Spanish poem
Ofrenda poética
Sueños hermosos de la infancia mía, ¿a qué sobre las alas de oro y rosa, volvéis a mi exaltada fantasía? ¿Qué buscáis?, ¿vuestro hogar? Ceniza fría guarda no más vuestra mansión dichosa.
Pasó la edad de la sencilla infancia; las delicadas flores que dejaron vuestras manos, ornando vuestra estancia, perdieron su frescura y su fragancia y marchitas al fin se deshojaron.
El fecundo jardín, que cultivasteis es hoy salvaje selva enmarañada; nada hallaréis de lo que aquí dejasteis. Sueños de mi niñez, ¿a qué tornasteis? Idos: de lo que fué no existe nada.
Idos: vuestra presencia es importuna; la edad os arrojó de vuestro asilo. Lecho de la ambición es vuestra cuna, y ha levantado en vuestro hogar tranquilo un altar a la gloria la fortuna.
Genios, que del Pisuerga en la ribera, al rumor soñoliento de sus olas, a oír llegasteis mi canción primera: tejed para mi negra cabellera fresca diadema de tempranas violas.
¿Recordáis, fabulosos geniecillos, aquel pálido niño, que corría vuestras lomas cubiertas de tomillos, probando en vuestros toscos caramillos su mal seguro aliento? ¿Qué os decía?
«Por la gloria excusad que os abandone; yo espero en Dios y de mi aliento fío que oiga mi patria, cuando yo le entone, un cántico en su honor, y que me abone por buen hijo con ella el canto mío.»
Y os dejé: y cuanto débil atrevido, el premio a disputar entré en la lucha. «Óyeme», dije al mundo, y, el oído prestando, el mundo mi canción escucha. Sueños de mi niñez, ¿seré vencido?
Fe de mi corazón, sosténme ahora: luz de mi inspiración, no te consumas: voz de mi pecho, exhálate sonora: pensamiento veloz, he aquí la hora de tender al volar todas las plumas.
Tiéndelas, pues, ¡oh pensamiento mío!, por la región divina y encantada de la imaginación, y el dulce pío róbale al ruiseñor, que al son del río da al viento su canción enamorada.
Róbale al mar, que con desdén se mece en su lecho de arena, su murmullo: y a la brisa que el árbol estremece, y a las tórtolas tiernas, que guarece, con su ondulante pabellón, su arrullo.
Pide a una blanca y vaporosa nube que en sus brazos de gasa te levante, y a la región del firmamento sube y por favor demándale al querube su arpa de oro y su voz por un instante.
Lánzate: cruza el éter infinito: búscame cual mi aliento les ansía el vigor y la fe que necesito, para ahogar en torrentes de armonía al mundo, que me mira de hito en hito.
Ve que me espera ya; tu vuelo afana, pensamiento veloz. En tal momento, mortal mi corazón, mi voz humana, temo que he de pedir con ansia vana fuego a mi inspiración, aire a mi aliento.
No: le veo que el límite traspasa de la bóveda azul: un rayo quita al sol, y el aura trasparente y rasa volviendo a atravesar, se precipita sobre mi corazón y me le abrasa.
Suelta tu voz, ¡oh corazón!, al viento: de tu humilde temor desecha el pasmo: gracias da al mundo que te escucha atento: lo que falta a tu ruin merecimiento llenen la gratitud y el entusiasmo.
Benigna sociedad, amigos fieles, y vosotros de Fidias y de Apeles y de Homero y de Píndaro rivales, excusadme estas glorias terrenales, apartad de mi frente los laureles.
Las vuestras, en verdad, que no la mía merecen reposar bajo su sombra: vosotros me cedéis con hidalguía un honor, que me embriaga de alegría, pero que me avergüenza y que me asombra.
¿De la pompa del triunfo soberana, cuál virtud me hizo digno? ¿La armonía de mis cantos tal vez? ¡Jamás profana mi lengua de ella mentirá! No es mía mi noble inspiración: Dios me la envía.
Dios, que da voz al viento y a las aves y ecos al mar, que en tumbos se levanta, roncos en su ira y en su calma suaves, es quien presta a mi voz sus ecos graves para cantar su omnipotencia santa.
Por eso audaz entre vosotros canto y mi humilde cantar con fe levanto: porque el poeta, del Señor recibe fe y voz, para ensalzar conestro santo la tierra en que nació, la fe en que vive.
Por eso indigno de tan noble empleo, para tan suma dignidad pigmeo, el templo de la excelsa poesía tal vez profano: porque iluso creo que Dios inspira la impotencia mía.
Por eso en ella por cantar me afano la gloria y prez con que la edad pasada vió tremolar el pabellón hispano en el remoto mundo americano, y en las mezquitas moras de Granada.
Por eso alguna vez vuestros oídos ofende el rudo son del arpa mía: mas de sus cuerdas roncas desprendidos, exhálanse los bárbaros sonidos ricos de fe, si pobres de armonía.
Vosotros, cuya fe potentes halla plumas, para cernerse sobre el suelo donde preso mi espíritu batalla, profesores ilustres, vuestro vuelo tended: del siglo quebrantad la valla.
Dios es la inspiración: la fe del arte es hija de la fe de la creencia: no la busquéis jamás en otra parte; la cruz es de la gloria en el estandarte: Dios es la luz: Dios es la inteligencia.
Si colores queréis, mirad al cielo: si llenar los espacios de armonía, si animar de los mármoles el hielo, de las obras de Dios alzad el velo, que Dios perfectas las produce y cría.
Mas perdonad a mi saber profano de ilustrados las necias pretensiones. ¿Qué puedo a vuestro genio soberano enseñar con mis ruines concepciones, yo, del jardín del arte ruin gusano?
Y vosotros también, ¡hijos del canto!, sobre el cieno del siglo en que vivimos enalteceos: vuestro origen santo testificad al enjugar el llanto de la raza mortal de quien nacimos.
Cantad. Ni el hombre de su vieja historia sin vuestros cantos la verdad supiera, ni el justo digno de alabanza y gloria de sus nietos vivir en la memoria más allá de su túmulo pudiera.
Bálsamo saludable que en el suelo derrama la esperanza y el consuelo la poesía es. ¡Cantad, poetas! ¡Volad como volaron los profetas en alas de sus cánticos al cielo!
¡Volad! De envidia vil sin la mancilla, surcar el océano de la gloria os veré yo contento, y en la orilla, descubierto y en tierra la rodilla, bendeciré al morir vuestra memoria.
FIN