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La Princesa Azteca

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El bosque centenario En sus antros encierra Ese silencio eterno que acompaña A las salvajes pompas de la América. En el espeso toldo Que al sol el paso niega, Los cenzontles que cantan en las noches, De rama en rama sin zozobras vuelan. Y el cardenal errante, Y el colibrí de seda, Al beso de las tibias alboradas, Dando celos al iris, juguetean. De las copas más altas, Como argentadas hebras, Las canas de los viejos ahuehuetes Dan a los vientos sus robustas crenchas. Y revistiendo el tronco De secular corteza, Matizando sus tronos de esmeralda, Se abre a la luz la trepadora hiedra. Tapiza el suelo un musgo Que ni el verano seca, Donde recoge el aire en las mañanas Un sempiterno olor a flores nuevas. El bosque centenario En su extensión inmensa Repercute en las tardes los acentos Más dulces de los cánticos aztecas. Las voces de una raza Peregrina y guerrera Que va dejando con su sangre hirviente De su incesante caminar las huellas. Y vagan esas notas Dulcísimas y tiernas, Enseñando a los pájaros salvajes Tristes y melancólicas cadencias. Las repite el cenzontle En la noche serena, Cuando la luna en el azul espacio El heno de los árboles platea. Las dice la calandria, El clarín las remeda, Y en las tardes de mayo los jilgueros Trovan los himnos de su amor con ellas. Y cuando en tristes horas De lluvia y de tinieblas La tempestad su carro de relámpagos Sobre los viejos árboles pasea, Y con ojos de llamas La lechuza agorera Predice la catástrofe y la muerte Como alada Sibila de la selva, Cuando los vientos rugen, Cuando los troncos tiemblan Y cual cinta de lumbre en negro abismo El rayo retumbando culebrea, En el fondo del bosque, Rasgando las tinieblas, Se oye dulcísima y doliente Que canta melancólicas endechas. Son las notas de un arpa De misteriosas cuerdas En que surgen estrofas no aprendidas Cuando calla el placer y hablan las penas. Las extrañas canciones Entre la sombra vuelan, Mezclándose del viento a los rugidos Y al sordo rebramar de la tormenta. Vagan en el ramaje, Cruzan por la maleza, Y el paso no les corta la falange De sabinos cual mudos centinelas. Se extienden en los lagos De superficie tersa Donde crecen los juncos cimbradores Y sus corolas abren las ninfeas. Cruzan por los maizales Cuyas cañas esbeltas Sus hinchadas espigas, a las lluvias Levantan a los cielos en ofrenda. ¿Quién canta esas canciones? ¿Quién dice esas endechas, Que ya traspuesto el sol y quieto el mundo Repiten los cenzontles en la selva? ¿De qué garganta brotan? ¿Quién delira con ellas Y en la imponente majestad del bosque En tristísimas horas las eleva? Mirad, hay en el fondo, Tras la enramada espesa, Dominando los altos ahuehuetes Una montaña de verdor cubierta. La mano de un gigante Amontonó sus piedras, Sobre las cuales fabricó un palacio, Para propio solaz, un rey azteca. Son espesos sus muros, Angostas son sus puertas, Y parece, mirado desde lejos, Vetusta cripta en la extensión desierta. Pega el nopal al muro Sus espinosas pencas, Y como cenicientos obeliscos Los órganos tristísimos lo cercan. No tiene escudo noble Tan rara fortaleza, Ni levadizo puente, ni ancho foso, Ni rastrillo, ni glacis, ni poterna. No guarda férreos cascos, Ni lanzas, ni rodelas, Ni resonó jamás en sus salones La armadura brutal de la Edad Media. Los señores que ha visto Esgrimen arco y flecha, Llevan al combatir desnudo el sexo Y adornada con plumas la cabeza. Obscuros son sus ojos, Sus cabelleras negras, Su cutis, siempre al sol, color de trigo, Sencillas sus costumbres y su lengua. En tan triste palacio Con sus damas se hospeda Siempre sola, llorosa y resignada, Como un lirio con alma, una princesa. Y vive sin que nadie A visitarla venga, Que por rencor y celos y venganza Víctima del amor allí la encierran. Amó, cual amar saben En su raza, en su tierra, Las mujeres que encienden sus pupilas Con la del alma inextinguible hoguera, Un hermano celoso De su pasión intensa, Mató al indio bizarro que formaba El culto terrenal de la doncella. Y entonces con la rabia Que electriza a las fieras, Cuando el artero cazador destroza Al cachorro que esconden en la cueva, Ella tomó en sus manos La macana de piedra Y castigó a su hermano con un golpe Que bien pudo arrancarle la existencia. El padre, como ejemplo, Como justa sentencia, La alejó de su lado y encerróla, Del viejo bosque en la mansión severa. Y allí con la alborada, Cuando la luz despierta, Cuando en todas las ramas hay cantares Y alza un himno de amor toda la selva, Cuando se abren las fibras Y en sus corolas tiemblan Los pintados y errantes chupamirtos Que de sabrosas mieles se alimentan, Se oye como desciende, Por las abruptas peñas, Envuelta en un mantón de blancas plumas, Seguida de sus damas, la Princesa. Siempre al pisar el bosque Toma la misma senda, Para buscar el sitio apetecido En que el placer y la delicia encuentra. Allá, bajo las ramas Más verdes, más espesas, Y donde en haces de colores vivos El sol naciente sus fulgores quiebra, Engastada en el musgo Cual líquida turquesa, Convidando a la vida y al deleite, Espejo del follaje, está la alberca. El manantial fecundo Al fondo borbotea, Sin que nadie perciba sus rumores Ni la quietud perturbe de la selva. Dicen que cuando alguno Se posa en sus arenas, Queda encantado y con extraña forma, Y el que a buscarlo va, jamás lo encuentra. Por eso todos temen, Y aún los hombres recelan, Sumergirse en las ondas cristalinas De una agua tan azul y tan serena. Sólo la hermosa joven, Cuando a los bordes llega, Fija en el manantial una mirada Que es la viva expresión de una promesa. Deja el manto de pluma, Sus cabellos destrenza, Y a las caricias púdicas del agua, Dando tregua al dolor, feliz se entrega. Y míranse en las ondas Las formas hechiceras, Deslizarse flotantes y tranquilas Como la flor que la corriente lleva. Si el bello busto asoma, Sobre los senos ruedan Las gotas trasparentes y brillantes Como si fuesen lágrimas o perlas. Y cuando el cuerpo airoso Quieto flotando queda, Parece que el cristal azul y terso, Enamorado sus contornos besa. Semeja blanca ondina, Ruborosa sirena, Que, con un beso, el sol americano Quemó su piel y la tornó trigueña. ¿Oís? cantan muy dulce Las aves de la selva, Las brisas no estremecen el ramaje, Ni el heno gris en los sabinos tiembla. El aire está suspenso, Ningún rumor se eleva, Porque en el viejo bosque centenario Juega desnuda la gentil doncella. Salta un instante al borde De la azulosa terma, Y los encantos que la dio natura Sin velo encubridor al aire muestra. Y escúchase de pronto Un grito de sorpresa, Cual lo lanzara el que soñó en un cielo Y al fin, sin esperarlo, lo contempla. Por el vetusto bosque, El grito aquel resuena, Y levanta los ojos espantados La ninfa que en las aguas se refleja. Y sin tino, temblando, Pálida, como muerta, Descubre entre las ramas de un sabino De un ser desconocido la cabeza. Es un amante osado, Es un guerrero azteca, Que adora a la doncella y la persigue, Y hoy en su virgen desnudez la acecha. Sin conceder más tiempo De que sus formas vea, Herida en su pudor la altiva joven Se sumerge en el agua con violencia. Y al manantial desciende Y toca sus arenas, Y se pierde a los ojos de sus damas Y el guerrero la busca y no la encuentra. Cruzaron varios soles Por la azulada esfera, Y nadie supo el postrimer destino De aquella humana y púdica azucena. Que allí quedó encantada, Refieren las leyendas, Y que al mediar los soles y las lunas Flota sobre la líquida turquesa. Su nombre ignoran todos, Nadie ignora sus penas, Y quedan de sus gracias como espejo Los movibles cristales de la alberca.