Versos Spanish Juan de Dios Pesas Ni Viva Ni Muerta

Spanish poem

Ni Viva Ni Muerta

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Es blanca, rubia, de contornos puros, Cual si fueran labrados por Cellini. La vi, me enamoré, di veinte duros, Y la mandó a mi casa Pellandini. Está con traje azul, el solo traje Que me causa inquietudes y desvelos, Porque con él el rostro es un celaje Prendido en las riberas de los cielos. Suelto tiene el riquísimo tesoro De sus cabellos blondos y rizados, Que brillan y relucen como el oro De octubre en las espigas de los prados. Buscan la inmensidad sus claros ojos, Que irradian luz en su mirar sereno: Tiene boca pequeña, labios rojos, Cuello de nácar y marmóreo seno. Siempre que llego a verla, me palpita Acelerado el corazón ardiente; Me parece que sueña, que medita, Y que espera mis besos en su frente. Es púdica, romántica, graciosa, Y en contra de su sexo y su hermosura, No puede ser infiel ni ser curiosa, Ni mentir, ni gastar, ni ser impura. Después de que a Occidente el sol resbala, Y su luz melancólica pardea, Y esconde la cabeza bajo el ala El ave que en los árboles gorjea; Cuando aparecen nítidas y bellas, Derramando sus vividos fulgores, Esas, que siempre están, blancas estrellas, En eterno coloquio con las flores; Cuando al loco rumor con que ensordece A la incansable muchedumbre el día, Sigue el hondo silencio en que parece Que están el sol y el mundo en agonía: Entonces, en mi alcázar de amargura, Que jamás el amor viste de gala, Contemplo a la deidad cuya hermosura Decora el muro de la humilde sala. ¡Cómo anima la sombra suavemente Sus pupilas tan dulces y serenas! ¡Cuál tiñe de carmín su casta frente La sangre que no corre por sus venas! Parece que me ve, que se retratan Mis ojos en los suyos siempre bellos, ¡En sus ojos de rayos que no matan. Porque no está la tempestad en ellos! Ojos que irradian fe, paz y bonanza, Con la celeste luz en ellos presa; Al que los mira infunden esperanza, Y casta devoción al que los besa. Cuántas veces, mirando cara a cara A esta mujer, capricho del artista, He llegado a pensar: «Si abandonara El lienzo en que aparece ante mi vista, »Y viera convertirse en un momento En verdad la ficción sobrando altiva, Fuerza, calor, lenguaje y movimiento, Tornándose mujer y estando viva, »¿Causará entonces a mi pecho herido Este entusiasmo que a sus pies me trae?» ¡Ah! ¡yo sé que al amor sigue el olvido! ¡La flor más bella se marchita y cae! Yo sé que el fuego que la carne abrasa, Se torna en humo y en ceniza fría. ¡Todo se rompe, y atosiga, y pasa Como el resabio del placer de un día! Y sé que aquel amor dulce y callado Que vierte en la niñez sus embelesos, Es la estrella inmortal del bien pasado, Encendida entre lágrimas y besos. Mas del extraño amor que al pecho inspira, Esta muda beldad, ¿cuál es el nombre? ¿Es sólo verso cuando está en la lira? ¿Sólo palabra cuando está en el hombre? ¿Es brillante ilusión que se derrumba A un abismo sin fondo ni medida?... ¡Es como el fuego fatuo de la tumba, Que sólo puede arder donde no hay vida! Pigmalión, adorando a Galatea, A este secreto amor le imprime norma; Para llegar al culto de la idea, Hay que entrar por el culto de la forma. ¿Es dulce, es melancólica, es hermosa? Pues no exijamos más, basta con eso; El amor, cual la abeja, va a la rosa: Sólo busca la boca para el beso. Mejor que nada exista en esa frente, Ni en esos labios de encendida grana; Huyo del sol en el zenit ardiente, Y lo busco al rayar de la mañana. Nada que incendie, nada que destruya Nada que canse, nada que carcoma; Si queréis un amor que no concluya, Todo fe, todo ensueño, todo aroma, Pensad, al resolver cuestión tan seria. Que la beldad encubre un esqueleto Que polvo será al fin, porque es materia: Pedidlo al arte y lo hallaréis completo. Al arte, sí, que en medio del abismo, Que todo lo amortigua y lo devora, Ni engaña, ni atosiga, siendo el mismo En la sombra y la luz, a cualquiera hora. Es la existencia en dichas tan escasa, Que cuanto abarca en su mejor destello, Todo se rompe, languidece y pasa: ¡Todo, menos el culto por lo bello!