Spanish poem
07 (Con el son de las auras…)
Con el son de las auras rumorosa, Con el oreo de su aliento fresca, Con la luna en su lleno iluminada, Con el primer olor de las violetas Tempranas perfumada, majestuosa Con la sublimidad que da á las selvas El solemne silencio que produce Del hombre inquieto y de su voz la ausencia, Límpida, nacarada, transparente, Era una noche azul de primavera, De esas que rivalizan con el dia, Menos fúlgidas que él, pero mas bellas. Era una de esas noches deliciosas, De paz, de amor y de misterio llenas, Que echan sobre la hermosa Andalucía, No el lóbrego capuz de las tinieblas, Sino la gasa azul del aire diáfano Que sobre sus provincias se desplega, Cual sobre su dormida favorita Del Berberisco Amir la blanca tienda. De la nocturna calma bajo el peso, Y á la templada claridad serena Que el estrellado firmamento radia, Muda reposa la dormida tierra. El húmedo rocío que en los árboles, Las flores y los céspedes comienza A congelar sus gotas cristalinas Que caprichoso de las hojas cuelga, Se complace en tocar del bosque espeso La verde y enramada cabellera, Como la de una Etíope sultana Con hilos mil de luminosas perlas. ¡Cuan solemne la calma de la noche Es en la soledad de la floresta! ¡Cuan gratos los rumores y las sombras Que sus espacios silenciosos pueblan! Los bosques son los templos en que culto Dá á su Hacedor la gran naturaleza: Y entre los mil pilares de sus troncos, Bajo su verde bóveda que ondea, A la serena luz que el rico velo De su ojarasca rumorosa templa, Brotan los piadosos pensamientos, Y los recuerdos mil de la creencia. ¡Cuan graciosas del diáfano vacío Parecen á nuestra alma las quimeras, Y con cuánto placer en la memoria Nuestra imaginación las aposenta! ¡Cuan agradables son las sensaciones Del viagero que cruza la arboleda Del fresco valle que al lugar conduce Donde un dia pasó de su existencia, Donde dejó escondido algún recuerdo, Tesoro que con gusto á hallar volviera, Rastro del paso de su sér… porque algo Del hombre siempre por do pasa queda. Algo que hallar ansia cuando vuelve. Algo que siempre que lo busca encuentra Con amargura… ¡flores de la vida Que brotan con un sol y otro las seca! Tal es empero el hombre: siempre aguarda Flores hallar en donde espinas siembra: Siempre va tras la dicha, y atrás siempre Mira creyendo que tras sí la deja. Por eso los recuerdos de su alma, Amargos ó sabrosos, le atormentan Siempre, y su corazón presentimientos Lúgubres ó siniestros alimenta. En la silvestre soledad por eso Nos asaltan el alma las quiméricas Imágenes del miedo, aunque valiente Nuestra razón las atropelle y venza. Los seres mil fantásticos que bullen En sus vacíos ámbitos impregnan De miedos vagos su región, hiriendo Nuestra imaginación, la cual les presta Forma distinta y diferente causa De las que les revisten y les crean, Hasta tornar en monstruos colosales Del campesino polvo las moléculas. Los ruidos mil que forman el silencio, Que no interrumpen su quietud ni alteran Su soledad, mas que el vacío mudo De su quietud y su silencio llenan, Se vienen á estrellar en los oidos Del que, solo, los bosques atraviesa, Y el són imperceptible de sus átomos Estruendoso en su tímpano resuena. ¡Cuan naturales causas sin embargo Producen estas locas apariencias, Y con cuanto placer las descubrimos Después de haber tenido pavor de ellas! Allí susurra la ondulante rama Do columpia su nido la oropéndola, Y su movible sombra nos parece De un espectro fugaz el ala negra. Allá una triste tórtola suspira A quien un hoja que se cae despierta, Y su perdido arrullo nos parece De un alma errante la angustiosa queja. Allá al murmullo de escondido arroyo Que su cristal en las raices quiebra, El paso de los gnomos desvelados Nos parece sentir bajo la tierra. Allá el sordo y monótono ruido De un gusano que roe la corteza De un caduco abedul, creer nos hace Que algún gigante los peñascos sierra, Allí el ahogado y postrimer chirrido De un topo á quien sofoca una culebra, El silbido de alarma nos parece De oculto salteador que nos acecha. Allá en el són de la contínua lágrima Con que el oculto manantial gotea, De la invisible máquina del mundo Sentir creemos trabajar las ruedas. Sueños, delirios, aprehensiones hijas De la imaginación y la conciencia, Cuyas causas, que ocultas nos espantan, Después de comprendidas nos deleitan. Atravesad un bosque por la noche, Y en la enramada soledad desierta Saboreareis la dulce poesía De que colmó el Señor las arboledas. Mas ¡ay! vienen momentos en que el hombre De su placer ó de su angustia presa, Cruza la augusta soledad del bosque, Su soledad sin percibir siquiera. Así á través del valle innominado Donde pasa la acción de esta leyenda, Un embozado cabizbajo sigue De la mansión de Rosa la vereda. Sobre él susurran las movibles hojas, Bajo sus pies el manantial gotea, Silba en su torno el pájaro, el gusano Roe el almés, se arrastra la culebra, Suenan, en fin, y vagan los rumores Y sombras de los bosques, sin que puedan Despertar su atención que adormecida En su abstraído pensamiento lleva. Sus ojos no se apartan de un objeto, Sus piés no se desvian de su senda, Rápido y recto vá… sobre su línea La aislada casa del doctor blanquea. Brilla una luz en el balcón de Rosa, E, irresistible imán, su llama trémula Al embozado al parecer atrae, Pues sus ojos tenaz no quita de ella. Por el fulgor de su fanal guiado A la casita sin dudar se acerca, Abandona la sombra de los olmos Y en el cercado de sus tápias entra. Llega al pié del balcón iluminado, Escucha, aguarda… nadie; hace una seña Convenida tal vez, y permanece Inmóbil largo tiempo, la presencia De alguno de la suya prevenido Acechando; mas… . nadie. ¿No le esperan? ¿Habrá rendido el sueño á quien debía Estar atento á su señal?—A hacerla Vuelve… el mismo silencio; la luz arde Detrás de las cortinas, pero reinan Dentro del aposento que ilumina Hondo silencio, soledad completa. Dá un paso mas hácia el balcón, escucha… ¡Nada! silencio y soledad: reitera Osado la señal… inútilmente: Aguarda, escucha… nadie; se impacienta. Vuelve á apartarse y á mirar: devora Con sus miradas lo que ver le deja El abierto balcón… brillando sigue En el cuarto la luz, mas cual si fuera Lámpara de un panteón que de la vida Sirve no mas para mostrar la ausencia. Espera aún unos momentos… ¡nadie! El gusano voraz de la sospecha Roe su corazón, á su cerebro Se agolpan mil imágenes siniestras; Torna á mirar, torna á escuchar, mas siempre En vano… ¡aquella luz le desespera! ¿Qué es lo que alumbra aquella luz? ¿qué aguarda De aquel balcón la cavidad abierta? Aquella soledad, aquel silencio Que oponen á su afán una barrera De misterio, que atajan, que aniquilan Sus planes y esperanzas, que envenenan Su corazón con el vapor mortífero De la afanosa incertidumbre es fuerza Profundizar al fin; él necesita Saber al menos de quien busca nuevas, Al menos ver lo que la luz alumbra, Lo que se opone á lo que hallar desea. El balcón está bajo: entre él y el suelo Hay un respiradero cuya reja Puede dar á su pié seguro apoyo; Calcula las distancias: casi llega Con la mano al balcón: duda: es indigna Intención de un hidalgo; la desecha. ¡Asaltar una casa! ¡Ir los secretos A violar de la mansión ajena! ¡Profanar el retiro de una dama! ¡Ofender el pudor de una doncella! Imposible: es audacia de villanos: Es acción que repugna á la nobleza De su alma. ¿Mas volverse? No es posible En aquel aposento manifiesta De todo está la esplicacion acaso; Duda… mas es forzoso: lo que arriesga Sabe, pero decídese: resuelto La capa tira, y por la vez primera A la luz de la luna sus facciones Y lo gentil de su persona muestra. Es un mancebo vigoroso y ágil, Cuyas formas robustas cuanto esbeltas, Cuya soltura y traje cortesano Nobleza acusan y valor revelan. Afirmó el pié derecho sobre el hierro De la saliente cruz de la lucerna: Elevóse: cogió con ambas manos Dos barras del balcón, y en sus muñecas Poderosas fiando, suspendido Dejó su cuerpo sin temor en ellas; Mas conócelas bien: en dos brazadas De la alta barandilla se apodera, En el macizo rodapié se afirma, Aparta el cortinage con la diestra, E, introduciendo el busto, por el cuarto Sus miradas atónitas pasea. Es un cuadrado camarin: los muebles De su interior le acusan por vivienda De una muger mas lo que al mozo asombra No es que de una muger morada sea, (Lo que si aun ignoraba presumia Ya), sino la sultánica opulencia, La riqueza oriental de aquella cámara Que él esperaba hallar simple y modesta, Y que mas que de estancia campesina De Kiosko de Estambul tiene apariencia. Lo es en verdad: su ambiente está aromado Con esencia de rosa: una arabesca Alfombra azul de rosas salpicada Cubre el suelo; cojines que cairelan Flecos de Fez la orlan: las paredes Están forradas de damasco persa Salpicado de rosas; las cortinas Que adornan los balcones y las puertas Son chales de la India recogidos Con guirnaldas de rosas, y las grecas Que dividen los frisos de los paños Figuran zarzas de rosal en trenzas. El techo forma pabellón: su centro Desde el cual los mil pliegues de la tela Parten al rededor, es una rosa De Alejandría: misterioso emblema Que se vé por dó quier reproducido, Como divisa del blasón ó empresa Heráldica del dueño á quien sin duda La prodigada rosa representa; Sobre todo lo cual su luz derrama El globo de una lámpara chinesca, Que una cigüeña de marfil calado Tiene en su pico de coral suspensa. Esta oriental estancia que el mancebo Desde el balcón estático contempla Tiene una alcoba que en su fondo se abre, Cuyo opaco interior defiende apénas El encaje sutil de una cortina, Que la brisa tal vez descorrió á médias. En el girón de luz que desgarrado Por la cortina en su interior penetra, Se ven los piés de un lecho cuyas ropas Sobre el tapiz que le circunda cuelgan: Y en él, mal apareadas y vacías, Yacen abandonadas dos chinelas De raso azul, forradas en armiño Y abotonadas con menudas perlas. La sultana invisible á cuyos régios Pies pertenecen ¿duerme tras aquella Cortina, ó preparada para el sueño La solitaria cámara la espera? Las chinelas vacías atestiguan Que ya reposa en su interior su dueña, Mas el hondo silencio de la estancia Que está vacía de vivientes prueba. Ya há diez minutos que el mancebo escucha Con profunda atencion: pero concentra Todo su sér en vano en sus oidos; Percibe solo en su atencion intensa El latido violento y desquiciado Con que su pecho el corazon golpéa, Enviando el flujo de su sangre en olas De su sién y su pulso á las artérias. No pudo mas el angustiado mozo: Saltó de la baranda la barrera, Avanzó hasta la alcoba, á la cortina Su mano adelantó, y al descorrerla, Con el doctor hallóse cara á cara, Quien alzando el capuz á una linterna, Hízole ver á Rosa sobre el lecho, Cual arrancada flor sobre la yerba; Inmóvil cual inánime escultura, Pálida mate cual de mármol hecha, Materia inerte, polvo cuyos átomos Pide acaso voraz la madre tierra. Una vez y otra vez pasó los ojos, Con la verdad el mozo andando á tientas, Desde Rosa al doctor desde este á Rosa, Él mudo y torvo, inanimada ella: Hasta que al fin el viejo de hito en hito Mirándole tenaz, la mano seca Extendiendo hacia él, y con voz sorda Y de inflexión acentuada y lenta, Le dijo estas palabras:—“Llegáis tarde: “Cuando he cerrado á vuestro amor la puerta, “Trás del balcón á la deshonra abierto “Á la muerte aposté de centinela.” Tál el mozo al oir, tendió las manos Al cuerpo virginal de la doncella, Y por primera vez en él posándolas, Hallóla fria y concibióla muerta. Al contacto glacial del cuerpo exánime Y al comprender la realidad funesta, Cual de sulfúrea exhalación tocado Por el fulgor y conmoción eléctrica, Se trastornó su ser: desparramáronse Por su cerebro herido sus ideas, Crispáronse sus nérvios, extraviadas Reverberaron sus pupilas negras, Convulsiva tensión desencajóle La descompuesta faz, y de la hueca Cavidad de su pecho desprendióse Ronco estertor de carcajada histérica. Contemplóle el doctor, cambiando al punto De su semblante la expresión severa. En curiosa primero, en asombrada Después, y al fin en compasiva y tierna, Y dio un paso hacia él: mas esquivándole Como quien cree pisar una culebra, Dando el macebo un salto y la baranda Asiendo del balcón, lanzóse fuera. Corrió el viejo á tenerle: mas ya el mozo, Cuando él llegó al balcón, tocaba en tierra, Y solo pudo contemplarle atónito Desatinado huir por la pradera.