Versos Spanish José Zorrilla 40 (En resumen, el hombre el primer…)

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40 (En resumen, el hombre el primer…)

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RESUMEN En resumen, el hombre el primer ente del mundo, el noble rey del universo, como le han titulado osadamente cuantos han relatado en prosa y verso la loca historia de la humana gente; el hombre, hecho por Dios inteligente, dotado de razón, de pensamiento y de palabra, superior en todo a todo otro animal, no ha hallado modo de entenderse jamás; su entendimiento le ha servido de estorbo en su existencia terrenal; su razón no le ha bastado jamás, y en sus empresas ha apelado, en vez de a la razón, a la violencia; siempre en lugar de «hablemos y entendámonos», «matémonos, ha dicho, destruyámonos». Y alguna vez que ha hablado, no ha querido nunca entenderse, y siempre se ha batido. ¿Por qué? ¿Cuál es la historia de la guerra? ¿Qué causas la han creado y la han nutrido? Este breve resumen las encierra.

Al hallarse sin garras y sin dientes contra los de las bestias montaraces, buscó armas contra ellas suficientes el hombre, y supo hacérselas capaces de resistir sus ímpetus voraces. Hizo bien; además Dios le había dado para servicio suyo y alimento, cuanto animal con él había creado; pero a cada animal, en su elemento, de medios de defensa había dotado; pez, ave, fiera, en tierra, mar y viento, tenía que recoger, por de contado, para su nutrición o su servicio; y discurrió y se armó, y obró con juicio.

Hasta aquí no iba mal la inteligencia del hombre; se sirvió de su talento; la bestia estaba que él mejor armada, el pez escurridizo, el ave alada eran más fuertes que él en su elemento; fuerza fué equilibrar la diferencia: era cuestión en que iba su existencia, yendo su bienestar y su alimento. Hizo flechas y redes; fué acertada invención y oportuno pensamiento. Raciocinó y se armó; no digo nada.

Pero desde Caín, a quien la envidia un arma puso en la homicida mano, ¿por qué el hombre, con furia o con perfidia, sus armas empleó contra su hermano? Ancha y feraz creó el Omnipotente la tierra, para todos suficiente; halló, empero, sus límites estrechos la ambición; apropiósela, insolente, el que se vió más fuerte y más valiente, y la fuerza fué ley y dió derechos. El débil, despojado de su tierra, no los reconoció, porque en los hechos el derecho no vió; he aquí la guerra. El débil despojado fué un apoyo a buscar en sus débiles hermanos, y de pesar y de ira el pecho lleno, contra sus opresores inhumanos se unieron; fueron fuertes, y a las manos con la ambición vinieron… un arroyo de sangre marcó el linde del terreno primero donde hicieron los humanos división de lo propio y de lo ajeno. De aquí los odios de familia y raza; huyendo de las fuertes agresoras las débiles, distancias protectoras entre ellas de poner se dieron traza. Y así, según, feroz o inteligente, anheló una familia paz o guerra, fué una patria a buscar para su gente en la región lejana de la tierra que halló a su condición más conveniente.

Unas, apeteciendo climas fríos, trasladaron su hogar al Occidente; otras a orillas de los grandes ríos su adoar sentaron bajo el sol ardiente de los tostados climas del Oriente. Otras en las riberas de los mares, a la codicia levantando altares, fueron, después de construirse puertos, en las opuestas a buscar lugares a su comercio y a su audacia abiertos. Unas cubrieron páramos extensos de verdes huertas y de rubias mieses; otras en valles de yerbajes densos razas criaron de fecundas reses. Cada cual adoptó creencia, traje, gobierno, usos, costumbres y lenguaje hijos de su carácter y ejercicio, y adaptados al clima y al paraje donde vivía en inocencia o vicio.

Su población, al fin, multiplicaron todas y en sus terrenos se extendieron; y tanto sus fronteras ensancharon, que a encontrarse, extendiéndose, volvieron. Pero ya las familias en naciones convertidas, y ya con caracteres distintos, con distintas opiniones, lengua, costumbres, trajes, religiones, el origen común desconocieron, y su diversidad de pareceres, su diferencia de habla y de facciones como razón de enemistad pusieron; y echando luego a un lado las razones, a reñir como bestias se pusieron.

Aquí sí tengo yo que decir algo; y aunque me digan que es atrevimiento, porque, ni nada soy, ni nada valgo para echarme a cruzar tan alto viento, y que del breve círculo me salgo en el cual encerrado estar me toca, voy a decir este algo, porque siento que se me está saltando de la boca. Y he aquí lo que digo, aunque este verso ramplón, que va a explanar mi idea loca, contra mí insurreccione al universo.

¿Cuáles son los motivos racionales, las causas y el origen que han tenido las que se llaman guerras nacionales? El color de la tez, de las facciones, la proporción, la depresión o anchura del ángulo facial, las expresiones distintas del lenguaje con el cual se expresaron las naciones, la estrechez o la holgura que adoptó cada cual para su traje; lo que se llama, en fin, la catadura, la planta, el aire, el porte que a cada raza dieron sus costumbres, su clima y ejercicio; ya en las cumbres de los montes helados en el Norte, ya el fuego perennal del sol ardiente en las llanuras cálidas de Oriente, ya las ásperas brisas peculiares de las tierras vecinas a los mares.

Miradas a la luz de la conciencia, éstas son las efímeras razones de los odios de razas y naciones, nutridas por la sórdida exigencia de la avara ambición, que con violencia tras sí conduce a las demás pasiones; ¿qué parte toma aquí la inteligencia?

El ser unos morenos y otros blancos, el ir unos descalzos por la arena, y el andar otros por la nieve en zancos, el ir rapados o llevar melena, el tener las narices aplastadas, curvas o prolongadas, el vestirse más amplio o más estrecho, el habitar palacios o cabañas, fabricados con mármoles o cañas, a las razas de Adán daban derecho a admirarse tal vez de las extrañas mudanzas que los tiempos habían hecho en ellas; pero nunca a los hermanos pudieron dar razón, como alimañas, para venir feroces a las manos y arrancarse, lidiando, las entrañas.

La tierra tiene espacio para todos; aun sobra; la mitad está vacía; pero buscan los pueblos con porfía ocasiones y modos de decirse: «Ésta es tuya y ésta es mía.»

Civilizadas hoy nuestras naciones, señalan por convenios sus fronteras, saludan con galana cortesía doquiera que los ven, sus pabellones; reconocen con fiestas placenteras sus límites; aceptan sus razones, sus protestas de fe, como sinceras; se muestran en su trato diplomático el amor más cordial y más simpático; de heraldos con vistosas procesiones, se demandan sus treguas y entrevistas; se reciben con salvas y revistas, se despiden con fuegos y funciones, pero luego, en volviéndose la espalda, a su frontera avanzan sus legiones; de todas sus alturas en la falda construyen fortalezas y trincheras, y ponen sus derechos, entre hileras de soldados, detrás de sus cañones; y en hallando el pretexto más mezquino, la de fuerza mayor mete la guerra en el pueblo vecino, y atrapa un buen pedazo de su tierra.

Si el asaltado pueblo se resiste, y si defiende su razón con brío, su derramada sangre forma un río e ilumina el incendio su fin triste; su territorio, en fin, queda baldío, y sus familias, las que quedan vivas, esclavas son o emigran fugitivas.

¿Y el caudillo feroz de aquella guerra? ¿El héroe triunfador, el incendiario devastador, rapaz y sanguinario, que asoló, inicuo, la vencida tierra? Vuelve a su patria victoriosa ufano, al son de las campanas y timbales; le alza su capital arcos triunfales, le entapizan con flores y laureles las calles, que le guían hasta un templo, donde, desde el obispo a los bedeles, salen a recibirle, palio en mano, del sacro peristilo a los dinteles; en un discurso un orador cristiano le ofrece a los presentes como ejemplo digno de admiración; se da al villano populacho una fiesta, con cantares licenciosos y danzas inmodestas, que es lo que llaman fiestas populares, en las que se harta el pueblo de pasteles, buñuelos y esas masas indigestas que traga todo pueblo en tales fiestas, destripando barricas y toneles en honor del que triunfa y del que paga; y entre tanto que el vulgo sorbe y traga, una asamblea nacional le expide el título de ilustre ciudadano, gloria y prez de su época, y decide que por el hecho bárbaro, inhumano y cruel de exterminar toda la raza del pueblo a quien venció, que era su hermano, se le eleve una estatua en una plaza.

Y pese a la opinión del mundo entero, he aquí lo que es el triunfo de un guerrero; esto es lo que a la tierra trae nada más la gloria de la guerra; y he aquí, desde Adán a los actuales tiempos, el breve epítome que encierra la historia de los entes racionales.

Desde Nembrod hasta ambos Napoleones la fuerza atropelló a la inteligencia; en todas las naciones de cualquier discusión se hace pendencia; y siempre se resuelven sus cuestiones de lanza a punta, a boca de cañones; y esto es lo que no entiende mi demencia.

Que allá en épocas bárbaras, en tierras pobladas por salvajes y paganos, encomendado se hayan a las manos la razón y el derecho; que haya guerras aún entre caribes y africanos; que una guerra que de iras se amamanta, que a la luz marcha del incendio y bebe ríos de sangre y lágrimas, aun lleve en Pekín o Estambul nombre de santa, me apesara tal vez, mas no me espanta; mas hoy, en pleno siglo diez y nueve, en nuestro mundo culto, entre cristianos, donde tenemos todos por creencia que somos los humanos todos hijos de Adán, todos hermanos; al contemplar en guerra a las naciones, pregunta mi demente impertinencia: si toda discusión para en pendencia, si toda paz se firma entre cañones, ¿para qué diablos sirven las razones? ¿Para qué nos da Dios la inteligencia?

Si el tiempo que los hombres han gastado en arreglar sus cuentas a trompadas; si los millones de hombres que han robado a la tierra sus guerras desastradas, se hubieran empleado en cultivar los celestiales dotes de su razón, y los extensos lotes de tierras, que por Dios les fueron dadas, sería el hombre actual menos perverso, serían (como Dios hacerlas quiso) la bien poblada tierra un paraíso, y la razón la ley del universo.