Versos Spanish José Zorrilla Nosce te ipsum

Spanish poem

Nosce te ipsum

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Carísimos hermanos en Apolo, cuyas muestras de estima y de cariño, de envidia exentas, de interés y doló, al viejo tornan a la edad del niño; ¡gracias por tan espléndida acogida! No discutamos hoy si la merezco, empero no dudéis en vuestra vida que con el corazón os la agradezco.

No temáis que el poeta castellano, vuestro hermano al llamarse y vuestro amigo, sea ¡ante Dios el tiempo por testigo! mal amigo jamás, ni mal hermano.

Valencia, a quien el gozo ha vuelto loca al escuchar la voz de su hijo nuevo, a mí tal gozo agradecer me toca, pues renacer en mi vejez te debo: y no debió en país ni en tiempo alguno un poeta a su sola poesía fama más popular, y aquí ninguno, tal popularidad como la mía.

Abrénme las aulas y ateneos como el humilde hogar y los talleres; pídenme por mi nombre en los paseos los pobres, y sin miedo y sin deseos a la cara me miran las mujeres.

Por doquier que en Valencia me presento, de admiración objeto y de cariño, me cede el paso y me saluda atento el pueblo; y contemplándome un momento, «él es», se dicen desde el viejo al niño.

Las calles al cruzar y las plazuelas, me saluda cortés el artesano; me sonríen las frescas muchachuelas, y a la gorra ante mí llevan la mano los chicos al salir de las escuelas.

Es el más grato olor el del incienso; son los aplausos el mejor arrullo; pero perdón si os digo lo que pienso: oigo éste, aspiro aquél con un inmenso placer… mas con placer, no con orgullo.

Algo haber en mí debe que algo vale: los pueblos sin razón no aplauden nada, y en mí delo vulgar algo hay que sale; mas hay en ti por mí gracia sobrada, ¡oh Valencia gentil, ya madre mía!, más favor y más gloria a ella acordada que valor en mi vieja poesía.

Oye, pues, lo que oír de mí no esperas, lo que ya veces mil en mis cantares he repetido allende de los mares, y que hará tal vez hoy que más me quieras.

, dijo un sabio: y aunque por sabio no, por ser ya viejo, hacer no debo a mi razón agravio despreciando del sabio el buen consejo.

hoy que así de tu amparo bajo el manto me acoges; hoy que tanto mi presencia celebras y en tus brazos me alzas tanto, que aureola quieres dar a mi cabeza de la lumbre del sol con un anillo, y a mi gloria tus bardos con nobleza quieren hacer de estrellas un cintillo, voy a probarte yo con este canto que en sandia vanidad no me encastillo, ni al aura popular me ensoberbezco; que acepto de mi gloria de tu mano con gratitud, no más la que merezco; así que, en vez de alzarme, me arrodillo: con fe leal y corazón sencillo toda la gloria que me das te ofrezco, y ante tu aplauso popular me humillo.

Conocerse a sí mismo es la gran ciencia; oye, pues, municipio valenciano, poetas lemosines de Valencia, a vuestro hijo escuchad y a vuestro hermano; que antes de que sepulcro aquí se le abra, va a dirigiros su postrer palabra como hidalgo español y buen cristiano,

.

Nunca he sido yo más que un vagabundo: yo soy el escritor de menos ciencia, el ingenio español menos profundo, el versificador más sin conciencia: mas aunque soy, tal vez, el más fecundo, flor sin aroma, frasco sin esencia, de sentido y de lógica vacía no es tal vez más que un son mi poesía.

Como el ruido del mar, como el del viento, como el de un manantial de agua corriente, como el canto del ave, como el lento son de la lluvia o de la espuma hirviente, tenaz, sonoro, musical mi acento se exhala de mi ser perennemente; pero como esos ecos del vacío, es un son fútil el acento mío.

¿Por qué, pues, de poeta alcancé nombre? ¿Por qué hay de oírme afán por donde paso? ¿Por qué os juntáis para escuchar al hombre de saber y de juicio más escaso? ¿Queréis que yo os revele, aunque os asombre y a vanidad me lo achaquéis acaso, por qué del bardo me otorgáis la palma? Porque me ha puesto Dios la fe en el alma.

Porque me dió con ella la hidalguía, la generosidad del caballero, y ni envidiar ni odiar mi alma podría ni al amigo vender, ni al compañero: porque grande y leal el alma mía, cabe en mi corazón el mundo entero: y como sabe Dios la fe que abrigo, por doquiera que voy va Dios conmigo.

Como al ave, al nacer, me dijo: «canta», y a impulso de la fe que en mí se encierra, arrancada mi voz de mi garganta resuena sin cesar sobre la tierra: y como el fénix sin cesar cantando voy mi fe por la propia y por la extraña; y como el fénix moriré entonando mi canto funeral en la montaña.

¿Dónde aprendí mis cántigas? Lo ignoro. ¿Dó va las suyas a aprender el ave? ¿Dónde toma su ruido el mar sonoro? ¿Dónde el aire su son, áspero o suave?

Mas nada sé, ¡ay de mí! Todo lo ignoro: hijo de un siglo inquieto y de una tierra que desolaba fratricida guerra, a mi primer cantar hicieron coro gritos discordes de furor y espanto, ayes de hiel y desgarrado llanto; no tuve tiempo de aprender; me hicieron salir al mundo solo, casi niño, los vaivenes del siglo; me perdieron mi familia y mis padres el cariño, yo no gocé jamás su compañía; yo me dejé arrastrar por el encanto de la santa y risueña poesía que amparó mi orfandad bajo su manto; y del Pindo a la sombra y al abrigo, cedí al instinto que nació conmigo, sentí mi inspiración, probé mi canto; y, no sabiendo más, di a mis cantares las frases de la fe de mi creencia, y conté las leyendas populares: pro eso me escucháis, esa es mi ciencia.

Yo, aunque alumno del griego clasicismo, bebí en mi infancia la nectárea esencia del castalio licor del paganismo, busqué mi inspiración en mi conciencia, pedí mi numen a mi pueblo mismo, y el pueblo me contó lo que ha años treinta que con frase mejor mi musa os cuenta: y eso es lo que pos inspira a mi cariño, eso es lo que en mis versos os hechiza; que os cuento, con más fe y con más aliño, lo que, al mecer en su regazo al niño, os contó a cada cual vuestra nodriza.

Mi inculta inspiración, mi tosco verso, en los sones del himno se han nutrido que cantar a su Dios al universo siente mi corazón, oye mi oído. Ese himno santo, universal, perenne, que un solo instante de sonar no deja, inextinguible, místico, solemne, de nuestro globo en derredor, que aspira su hálito en el de Dios: máquina errante por el vacío azul, viva y radiante con propia vida y luz; que nunca vieja, ni cae jamás, ni descarriada gira: que ni vacila nunca, ni se aleja de su órbita jamás; que siempre mira al Dios que errar ante su faz la deja cantando ese himno que su amor la inspira.

himno compuesto del fugaz gemido, de la ráfaga rauda, de la queja de la tórtola viuda, del zumbido del impalpable insecto y de la abeja que el panal elabora; del balido de la espantada oveja, que oye al lobo acercarse a sus rediles, y llama a su pastor, que en la cabaña ensaya sus sonatas pastoriles en la zampoña o el rabel de caña; del rumor soñoliento de la fuente que bajo el césped invisible suena; del pavoroso estruendo del torrente que el valle asorda y la caverna atruena: del triste son de las marinas ondas que vienen, arrastrándose con pena, unas tras otras, túrgidas, redondas, leve espuma a tornarse en el arena: ese himno, en fin, universal, sonoro, que cuanto tiene voz a Dios levanta, y del supremo Criador a coro testifica el poder, la gloria canta: que en todos los dialectos y lenguajes, y en medio de las razas más ateas, con la voz de los pueblos más salvajes dice al Sumo Hacedor: ¡!

Esa es mi poesía, esa es la ciencia de mi instintivo canto no aprendido; por eso, amorosísima Valencia, con maternal amor me le has oído.

Yo, poeta de fe, mas no de ciencia, maestro sólo de la ciencia gaya, pasé, mi fe cantando, la existencia de región en región, de playa en playa; mas canté como pájaro perdido: nada sé, nada soy ni nada he sido.

Déjame, pues, partir y no demandes ya a mi vejez ni flores, ni canciones: no me hagas entre aplausos y ovaciones sentar entre tus sabios y tus grandes, e incienso no me des, ni me corones; déjame ya, Valencia, que me ausente para volver el hálito postrero a exhalar en tus brazos solamente; déjame; y cuando vuelva a tu regazo, ¡madre de mi adopción! no me recibas con aplausos, ni músicas, ni vivas, sino con mudo maternal abrazo.

Y entonces no me vuelvas a la escena a obligar a subir a que te cante; porque de gozo en vez te dará pena mi ronca voz, gastada y vacilante.

Ahí te queda de bardos lemosines una brillante pléyade naciente que anida en tus balsámicos jardines; y que tras de Pizcueta y de Llorente va, y de Labaila, y de Querol y Herrero; de quienes si hoy aún marcho delante, es nada más porque nací primero.

Yo me sé conocer; ya hice bastante; pronto van a ser blancos mis cabellos; mas no me pidas que mi voz levante; yo su cantar aplaudiré, expirante: di a mis hermanos que te canten ellos.

Diz que el mundo es un teatro: mas representar en él un papel de mucho aplauso, dificilísimo es.

A los que en teatro tal galanes son, rara vez hay director ni traspunte que su salida les dé.

A la escena la fortuna les arroja a tiempo bien, y a través de todo obstáculo aciertan con su papel; a algunos… pocos, a fuerza de atención, de impavidez, de paciencia, astucia o mérito, surgiendo entre la Babel social, salir a galanes desde comparsas se ve; mas salir no es lo difícil, sino desaparecer.

Yo mi papel como supe hasta aquí representé; me dió humo España y subí; mas mi gloria es Montgolfier lleno solamente de humo; y pues tan alto llegué por patrio favor, yo quiero bajar, pero no caer.

¿Qué sabe el viejo más sabio, si, ciego hasta su vejez, conocerse a sí no sabe y que envejece no ve? Yo… (perdonadme este yo por el último) yo, pues, por la fortuna en la escena lanzado, me presenté ante un pueblo sorprendido de verme surgir ante él, evocado de una tumba que iba a cerrarse a mis pies.

Absorto el pueblo, yo absorto, y uno de otro sin saber, me dijo el pueblo «habla» y yo, en lugar de hablar, canté. Mi cantar en aquel sitio fué mi fortuna… Después… no necesito contároslo, lo que aconteció sabéis. Seguí cantando, y alientos tales cantando cobré, que en un Don Juan me escucharon desde el zapatero al rey.

Mas por hacerme escuchar, yo consejos no escuché; y creyendo que mis versos me iban a abrir el edén en la tierra, y que mi raza de mí iba su gloria a hacer, seguí cantando… y mi casa un día desierta hallé, y al fin me hicieron mis versos familia y hogar perder, perdiendo hasta la esperanza de mi salvación tal vez.

Entonces solo en el mundo como un paria me quedé, y entonces… (es una historia que a nadie importa saber) entonces yo, no sabiendo más que cantar, me lancé a morir cantando loco de tierra y mar a través; y a través de mar y tierra, fuí cantando por doquier la patria en que había nacido, las creencias que mamé con la leche de la madre que por su mal me dió el ser; y canté, y canté… y ¡por Cristo! donde a cantar me paré, canté a España sin temor a extraña o contraria grey; y si el hombre salió mal, el español quedó bien.

Yo iba a morir, no a matarme; y aunque a Dios se lo rogué, mató a los que iban conmigo; allá quedan… dos de tres; mas Dios no quiso mi vida; Dios me hizo allá encanecer, y yo… a morir en la tierra en donde nací torné: torné como fuí… cantando; mas como uso ya no es que cantemos nuestros versos, di los míos en leer.

No ¡vive Dios! por orgullo, no, ni de aplausos por sel; sino, pues que a sus poetas hoy escuchan con placer Alemania, Francia, Italia, y hasta el yankee y el inglés, para probar que oye España a sus poetas también.

En eso en pro de mi patria mi último aliento agoté; y estoy diciendo hace un año, diez veces en cada mes, que envejezco, y que mi tiempo pasó ya y que yo pasé. Se afecta por cortesía lo que digo no creer; mas, pues, cumplí como bueno y adonde pude llegué, no es justo quitar en público dignidad a mi vejez, ni es justo hacerme ante el pueblo como un gladiador caer, exponiendo a su desprecio lo que vió en mí como prez.

Si por amor a Valencia en sus teatros hablé, es mi madre, y sus caprichos debí de satisfacer; que soy buen hijo, y no puedo ni tratarla con desdén, ni excusarme con mi madre de cumplir con mi deber. Mas ya, fuera de Valencia, ni el amor, ni el interés, ni la caridad, ni el ruego, ni la amistad, ni la ley, por más popularidad que mi exhibición me dé, me obligarán a exhibirme sobre la escena otra vez. Lo que hice en Valencia, lo hice con la cordial buena fe de las fiestas de familia, en las que todo está bien.

Y ¡adiós, madre!, tú a mis versos coronas haces tejer, y plantar por ellos quieres sobre mi tumba un laurel: mas como Dios al crearle dijo al hombre «pulvis es», quiero que sepas, Valencia, que yo conocerme sé; y que modesto y cristiano, te he de pedir al volver, una tumba en que no plantes más que una cruz y un ciprés.

He dicho, y no sé qué he dicho, ni si dije mal o bien; más con lo dicho, mi voz oís por última vez.