, su desgarrado corazón chispea, como una estrella titilante y pura por entre el nubarrón que la rodea... ¡Y sin dejar la espada, con la mano empapada en su sangre todavía, muestra su corazón, —como al cristiano, en las visiones del dolor humano, también le muestra el corazón María! Y así la noche entera... Otro sol vino del grupo heroico a contemplar la gloria; de ese grupo divino, que en la escarpada cumbre de la Historia lucha contra las huestes del Destino... Volvió el cañón a hablar, y así indecisa la Suerte estuvo nueva vez. La brisa agitaba en el Morro la bandera, sin que el furor de la enemiga flota desgarrarla pudiera al soplo de huracán de la derrota; acariciada por la brisa, era el supremo desdén de la arrogancia, hasta que al tercio sol la hueste fiera cubrió rápidamente la distancia... ¡Llegó el primer minuto del asalto! El grupo lo esperó con la segura idea de morir... Sereno y alto, destacaba entre todos su ñgura el héroe en su corcel, sobre el basalto. Cinco veces mayor, el enemigo todo lo arrollará, todo... ¡qué importa! Cinco veces mayor será el renombre que cada héroe llevará consigo al sepulcro también. La Vida es corta para que pueda apetecerla el hombre... ¡Y a la manera de ese grupo fiero que ante innúmera tropa no se abate, ni empaña el lastre de su limpio acero, siempre acosada del dolor, la Vida es sólo un grupo de años que combate contra una Eternidad desconocida!...