Spanish poem
Mayo Recoge El Virginal Tesoro
by José Selgas
Mayo recoge el virginal tesoro; Desciñe Flora su gentil guirnalda; La sombra busca el manantial sonoro Del alto monte en la risueña falda; Campos son ya de púrpura y de oro Los que fueron de rosa y esmeralda; Y apenas riza su corriente el río A los primeros soplos del Estío. El soto ameno y la enramada umbrosa, El valle alegre y la feraz ribera, Con voz desalentada y cariñosa Despiden a la dulce Primavera; Muere en su tallo la inocente rosa; Desfallece la altiva enredadera; Y en desigual y tenue movimiento Gime en el bosque fatigado el viento. Por la alta cumbre del collado asoma La blanca aurora su rosada frente, Reparte perlas y recoge aroma; Se abre la flor que su mirada siente; Repite los arrullos la paloma Bajo las ramas del laurel naciente; Y allá por los tendidos olivares Se escuchan melancólicos cantares. Del aura dócil al impulso blando La rubia mies en la llanura ondea; Del dulce nido alrededor volando La alondra gira y de placer gorjea; Las ondas de la fuente suspirando Quiebran el rayo de la luz febea, Y en delicados mágicos colores El fruto asoma al expirar las flores. Sobre los montes que cercando toca La niebla tiende su bordado encaje; Desde el peñón de la desierta roca Lanzase audaz el águila salvaje; El seco vientecillo que sofoca Cubre de polvo el pálido follaje; Y por el monte y por la vega umbría Crece el calor y se derrama el día. Y en el árido ambiente se dilata La esencia de la flor de los tomillos, Y lento el río su raudal desata Entre mimbres y juncos amarillos; Y si al cubrir sus círculos de plata Con sus plumeros blandos y sencillos La caria dócil la corriente roza, Trémula el agua de placer solloza. Del valle en tanto en la pendiente orilla Manso cordero del calor sosiega; Se oyen los cantos de la alegre trilla; Suenan los ecos de la tarda siega; Ardiente el sol en el espacio brilla: El cielo azul su majestad despliega, Y duermen a la sombra los pastores, Y se abrasan de sed los segadores. Presta sombra a la rústica majada La noble encina que a la edad resiste; En su copa de fruto coronada La vid de verde majestad se viste; A su pie la doncella enamorada Canta de amor, pero su canto es triste, Que, en el profundo afán que la devora, Amores canta porque celos llora. Y el eco de su voz, dulce al oído Más que el tierno arrullar de la paloma, Por el monte y el valle repetido, Tristes, confusas vibraciones toma; Y en las ondas del aire suspendido Se escapa al fin por la quebrada loma, Y sin que el aura devolverlo pueda Todo en reposo y en silencio queda. Mudas están las fuentes y las aves; No circula ni un átomo de viento; Cortadas por el sol lentas y graves Caen las hojas del árbol macilento; Tenue vapor en ráfagas süaves Se levanta con fácil movimiento, Y mezclando en la luz su sombra extraña, Va formando la nube en la montaña. Hinchada, al fin, soberbia, se desprende Del horizonte azul la nube densa, Y el fuego del relámpago la enciende, Y gira por la atmósfera suspensa. Y ya sus flancos inflamados tiende, Ya el vapor de su seno se condensa, Y soltando el granizo en lluvia escasa La rompe el trueno, y se divide y pasa. Y el sol que se reclina en Occidente De su encendido manto se despoja, Y en los blancos celajes del Oriente Se pierde el rayo de su lumbre roja. Brilla la gota de agua trasparente Detenida en el polvo de la hoja, Y tendiendo el crepúsculo su planta Del fondo de los valles se levanta. Como el ensueño dulce y regalado Que en la fiebre de amor templa el desvelo, Vertiendo en nuestro espíritu agitado La misteriosa esencia del consuelo; Así por el ambiente reposado De estrellas y vapor bordando el cielo, Breves y llenas de feraz rocío Cruzan las noches del ardiente Estío. Y en tristes ecos el silencio crece, Y en tibio resplandor la sombra vaga; La luz de las estrellas se estremece Y en el limpio raudal brilla y se apaga; Naturaleza entera se adormece En el hondo placer que la embríaga, Y lleva el aura en vacilantes giros Besos, sombras, perfumes y suspiros. Más puro que le tímida esperanza Que sueña el alma en el amor primero, Su rayo débil desde Oriente lanza, Sol de la noche, virginal lucero; Triste y sereno por el cielo avanza De la cándida luna mensajero, Por ella viene, y suspirando ella, Síguele en pos enamorada y bella. Cuantos guardáis la tímida inocencia Que a la esperanza y al amor convida; Los que en el alma la impalpable esencia De su primer amor lloráis perdida; Cuantos con dolorosa indiferencia Vais apurando el cáliz de la vida; Todos llegad, y bajo el bosque umbrío Sentid las noches del ardiente Estío. Las del tirano amor, desengañadas, Pálidas y dulcísimas doncellas, Vosotras que lloráis desconsoladas Sólo el delito de nacer tan bellas; Mirad entre las nubes sosegadas Cómo cruzan el cielo las estrellas; Que no hay duda, ni afán, ni desconsuelo Que no se calme contemplando el cielo. Y tú, tierna a mi voz, blanca hermosura, Fuente de virginal melancolía, Más hermosa a mis ojos y más pura Que el rayo azul con que despunta el día; Corazón abrasado de ternura, Espíritu de amor y de armonía, Ven y derrama en el tranquilo viento El ámbar delicado de tu aliento. La dulce vaguedad que me enajena Aumenta la inquietud de mi deseo; Tu voz perdida en el ambiente suena; Donde mis ojos van tu sombra veo; De amor y afán mi corazón se llena, Porque en tu amor y en mi esperanza creo; Y así suspende el sentimiento mío La tibia noche del ardiente Estío. Noche serena y misteriosa, en donde Dormido vaga el pensamiento humano, Todo a los ecos de tu voz responde, La mar, el monte, la espesura, el llano; Acaso Dios entre tu sombra esconde La impenetrable luz de algún arcano; Tal vez cubierta de tu inmenso velo Se confunde la tierra con el cielo.