Versos Spanish Juan de Dios Pesas La Calle Del Calvario

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La Calle Del Calvario

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Joseph Ramírez Dorantes, Era, hablando con verdad, Uno de los estudiantes Más cumplidos y galantes De nuestra Universidad. Era de honrada ascendencia, Su padre cifró su afán En ilustrarlo a conciencia, Y a estudiar jurisprudencia Lo mandó de Michoacán. Vivió, cual es de ordinario, Sufriendo algunos rigores; Y el centro universitario Lo nombró bibliotecario Del claustro de los Doctores. Fue una borla su esperanza, Sin que de la suerte impía Temiera aleve asechanza, Y tan dado a la enseñanza Que un Dómine parecía. Siempre a las contiendas hecho, Amaba la discusión, Y en la mesa y en el lecho Era un curso de derecho Su amena conversación. En su memoria reunidas, Con invisible buril, Se encontraban esculpidas Las leyes de las Partidas Y del derecho civil. Era alegre y zalamero, Decidor grato y sin par, Y en aquel claustro severo Era en la misa el primero Que se acercaba al altar. ¡Con qué entusiasmo estudiaba! Y era por su devoción, Si a un santo se celebraba, El que a llevar ayudaba El palio en la procesión. Y a un tiempo afable y sencillo, Lleno de franqueza y fe, Sin buscar aplauso y brillo, Jugaba igual un tresillo Como bailaba un minué. Y así de todos querido, En lo mejor de su edad, Y por todos aplaudido, Juzgábanlo el consentido De aquella Universidad.

Locuaz, osado, altanero, De embozada condición, Era en el claustro severo De Ramírez compañero Roque Manresa y Leén. En estudiar diligente, Cursando Filosofía, Era discreto y prudente Que en época tan creyente Él ni en el diablo creía. Del Génesis y el Éxodo Burlábase por igual, Mas con tan discreto modo, Que le juzgaban en todo Sincero, adicto y leal. Eran ambos estudiantes Alegres y decidores, Para los libros, constantes, Y según fama, galantes Y atrevidos, en amores. Nunca se les vieron huellas De asuntos envilecidos Por tenebrosas querellas Eran terror de doncellas Y espanto de los maridos. Y eran ambos celebrados Por la grey alegre .y franca De capences y .encerrados, Que no eran menos osados Que aquellos de Salamanca. Bautizados por. alguno De chispa y de buen humor, Con un apodo oportuno Llamaban «El Tigre», al uno, Y al otro «El Inquisidor».

¡Tiempos tristes los pasados! El rigor era la ley, Cuando ilusos o engañados Eran los hombres quemados De orden de Dios y del Rey. Cuando nunca se atendía El derecho y la razón; Y el que negaba o leía Iba a la cárcel sombría De la Santa Inquisición. De aquel proceder severo, Eran testimonio y nota, Pasmando a Méjico entero, Tres sitios: el quemadero, El cadalso y la picota. El progreso en su carrera La picota derribó, Apagó después la hoguera, Y tras su llama postrera Sólo el cadalso quedó. Mudo, terrible, imponente, Como fantasma servil, Fue Méjico, independiente, Y aun se asombraba a la gente Matando a garrote vil. Se ve entonces de ordinario, A Lento paso marchar Por la calle del Calvario, Con hopa y escapulario, Al que van a ajusticiar. Siempre el toque de agonía Fue la voz nunca turbada De aquella calle sombría, A cuyo extremo se erguía La horca odiosa y odiada. La calle a todos arredra Y en las noches causa espanto; Que allí el infortunio medra, Y todos ven cada piedra Humedecida con llanto. En sus contornos obscuros, Se oyen gritos sofocados, Maldiciones y conjuros, Y cruzan cabe sus muros Espectros de ajusticiados. El pueblo, que nada olvida, Afirma con frenesí Que en la noche tan temida El alma de un parricida Sale a penar por allí. Y que no son devaneos Ver, al dar las oraciones, Sobre el altar de los reos Como terribles trofeos Luminosos corazones. Esa fúnebre capilla Que enluta eterno capuz, Pues en ella nada brilla Es tosca, pobre, sencilla Con un altar y una cruz. Allí con solemne calma Entraba el que fuera en pos Como mártir, de una palma Antes de entregar el alma, En el patíbulo, a Dios. Allí cada sombra adquiere Más luto y más lobreguez Que el que en el cadalso muere, Allí reza el Miserere Por la postrema vez. Allí causan a la par Compasión, miedo y pavor Frente a la cruz, el pesar, La horca frente al altar, Frente a la horca, el horror. No hay martirio que no estalle En sitio tan funerario, Ni alma que allí no batalle, Pues tal capilla y tal calle Conducen siempre al Calvario.

Una mañana salieron Manresa y Ramírez juntos; Larga charla mantuvieron, Y entusiastas discutieron Sobre diversos asuntos. Un argumento, el mejor, Que a los dos les .preocupaba... Y trataron con calor, Era: ¿En qué estriba el valor? Y cada cual meditaba. ¿En desdeñar el abismo Que ante la muerte se ve? ¿En luchar con fanatismo? ¿En dominarse a sí mismo? ¿En ser invencible? ¿En qué? —En dominarse; ¿no es esa Prueba de gran valentía, Con la dignidad ilesa? —Tal es mi opinión, Manresa. — Ramírez, tal es la mía. —Pero hay casos en los cuales Tiembla el hombre sin querer, Pues son sobrenaturales.. —Yo todos los juzgo iguales, Porque querer es poder. —Te asiste razón y es cierto; ¿Mas si llegas a mirar En noche, en claustro desierto Que se te aparece un muerto Y que te pretende hablar? —Conseja, fútil conseja, Que el ánimo enfermo trunca De un imbécil o una vieja, Pues el que la vanidad deja No vuelve a la vida nunca. —Los Santos Padres dijeron, Acuérdate, en un concilio... —Los Santos Padres mintieron Los pobres no conocieron Ni a Tibulo, ni a Virgilio. —¿Pero tú no juzgas ciertos Sus relatos consagrados, Que a firman los más expertos? —Decir que vuelven los muertos, No es cosa de hombres honrados. —Siempre te encuentro de fiesta, No pierdes tu buen humor Ni en una cuestión cual ésta, Y quiero hacer una apuesta Para probar tu valor. —Lo que quieras, nada temo; Por bravo no me reputo, Pero soy digno en extremo; Ni con los diablos me quemo Ni con los muertos discuto. Pues bien; te voy a decir, Y no me hagas un reproche, Pues lo puedes discutir: No eres capaz de venir Al cadalso, a media noche. —¿Pero qué, te has figurado Que soy tan vil y cobarde? Yo subiré a ese tablado, Aun estando el cuerpo helado Del que ahorcarán por la tarde. —Tan bravo no te creí. —Pues sábelo; así soy yo, Y de tal suerte nací. —Pues yo te digo que no. —Y yo te digo que sí. —Ya que junto a la horca estamos, En ella voy a poner Este libro que llevamos, Y cuando las doce oigamos Lo vendrás a recoger. —Ve a ponerlo, nadie tiene Duda de mi altiva fe, Pues sin mancha se sostiene Que la media noche suene Y a recogerlo vendré. Y alegres los dos cruzaron Las calles de la ciudad De otras cosas conversaron Y así contentos llegaron Hasta la Universidad.

Llegó la noche sombría; El espacio se enlutaba; El viento horrible gemía; La lluvia tenaz caía Y el cielo relampagueaba. Una promesa hecha entonces Era un pacto temerario Esculpido sobre bronce; Oyeron ambos las once Y se fueron al Calvario. Moviendo iguales sus piernas Cruzaron por la ciudad Que en esas noches eternas Sin lámparas ni linternas, Mostraban su soledad. Pronto en el Calvario dieron; De la capilla, al portal Por instinto se acogieron; Surgió un relámpago, Y vieron el patíbulo infernal. —Voy por el libro y me esperas; Y así no me harás reproche. —Ve y vuelve cuando tú quieras. Y las campanas austeras Sonaron la media noche. El que se quedó, veía Marchar con grave arrogancia Al que al cadalso partía, Y apoco, tan solo oía Sus pasos en la distancia. Luego un rumor sordo y hueco Después un murmullo falso Como el engaño del eco, Y enseguida un golpe seco En las tablas del cadalso. Con ansiedad sobrehumana El uno al otro esperó Y fue su esperanza vana, Pues despuntó la mañana Y Manresa no volvió. No volvió, porque tocaron Sus manos, en el incierto sitio, El libro que buscaron, Y sintió que lo tiraron De la capa y cayó muerto.

No bien hubo amanecido, Ramírez sube anhelante Al cadalso aborrecido, Y halló en las tabas tendido El cuerpo del estudiante. Lleno de horrible aflicción Cuando a su mente se escapa De la muerte la razón Encuentra sobre un tablón, Prendida a un clavo, la capa. Y a varios que lo seguían Les dijo el motivo justo Y todos se convencían; —Sintió que lo detenían. Y es claro...¡murió del susto!