Spanish poem
08
Tres meses han transcurrido: La casita del Doctor Tan alegre antes, tan llena De flores, de luz y son, Está respirando duelo; Habitan en su interior La soledad y el silencio: No hallan el aire ni el sol Por sus cerrados balcones Paso: no queda una flor En las incultas macetas Que retirar se olvidó De ellos; trabajan su tela En el ángulo esterior De sus marcos las arañas; Ecsala en fin la mansión Del doctor no sé qué ambiente De tristeza, qué vapor De misterio, que comienza De su triste habitación A hacer para la comarca Un objeto de pavor. Ante esta falta absoluta De movimiento y de voz, De aquella casa dijeran Que la vida se ausentó. Y como solo de noche Y en los cuartos que el doctor Habita en el piso bajo, Se vé luz hasta que Dios Ahoga su fulgor mezquino De su faz con el fulgor, Parece que aquella casa Se ha convertido en panteón Dó un melancólico genio Llora un oculto dolor, En vez del genio benéfico Que otro tiempo la habitó. Ya no encuentra el campesino Al volverse á la oración A sus hogares á Rosa Sentada en el mirador, Cuya sonrisa pagaba Su tosca salutación; Ni el mendigo vagabundo, Ni el ciego errante cantor De romances, ni el santero Postulante á su balcón Se paran á bendecir El rostro consolador De aquel ángel generoso, Que cual blanca aparición Salia el paso á atajarles Con su sonrisa de amor, Sus palabras de consuelo, Y su generoso dón. Ya no tiene aquella casa Aquel risueño esterior De las casas en que moran, Cual flores en un jarrón, La juventud, la belleza, La alegría y el amor; Cuatro esencias que no pueden Sugetarse á tal presión Que de sí no desparramen Su perfume en derredor. La Rosa que vegetaba Como en chinesco tazón En esta blanca casita Sus hojas no abre ya al sol: Y el vaso vacío de ella Todo su encanto perdió Ahora se vé solamente Al anciano servidor Del médico á los que vienen Introducir al salón Del piso bajo, en que sigue Caritativo el doctor Dando al dolor medicinas Y consuelo á la afliccion; Mas ya no sale de casa: Y aunque hace él correr la voz De que allí preso le tiene Una morbosa afección, Se vé en su torbo semblante Y en su atrabiliario humor Que el mal de que está atacado Reside en su corazón. Hondo pesar se le roe Y continuo torcedor Se le atormenta ¿quién sabe Lo que sus tormentos son? Estraña inquietud le agita ¿Espera ó teme? El rumor Del misterio que hay de Rosa En la desaparición Cunde, y ya habla mucho de ella El vulgo murmurador. ¿Y quién no lleva curiosos Sino enemigos en pós? ¿Y quién sabe lo que minan Del hombre sabio el honor La curiosidad ociosa, La envidia y la emulación? Alguno que vió á D. Carlos, Tal vez su vuelta observó Que coincide de Rosa Con la desaparición; Que reina al par desde entonces Un misterio acusador En la casita del médico Y en la torre del Barón: Que el mozo está enamorado. Goza en la corte favor, Y es tan audaz como Rosa Es constante en su pasión: Y que atropelló, pues todo Lo atropella un grande amor, La voluntad de sus padres La voluntad de los dos. Otros suponen al médico De un carácter tan feroz, Tan celoso de su Rosa Y de tal resolución, Que si él los ha sorprendido Habrá sido en su furor Capaz de matarlos á ambos: Y se afirma esta opinión Tanto mas cuanto que dicen Los médicos, que el doctor De los mas fuertes venenos Posee una gran colección, Y que como allá entre idólatras La medicina aprendió, Sus drogas solo son filtros En cuya composición, Ademas de las sustancias Ponzoñosas que él le dió A conocer, entra el diablo De sus drogas inventor. Y así en tres meses el viento Vil de la murmuración El polvo de la calumnia De tal modo levantó, Que anduvieron los anónimos Revoloteando en montón, Comenzó el vulgo á estraviarse Y en enquiña comenzó A tornarse contra el médico Lo que antes fué estimación Y gratitud á su ciencia, Con cuyas drogas sanó El ingrato que ahora juzga Que es un envenenador, Empírico y charlatán Quien se las administró. Y esta opinión amparada Por la ruin superstición Fué tomando tanto vuelo, Que hubo al fin quien estimó Necesario dar con ella En la santa inquisición. ¡Así siempre la ignorancia Juzga al hombre superior!
Y así pasaron tres meses, Durante los cuales no Se dieron por entendidos Castellano ni doctor De las fábulas que inventa La vulgar suposición, Ni de los viles anónimos Que al aire la envidia echó, Ni del polvo que levanta El viento calumniador, Y el acecho en que contra ambos Está ya la inquisición. Si oyen, si ven y si saben Lo que pasa en su redor, Lo disimulan; y el uno Como pájaro sin voz Encaramado en su torre, Y el otro como un tejón Enterrado en su casita, Siguen, sin dar esterior Señal de cambio en costumbres, El médico y el barón.