Versos Spanish José Tomás de Cuéllar Meditación

Spanish poem

Meditación

by (1830–1894)

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ERA la tarde, y entre nubes rojas El sol con lento paso descendía; El aura mansa en la arboleda umbría Agitaba las hojas. Sobre el mullido cesped reclinado, Á la orilla de límpido arroyuelo, Lejos del vano mundo, sosegado, Fijaba mis miradas extasiado En el cóncavo azul del claro cielo.

Blando susurro, plácida armonía Se escucha por doquier: la noche en tanto

Va descorriendo ceniciento manto Ante la luz del día. La niebla se levanta lentamente Del lago manso á la gigante cumbre, Y forma un cortinage transparente, Del que á través se mira en Occidente Del astro rey la moribunda lumbre.

¡Oh, qué me place contemplar del día La última luz sobre el opuesto monte, Y de grana teñido el horizonte, Donde la noche umbría Extenderá su negra colgadura. ¡El sol! ¡el sol! de Dios inmensa tea, De Dios tan solo portentosa hechura. Que al descender de su encumbrada altura En un mar de zafir se enseñorea.

¡El sol! ¡astro magnífico! el destino Constante que te guía por la esfera, Es la mano del Solo que pudiera Pararte en tu camino.... En tu camino.... ¡ay triste! ¿y qué sería Del pobre mundo sin tu lumbre pura?

¿En una noche eterna viviría? No: que sin tí segura encontraría Tan solo su infinita sepultura.

Te vas, ¡oh sol! á iluminar lejana Otra región, á despertar un mundo, Á quien cual nuncio, en su dormir profundo Le envies la mañana; Así tambien en nuestro Oriente oscuro Fiel precursora de tu luz dorada, Detras del alto, derruído muro, Aurora asomará su disco puro, Con velos de amaranto coronada.

Por eso en el crepúsculo me inundo De indecible placer; el sol se hunde Tras de la parda cima, y se difunde La sombra por el mundo. Por eso ¡oh tarde! solitario, errante. Busco tu grata y apacible calma; Por eso á meditar vengo anhelante, Porque dichoso de tu faz delante De religion, de fé se inunda mi alma.

Es la hora de quietud... los blandos sueños

Leves hendiendo la región vacía, Para extinguir la animación del día, Derraman sus beleños. Es la hora de quietud.... gime la fuente Y gime la paloma en la enramada Con dulce murmurar, con voz doliente; Se ve al pastor con paso indiferente Guiar por el sendero su manada.

Yo te amo, ¡oh tarde! yo amo tu armonía, Hora de paz, me gozo en tu hermosura; Tu fresca brisa al respirar tan pura. Me trae la melodía De las canoras aves, tarde amena, al escuchar en la pradera verde El canto de la parda filomena, Mi mente en el delirio se enagena Y la memoria del dolor se pierde.

Del arroyo que pasa murmurante Al discurrir la onda cristalina, La tierna grama de su borde inclina, Y piérdese al instante.... ¿Y á donde vá cruzando presurosa

Entre juncias y alfombras de verdura, Con pabellón de madreselva y rosa, Y con música, dulce, melodiosa, Que entona el ave en la floresta oscura?

¿Y á dónde vá el mortal? ¿También su vida Está sembrada de pintadas rosas; Después llega á veredas tortuosas Y á un mar en su caída...! ¡Á un mar! ¡á un mar cuyo profundo seno Ha tragado á los siglos lentamente! De víctimas jamás estuvo lleno, Y de la muerte el matador veneno Envía más y más constantemente....

¡Y esta sentencia no escluirá á ninguno, Que una segur terrible levantada Irá lanzando á la insaciable nada Mortales uno á uno...! ¿Jamás se llenará? ¿aunque algún día Suene en el mundo la funesta trompa Y el Supremo Hacedor de la armonía, Para dejar á la creación vacía, Los duros ejes de la tierra rompa?

Altos arcanos son, en vano lucha La mente del mortal; la duda impera. Opuso Dios altísima barrera Ante su ciencia mucha.

Y el hombre, el hombre que insensato siente La duda germinar, de orgullo henchido Eleva al cielo la ardorosa frente Y demanda, infeliz, para su mente Un destello de luz apetecido.

Clama, y en vano con sus voces llena El ancho espacio; cércale la duda, Que su saeta al enterrarle aguda El pecho le envenena.

Y llora ¡triste! en su falaz desvío, Porque intentara con su orgullo insano, En su infelice, loco desvarío. Con atrevido pensamiento impío El velo descorrer del hondo arcano....

¡Cuántas veces lloré! y cuántas veces Sobre la áspera peña contemplando. Sentí en mi pecho con dolor filtrando De la duda las heces.

Yo contemplé la mar, el bosque umbrío, Y al dirigir mi vista al alto cielo. Surcó veloz el pensamiento mío Por el éter purísimo, vacío, Para rasgar el misterioso velo.

Y luces vi de nítido diamante Esparcidas doquier; blancas estrellas Que lanzaban de sí cada una de ellas Destello rutilante. Magníficos fanales misteriosos, ¿Sois acaso las fúlgidas moradas De los que, el mundo al olvidar dichosos, Volaron á escuchar los deliciosos Conciertos de las músicas sagradas?

¿Quién sois, cuyo brillar nunca sereno, Así la luz de vuestra faz fulgura. Desde esa inmensa, incomprensible altura, ¿Qué existe en vuestro seno? ¿Guarda, tal vez, de la divina esencia Un átomo que Dios destina al hombre, Ya libre de su mísera existencia

Cuando llegada la fatal sentencia Del Supremo Hacedor la voz le nombre?

¡Siempre dudar! y en la mezquina mente Siempre la sombra del error oscura. Tósigos ¡ay! apuro de amargura, Si indago vanamente De la creación el misterioso encanto. Por eso, ¡oh tarde! en tu tranquila calma, Vendré á escuchar del ruiseñor el canto, Y á procurar alivio á este quebranto. Cruel, agudo torcedor del alma.

Yo beberé tus auras bullidoras Henchidas de suavísima fragancia; Recordaré de mi feliz infancia Las encantadas horas: Y si al fijar mi vista fatigada En el azul del estrellado cielo, Volviere yo á sentir duda obstinada, La blanca fé, de luces rodeada, Al alma triste le dará el consuelo.