Versos Spanish Juan de Dios Pesas El "Cacahuatal" De San Pablo

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El "Cacahuatal" De San Pablo

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Casi mediando por filo El siglo decimosexto, Pues sólo faltaba un año Para diez lustros completos, Un pregón del Santo Oficio Puso en gran alarma a México Asombrando a la nobleza Y a la plebe dando miedo. Iban a ser conducidos Con gran pompa al Quemadero Más de cien penitenciados, De grandes crímenes reos. Herejes y judaizantes, Desde largo tiempo presos, Y firmes en las doctrinas De Moisés y de Lutero, De sus terribles sentencias Fijado el lúgubre término Pronto como relajados Iban a ser un ejemplo, Una sagrada enseñanza, Prueba, verdad y escarmiento De que los hijos del diablo Deben morir en el fuego. Alzáronse inmensas piras Sobre aquel lugar siniestro, Donde hallamos una plaza de mercado en nuestros tiempos, Al lado sur del Palacio Donde reside el Gobierno. Cansáronse muchos hombres, Gastóse mucho dinero En los mil preparativos Del auto de fe más negro Que la Inquisición registra En su historia en nuestro suelo. Y corrió de boca en boca, Jurando todos ser cierto, Que ordenaba el Santo Oficio Que desde el conde al pechero Revistieran las fachadas De sus propios aposentos Con todo lo que mostrase Aflicción, terror y duelo. Que en balcones y ventanas De las casas del trayecto, Que recorrer deberían Hasta el suplicio los reos, Se pusieran crucifijos Con verdes ceras ardiendo; Lazos y cortinas negras, Ramas de ciprés con heno Y por únicos adornos Los atributos más tétricos De estatuas y de retablos En tumbas y cementerios. Que al pasar la comitiva, Con numeroso cortejo De inquisidores y jueces Y de verdugos y pueblo, Ninguno hablara en voz alta Para no ofender al cielo, Y que de todas las bocas Salieran fervientes rezos, Para así atenuar un tanto La suerte de los confesos. Que era obligación de todos Rezar contritos el Credo Y repetirlo las veces Que les permitiera el tiempo Que tardaran en cambiarse En cenizas los incrédulos. Por último el Santo Oficio, A nobles como a plebeyos, Ordenaba que llevasen En torno del Quemadero A sus esposas e hijos Para tomar escarmiento De cómo padece y muere Y causa terror un réprobo. Y les previno asimismo Que aquel que por sentimiento, Por compasión o ternura En instantes tan supremos Solicitara clemencia O indulto para los reos, A las terribles hogueras Fuera arrojado con éstos. Y se mandó que ninguna De las gentes de este Reino Pudiera asistir al auto Ni conocer a los reos Sin haber en su parroquia Cumplidos los sacramentos Que lavan de toda culpa Y curan de todo yerro. Con tan graves prescripciones Los habitantes de México Esperaban el instante En que un castigo tremendo Iba a cumplirse, llevando Cien hombres al Quemadero.

No hay plazo que no se cumpla, Dice un sabido proverbio, Y al fin llegó la alborada Que ansioso esperaba el pueblo. Dentro de las tristes celdas A los infelices reos Sus verdugos de rodillas Estas cosas les dijeron: «Nosotros, que vuestras vidas Por mandato cortaremos, Vuestro perdón demandamos En nombre del Juez Supremo A quien también le pedimos Que os liberte del infierno». Y esta fórmula cumplida Visten con hopa a los presos, Y los disponen y alistan para caminar al fuego. Entre todos, allí estaba Ocupando el primer puesto Un judaizante muy rico y de carácter de hierro. Contaban propios y extraños, En público y en secreto Que vino a la Nueva España A dedicarse al comercio. Construyó un amplio palacio Un tanto churrigueresco, En el barrio más distante De la capital del reino. Y arregló en el piso bajo Una casa de comercio Con dos puertas, de las cuales Una tuvo el privilegio De que si entraba por ella Un comprador forastero, Sacaba, sin explicárselo, Más baratos los efectos. Así vivió sin zozobras El mercader mucho tiempo, Y le debió a una desgracia Turbar tan dulce sosiego. Tuvo entre su muchedumbre A una mujer a quien dieron Orden de que investigase De aquel hombre los secretos; Y ella, astuta y maliciosa, Y fanática en extremo Llegaba noche por noche Junto a la alcoba del dueño, Y no le vio santiguarse Ni le escuchó ningún rezo. Pero sí notó que siempre Se escucharan raros ecos De golpes, como si diera Azotes en algún cuerpo; Miró por la cerradura Y vio con asombre inmenso Que aquel hombre fustigaba Con un rebenque de cuero A un Niño Jesús, desnudo Y tendido sobre el suelo. Le dio parte a la justicia Y no pasó mucho tiempo Sin que al hereje encontrara El inquisidor Aldeño, Dando golpes a la imagen Del Príncipe de los Cielos. Registrada aquella casa, Encontraron que el hebreo En una de las dos puertas De su casa de comercio Enterró dos crucifijos Y formaba su contento Vender al que los pisaba Más baratos los efectos. Por crímenes tan terribles, Por tan grandes sacrilegios, Sentenciólo el Santo Oficio A ser arrojado al fuego, Con coraza en la cabeza Y sambenito en el cuerpo, Conducido con una mula, Montado en sentido inverso, Con el rostro hacia la cola, Custodiado por dos negros. Y que después de quemado, Para enseñanza del pueblo, Se esparcieran las cenizas En alto a los cuatro vientos, Confiscándose sus bienes, Su habitación maldiciendo, Regando con sal y lumbre Los muros y los cimientos Y condenando a sus hijos A calabozo perpetuo.

Cuentan viejos pergaminos Que el excomulgado reo, Cuando al suplicio marchaba Daba pavor por blasfemo. Y que la mula elegida Para conducir su cuerpo Se encabritó tantas veces Que dio con él en el suelo; Y temiéndose que vivo No llegara al Quemadero, Ordenaron que subiera Para sujetarlo un negro, Que lo estrechó entre sus brazos En gran parte del trayecto. El pueblo que contemplaba Tan espantosos sucesos, Sin explicarse el motivo, Dijo para sus adentros: «Este hereje lleva el diablo Tan bien metido en el cuerpo, Que ni la mula aguanta Para no ofender al cielo». Por ventanas y balcones, En vez de salmos y rezos, Le arrojaban anatemas, Maldiciones y denuestos; Y como era mes de julio En que siempre llueve en México, Y estaba el cielo nublado Y nada agradable el cierzo, Las gentes se sospechaban Que por no ver al blasfemo, Entre cenicientas nubes Permaneció el sol envuelto. Así al horrible suplicio Llegaron a pasos lentos Más de cien excomulgados, Todos firmes y confesos. Tocó el turno al israelita Que fue entre todos aquellos El primer quemado vivo Por sus grandes sacrilegios. Y dicen que al verse atado Al tosco mástil de hierro Y cuando ya lo envolvían Las rojas lenguas del fuego, Les gritaba a los verdugos Con tosco y rabioso acento «Echen más leña, infelices, Que me cuesta mi dinero».

Han transcurrido dos siglos Y aún está de pie y entero El palacio en que habitara El infortunado reo. Llamóse Tomás Tremiño; No murió joven ni viejo Y fue de carácter firme Y de condición discreto. No se ha borrado su nombre De la memoria del pueblo, Porque siempre el infortunio Del cristiano y del hebreo Hace palpitar llorando A los corazones buenos. Y se encomia y se bendice Y se aplaude con anhelo La dicha de haber nacido Con la razón y el derecho Y sin hogueras que forjen Los grillos del pensamiento.