Spanish poem
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Es una tarde cárdena: ha amagado durante todo el día una tormenta que no rompe en turbión, aunque en el aire los nubarrones sin cesar condensa. El rey a caza no ha salido: un vago miedo, una inquietud vaga se revelan en su semblante torvo: en su aposento se agita sin cesar como una fiera enjaulada: se asoma a las ventanas impaciente: se para y se pasea por la cámara; a veces se dirige la palabra a sí mismo: otras conversa con el sombrío favorito, que oye a veces impasible, y le contesta a veces con palabras monosílabas, como si a las de Carlos no atendiera.
Entretanto su gente en las estancias bajas, donde sus órdenes espera, bebe escuchando las picantes trovas y cuentos de una errante juglaresa. No hay res a los pilares amarrada: las jaurías están con sus correas atadas en el patio a las argollas en que amarran los monjes sus acémilas. Algunos perros favoritos duermen a los pies de sus amos, u olfatean el fiambre y las pastas con que excitan la áspera sed con que los jarros merman. Aquella sociedad, de cazadores, de aventureros y soldados mezcla, aguardaba las órdenes de Carlos, que a su vez para darlas algo espera. De repente un relámpago asomándose con un fulgor de incendio a las vidrieras, alumbró el cuarto y deslumbró los ojos de los que en él estaban: voz tremenda de la tremenda tempestad, que al cabo en el aire cerniéndose revienta: un trueno seco, cóncavo, estridente, rugió en el cielo y conmovió la tierra. Rasgó sus negros flancos el nublado, y azotar se oyó al viento por afuera los muros con la lluvia, sacudiendo furioso las ventanas y las puertas.
Al par del vendaval, por la del patio y como si el nublado le trajera seguido de una corta comitiva, se entró un jinete, que al portón se apea. Echó con señoril desembarazo de un paje en manos del corcel las riendas, y cruzando el umbral sin ceremonia, se metió en el salón sin pedir venia. Era un noble, sin duda, de alto rango, a juzgar de su traje por las prendas. Tendió en un banco su empapada capa, su coronado casco echó sobre ella y dijo a los presentes: «¿Hay alguno de vosotros que al rey anunciar sepa que ha llegado Bernardo de Tolosa, conde de Barcelona?» Con voz recia: «Yo», dijo desde el fondo de la estancia del rey el favorito entrando en ella. «¡El bastardo de Hunaldo!», exclamó el conde, hielo correr sintiendo por sus venas. «El mismo, dijo el favorito; un punto esperad aquí al rey, que pronto llega.» Y dejando la estancia, dejó al conde de la afanosa incertidumbre presa. Todo el pasado se agolpó a su mente: y aunque hecho tal a comprender no acierta, comprende que le augura un mal tan sólo del bastardo de Hunaldo la presencia. De fiarse del rey y haber venido se arrepiente y comprende la torpeza, y pide ansioso a su profunda astucia una feliz y salvadora idea: y mientras esa idea salvadora busca con hondo afán y no la encuentra, de pie en el centro del salón, es blanco de una curiosidad que le impacienta. La tempestad del cielo es, comparada con la de su alma, ráfaga ligera: y la del cielo, sin embargo, ruge como si fuese a desquiciar la tierra. Rauda, incesante, fúlgida, en la cámara la luz de los relámpagos penetra, y encima de sus bóvedas el trueno las del cielo parece que revienta. Y en medio del fragor con que del globo la tempestad el curso desconcierta, de espaldas a la puerta, en pie y aislado, el conde al rey desesperado espera. Y en medio del tumulto con que asorda el recinto claustral naturaleza, descompuesta la faz, desmelenado, mal unidas las ropas y en la diestra desnuda la ancha espada, presentándose el rey con pasos y furor de hiena, llegóse al conde por detrás y airado le cercenó de un tajo la cabeza. Saltó ésta hacia adelante; perdió el cuerpo su equilibrio hacia atrás, las manos trémulas tendiendo por instinto: y fué, lanzando caños de sangre, a dar sobre la mesa. Asirse y sostenerle en tal apoyo no pudieron sus manos ya sin fuerzas, y el tronco por el rey descabezado fué ante él a dar su convulsión postrera. Carlos, poniendo un pie del tronco encima, exclamó con jamás vista fiereza: «¡Deshonrador del lecho del que ha sido mi padre y tu señor, maldito seas!»
Salió el rey del salón: tras él salieron cuantos en él estaban: y las puertas el bastardo cerrando, dejó el tronco dividido en la cámara sangrienta.