Spanish poem
Oriental
No pude selle mudable A aquella cuyo nascí.
- I -
Escucha, hermosa cristiana, Mis amores, No se estrellen mis dolores En los vidrios de colores De tu gótica ventana.
Años ha, bella señora, Que tu vista encantadora, Apetecida De Córdoba en los jardines Matóme por darme vida. Y en tanto que te acataban Y tus favores gozaban Mil paladines, Azarque, en inútil queja, Tus esquiveces plañía Llorando al pie de tu reja.
Escucha, hermosa cristiana, Mis amores, No se estrellen mis dolores En los vidrios de colores De tu gótica ventana.
¡Ah! ¡Qué importa que al Profeta En adoración secreta Yo bendiga, Y adores tú al Nazareno, Si en blanda coyunda amiga Un solo amor nos uniera! Cristiana más hechicera Que el ameno Paraíso, no te cura, De las palabras del Conde, Que han de ser mi desventura.
Escucha, hermosa cristiana, Mis amores, Yo se estrellen mis dolores En los vidrios de colores De tu gótica ventana.
- II -
Así de la luna al brillo En tono blando y sencillo Cantaba voz varonil, Y del moro las querellas Vertiendo lágrimas bellas Oía dama gentil.
Abrió a medias su ventana, Que con flores engalana, La dama, y así cantó: Triste su cántico, apenas Perdido entre las almenas Un solo instante vagó.
«Cristiana ¡oh moro! nací, Y me matan con rigor ¡Ay de mí! Mi religión y mi amor, Y huyo a mi pesar de ti. Huye de aquí.»
La voz se heló en su garganta, Cayó y rompióse la lira, Al moro extática mira, Mas ya ni le ve ni canta.
No canta, que en llanto amargo, Sobre el pecho la cabeza, Ahoga tanta terneza Un amoroso letargo.
«Por qué (dice desde el foso El moro), bella cristiana, Por qué me velas tirana Ese rostro candoroso?»
La cristiana amada, en tanto, Miraba y no le veía, Sólo en el muro se oía Triste y angustiado llanto.
Y viendo que no responde, El moro, desesperado, A llamar iba ya osado En el castillo del Conde.
- III -
Sobre alazán de Córdoba brioso, Ceñido el cuerpo de la doble malla, El Conde de Tendilla llega en tanto A su opulento alcázar. Por la penosa orilla del torrente Se oye cuál crujen a compás sus armas, A par que estrepitosas se derrumban Entre espumas las aguas. Llegó al castillo, y al tocar al puente, Miró en el muro pálida a su hermana, Y volviéndose al moro, amenazóle Con la robusta lanza. «¡Infiel al fin! Ya yo me lo sabía», Dijo el Conde entre sí, lleno de rabia; Y alzó la voz después: «Mahometano, ¿Son éstas tus palabras? Si ya no eres cristiano, tu rodela Y ese corcel apresta que descansa. Tú lo juraste, moro, que conmigo Serías en batalla.» «¿Por qué el Conde cristiano me acomete, Si amor quitó la libertad al alma? «Tú lo juraste, moro, que conmigo Serías en batalla.» «Yo cristiano no soy, repuso el moro, Yo no soy sino amor para tu hermana; Mas ¿qué importa mi fe, ni la fe suya, Si como yo me ama?»
«No blasfemes, infiel; si en tu creencia Tornaras a mirar estas murallas… Tú lo juraste, moro, que conmigo Serías en batalla.»
- IV -
Marchó el Conde de Tend Y del torrente en la orilla Aguardó. ¿Qué hace el moro, que injuriado En la muralla apoyado Se quedó? ¿Por qué el Conde le provoca Con voz que al honor le toca Y con furor, Y el moro sombrío, en tanto, Mostrando está con su llanto Su dolor? Errante su mirar vaga, Y almete, rodela y daga Lejos de él Con ira arrojó demente, Y así habló con voz doliente El infiel: «Adiós, hurí seductora, Rosa de pensil cristiano; Pues que por suerte traidora Te pierdo agora, Muere con tu Dios cristiano, Yo moriré en mi fe mora.» Y hacia el Conde, que le espera, Rápida y firme carrera Dirigió, Y allá en el agua espumosa La caída estrepitosa Resonó.
- V -
Mientras la bella cristiana En su gótica ventana Exhala un ¡ay! de pavor, Del agua allá en lo profundo Lanza el moro en este mundo El postrer ¡ay! de su amor.