Spanish poem
IV (La emperatriz Sofía)
by Juan Eugenio Hartzenbusch (1806–1880)
La emperatriz Sofía cuatro veces al año repartía en pública sesión dos medallones, cada cual de valor de cien doblones, premio del colegial y colegiala, que eran en los exámenes juzgados en grado superior aventajados. Vestiditos de gala, y de curiosa multitud cercados, entraban juntos en la rica sala, donde, al son de trompetas y atabales, a veces con la joya recibían otros diversos dones de las pródigas manos imperiales; al paso que en algunas ocasiones corridos niño y niña se veían al recibir, delante de aquel numerosísimo concurso, dádiva tan chocante, que la plebe y la corte, sin recurso, burlábanse con dura pertinacia de los dos angelitos: verbi gracia. Benito y Valentina, chicos de doce abriles, él docto en la gramática latina, y hábil ella en labores femeniles, fueron los dos electos por la junta de escuelas competente como pareja igual, sobresaliente, como alumnos perfectos de latín y costura. Lindamente. Pero es el caso que en palacio había un pajarito azul, que los defectos de los niños de escuela descubría; y el pájaro maldito contó a la Emperatriz... -¡Qué picardía! Yo, vamos, el pescuezo le torciera. Contó de Valentina y de Benito la corta friolera de que él era un llorón, y ella una fiera. Ya llegó el día de función prescrito. La señorita, pues, y el señorito prepáranse de prisa y van despacio (porque mejor los miren) a palacio. Su Majestad al cuello les pone, al son del atabal sonoro, los codiciados medallones de oro; y después (aquí es ello) dice a Benito así: Cierta avecilla que os atisba las faltas y las pilla, te acusa de marica y apocado; por lo cual, que te compren he mandado ese cumplido chal y esa mantilla: póntelos de contado. Y usted (dijo a la niña) que es persona del sexo débil y de clase fina; pero que audaz y díscola y gritona, en vez de Valentina, merece se la llame Valentona, sepa que por sus rústicas hombradas, le va a plantar aquí mi camarera un par de charreteras encarnadas y una gorra de pelo granadera.
Pues o renuncian a su ser y nombre, o han de tener por cualidad primera dulzura la mujer, valor el hombre.