Spanish poem
Los desgraciados
by José Tomás de Cuéllar (1830–1894)
SI en las tranquilas horas de la tarde, Del viento en el monótono sonar, Oís entre las hojas de los árboles, Gemir ó suspirar,
Y os parece ilusión de los sentidos Y que es rumor de hojas nada más; Pensad en los que lloran en el mundo Con angustioso afán,
Y sabréis como el viento ha arrebatado Al tedio, á la miseria, á la orfandad, Esas notas tristísimas que suenan Allá en la soledad.
Si os asomais al cristalino arroyo En una hora de calma y de soláz,
Y el rítmico murmullo de sus aguas, Que corren sin cesar, Os deja percibir raras cadencias, Ó una nota argentina y musical Que, perdiéndose á veces y creciendo. Parece sollozar; No penseis que el impulso entre las guijas Pudo tales sonidos arrancar: Es que el agua se lleva entre sus ondas las lágrimas al mar.
Si en el silencio de una noche lóbrega En que ruge furioso el huracán Y en que os hallais á solas meditando En dulce bienestar, El viento al penetrar por las rendijas Gime medroso y lúgubre y se vá. No penseis que es el genio de las sombras, Ni la turba faláz De trasgos, de vampiros y fantasmas Que os burlan con sus cábalas; pensad Que esos gemidos que conduce el viento Son una realidad:
Han salido de un pecho acongojado, El viento los halló en la inmensidad, Y los lleva después de puerta en puerta En busca de piedad.
Y si después del baile, en la mullida Y vaporosa almohada os reclinais, Y aún vibra en vuestro oído la cadencia Del fugitivo wals, Y, las manos de rosa de los sueños, Logrando vuestro párpado cerrar, De súbito temblais sobrecogidos Volviendo á despertar; No pregunteis la causa á los salones Que os vieron un momento delirar, No le pidais la clave á las delicias Que acaban de pasar: Es que vuestra alma, de gozar cansada, Recobró en vuestro sueño libertad, Y sintió, al contemplar á los que sufren, La herida del pesar.
Orad entonces, y si blando y tierno Teneis y noble el corazón, orad, Orad por el que sufre, por el pobre Y por el criminal; Por el que, torpe, en la maldad se sacia, Por el que ciego en el error está, Por el que, enfermo, á su dolor sin tregua Ya no resistirá. Y cuando al coro de perdón adune Vuestro pecho su efluvio de piedad. Vuestros ojos el angel de los sueños Contento cerrará. Y si al oír mis versos por ventura, Os conmueve un afecto fraternal, Y pensais un momento en los que lloran En dura adversidad; Sabed que no soy yo; los desgraciados Son los que os hablan en su inquieto afán: ¡Pobres víctimas tristes de la suerte! ¡Rogad por ellas con amor, rogad!