Versos Spanish Juan Eugenio Hartzenbusch Isabel Y Gonzalo. Leyenda. Ii. La Venganza

Spanish poem

Isabel Y Gonzalo. Leyenda. Ii. La Venganza

by (1806–1880)

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«Cumplid la piadosa ley, Noramala para vos: Sacerdote, hablad de Dios, y no me nombréis al rey. »¿No queda bien satisfecho Su enojo con mi cabeza, Si no postra la entereza De este generoso pecho? »Pues a ese mezquino afán Yo mi pundonor igualo; No triunfará de Gonzalo, Que soy Núñez y Guzmán. »Tengo vuestra absolución De lo que a Dios ofendí; Pero fiel vasallo fui: No pido a Enrique perdón. »Crédito a mi labio dad, Y tened por cosa cierta Que no se miente a la puerta De la obscura eternidad. »Sólo supe que Isabel Sangre de Enrique tenía Cuando era ya esposa mía: Culpe a sus misterios él. »Que si al más alto lugar Sabe amor alzar el vuelo, Timbre oculto con un velo Mal se puede respetar. »Pero decís que al Señor Un corazón usurpé.- Jamás Isabel su fe Consagró a su Redentor. »Si encarcelada vivir La mandó precepto injusto, El silencio del disgusto No es promesa de cumplir. »Dios su corazón formó, Y pues que no le hizo suyo, Sin temeridad arguyo Que a mí me le destinó. »Porque sólo hacer dichosa Mi vida Isabel pudiera, y falta al Señor no hiciera Entre tantas una esposa. »Y me dice la ventura Que en sus brazos he gozado, Que pude, sin ser culpado, Ser dueño de su hermosura. »Pues bien no se halla real Donde la virtud no asiste, Y es inquieto, amargo y triste Todo placer criminal. »El negro cadalso así Veré con serena cara, Contemplando en él un ara De martirio para mí. »Y si aunque erguida, me ven Pálida un tanto la frente, Es que al paso que inocente, Soy querido y amo bien. »Y no puede sin temor La tumba ver un amante, Pues le señala el instante De renunciar al amor. »Esto, padre, repetid Al monarca de Castilla, Y que empuñe la cuchilla Luego al verdugo decid».

Enmudecido y absorto De admiración y piedad, Dejó la fúnebre estancia El ministro del altar; Y detrás del cortinaje Descubrió, con pasmo igual, A un rey trocado en espía Menguando su majestad, Monarca en la vestidura, Y reo en el ademán. Con violencia respiraba, Como en su sordo bramar Hórrida explosión anuncia El hervoroso volcán. En esto llegó un anciano En hábito monacal, Y entregole un azafate Cubierto de un tafetán. Un pliego y unos cabellos Venían allí no más, Súplicas de una infelice, Despojos de una beldad. Volviose Enrique de espaldas Para poder ocultar La conmoción que del pecho Se le asomaba a la faz, De recia interior batalla Inequívoca señal. Llegose luego a una mesa Donde víanse a la par Cadenas y escapularios, Licores, frutas y pan, Cirios de amarilla cera, Una segur y un dogal, y al pie del Crucificado, Dios de mansedumbre y paz, Hecho cetro de la muerte Un pergamino fatal. Desarrollole el monarca, Y en él con celeridad Dos palabras escribió Vencido el enojo ya. Perdón era la primera, La segunda, libertad.