Versos Spanish Juan Eugenio Hartzenbusch Imagen De Mi Adorada

Spanish poem

Imagen De Mi Adorada

by (1806–1880)

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Imagen de mi adorada Consuelo de mi dolor, Única prenda salvada Del naufragio de mi amor, ¿Por qué clavados están Siempre mis ojos en ti, Si jamás en ti verán A la hermosa que perdí? ¿Dónde el fuego de sus ojos Me ha conservado el cincel; ¿Dónde los matices rojos De su labio de clavel? Mas ¿pudo quedar cautiva En piedra, tela o metal Su belleza fugitiva, Su mirada angelical? Naturaleza, al formarte, Ídolo del alma mía, Quiso luchar con el arte Que en imitarla porfía; Y dijo con altivez Después que en ti se miró: «Que venga el hombre esta vez A copiar lo que hice yo.» Triunfabas, naturaleza, Y triunfas en mi memoria; Pero ¡con qué ligereza Renunciaste la victoria! Polvo ya la criatura Donde brilló tu poder, No tiene esa piedra dura Competencias que temer. Diestro, escritor, anduviste; Disculpa mi loco error: No hay en la boca del triste Sino acentos de rigor. ¿Qué dejaras por hacer Al que rige las esferas, Si tú una piedra pudieras Trocar en una mujer? Debiera yo comprenderte, Y en ese mármol fatal Ver el triste material De las urnas de la muerte. Memorias de destrucción Graba en él la humanidad: ¡Era fatídico el don, Escultor, de tu amistad! Yerta me representaste La faz del bien de mi vida: ¡Pronto la vi convertida En el mármol que labraste! Como él encontré de frío Su labio cárdeno y mudo, La única vez que no pudo Responder al labio mío. ¡Cuántas veces, dulce dueño, Turbó con su huella ardiente La dulzura de tu sueño El beso que di en tu frente! Mas no te pudo arrancar De aquel letargo profundo: De él sólo has de despertar Al ay de muerte del mundo. ¡Qué condición miserable! ¡Cuánta es del hombre la mengua! ¡Tener un ángel que le hable, Y no comprender su lengua! Aquella noche postrera, Bien mío, de tu vivir, Tú me hablabas placentera De un dichoso porvenir. En tu semblante lucía Profética inspiración: Era tu hablar de alegría, Y era lúgubre su son. ¡Cerca de la dicha estabas! ¡No fue el presagio falaz! Poco después habitabas Las regiones de la paz. Como antorcha moribunda Tal vez aviva su fuego, Y el aire de luz inunda, Y en sombrase abisma luego; Así aureola brillante De esperanza y juventud Te ciñó por un instante, Palpando ya el ataúd. Fugaz relámpago aquél De dicha para los dos: Todo fue ternura en él, porque era el último adiós. Así nos viene a halagar Con su plácido arrebol, Y se hace más bello el sol Al sepultarse en el mar. Leía en tu languidez La muerte su triunfo vil, Viendo tu rosada tez Vuelta en pálido marfil. Bella y fuerte de improviso, Venturas te prometías... -Era que abrir te veías Las puertas del Paraíso. Tal te miro en ilusión, Que en mi despecho me arredra, Muchas veces en la piedra Que te retrata en borrón. Que allá en las horas de calma Vestidas de obscuridad, En que misterios al alma Revela la eternidad; Si tu imagen se estremece Cuando el viento ronco zumba, Que levantas me parece La cabeza de la tumba. Luz que de purpúrea tinta Se reviste, porque pasa Por pliegues de roja gasa, Tu bulto cándido pinta; Y sus rayos se despuntan En el cristal, (24) que es el velo, De tu semblanza de hielo, Y resbalan y se juntan; Y ornan la impasible sien Con diadema esplendorosa, Cual la que tu frente hermosa Lleva junto al Sumo Bien. La piedra entonces se mueve, Se reaniman tus luceros: Ya coral en vez de nieve Son tus labios hechiceros: Y eres tú, la misma, aquélla Que yo delirante amé, La que mi vida, mi estrella, Mi cielo en la tierra fue. Tú, mi angélica MARÍA, Tan bella como te vi, Tan llena de amor, el día Que diste el modesto sí. De tus labios el consuelo Nace entre sonrisa pura, Tu frente exhala ventura, Derraman tus ojos cielo. Buscando tus brazos voy, Ciego a la luz con que brillas: Adórote de rodillas, Y vienes a donde estoy. Tu ósculo me hace sentir Tu inefable ser divino, Y de su encierro mezquino Tras ti el alma quiere huir. Con tu diestra la detienes, Y batiendo blancas alas, Vuelas ¡ay! y me señalas La mansión de donde vienes. Y en tu rápido volar Despidiéndote de mí Te paras a pronunciar Un espera y un allí. Y en el espacio azulado Luego mis ojos no ven Más que un iris empapado En fragancias del Edén. Disipada la visión, Cobras la forma glacial, Mas dejas al corazón Esperanza celestial. Que el hombre que a poseer Llegó entre delicias mil Un puro angélico ser En un cuerpo femenil, En el valle del dolor Querer sólo puede ya Unirse pronto a su amor En el cielo donde está.