Spanish poem
Oriental
Larga y pesada es la noche Si de un cerrado balcón Al pie, se aguarda la lumbre De un enamorado sol;
Si a oscuras en una calle No se siente en derredor Más que del aura perdida El interrumpido son.
Larga y pesada es la noche Para el despierto amador Que acecha una blanca mano Que tal vez le hace traición,
Mientras la diestra al estoque, Ebria el ánima de amor, De rival desconocido Recela la condición.
Larga y pesada es la noche Para quien tanto aguardó, Que el alba por el Oriente Viene a ahuyentar su pasión.
Muy larga para el mancebo Que en Córdoba penetró, De los ojos de una mora Enredado en la prisión.
Está el cristiano apoyado En las rejas donde vio, Mientras que lloró cautivo, A la prenda de su amor.
Y en vano a su doble seña Una respuesta aguardó; Las celosías tuvieron Siempre velado el balcón.
Mas viendo que a largos pasos Veníase alzando el sol, Entre amorosos suspiros Así dijo a media voz:
«He llamado a tu ventana, Mi sultana, Siempre fiel a mi pasión, Y enojado me despido, Pues dormido Encontré tu corazón
»Adiós, mi dulce señora, Ingrata mora, Que pues más no he de venir, Bien harás, de mí olvidada, Descuidada, En largo sueño dormir.
»No esperes, no, que tu mano Vuelva ufano Enamorado a buscar, Clavando del foso oscuro, Sobre el muro, Una escala en que bajar.
»No esperes que en larga vela, Centinela De tu cerrado balcón, Aguarde ya entretenido, Si dormido He de hallar tu corazón.
»No esperes, no, que combata, Mora ingrata, De tu celosía al pie, Mientras en otros amores Tus favores Gozando un rival esté.
»Que si a mi voz no respondes, Porque escondes. Otro amor para mi amor, Guarda los lances y cuitas De tus citas Para quien ha tu favor.
»Quédate, aunque yo te amaba, Por esclava De un señor y de un harén, Y muera con tu hermosura La ventura De tu existencia también.
»Adiós; duerme, mi sultana, Y tu ventana, Testigo de mi pasión, Te diga si he conocido Cuán dormido Estaba ta corazón.»
Y así el mancebo diciendo, De sus celos al furor, De un tajo las celosías Con la espada derribó.
Saltó del lecho la mora A tan descompuesto son, Y asomándose a la reja, Quién era le preguntó.
Mas él, a larga distancia Revolviendo un callejón, Tornó la espalda diciendo: «Dormid en paz, que soy yo.»