Spanish poem
Las Tres Bellezas
by Juan Eugenio Hartzenbusch (1806–1880)
Dijo en el Pindo un pastor A las hermosas de allí «Bellezas, venid a mí: Quiero cantar la mayor.» Tres solas fueron al juez Por la vega ancha florida: La competencia del Ida Principió segunda vez. Llegársele, ya intranquilo, Vio el pastor a la primera: Tesoro de encantos era, Viviente Venus de Milo. Naturaleza, empeñada En su más difícil obra, Cien gracias le dio de sobra, La del pudor no sobrada. Ella, el ligero cendal De los hombros derribando, «Soy (dijo con eco blando) La Belleza corporal.» «De amor, al verte, se inunda (Repuso el juez) valle y monte: Ven, y a mi derecha ponte; Llega la beldad segunda.» Con laurel se coronaba, Y un sol en su frente ardía: La primera seducía, La segunda arrebataba. «Hija del Numen Ismenio (Prorrumpió), su lauro doy. Cántame sola: yo soy La Belleza del ingenio.» Sintió el pastor dentro en sí Fuego inspirador. —«¡Oh! ven. Ponte a mi diestra. Mas ¿quién Viene al certamen tras ti?» Con tímido paso lento Caminaba la postrera, Corno si allí la trajera Resistido mandamiento, Y no avezada a salir Nunca de su pobre hogar, Quisiera el valle cruzar, Excusando el competir. La envolvían hasta el suelo Pliegues de un manto de lino: Rasgos de rostro divino Dejaba entrever el velo; Y de su andar al rumor, Entre las auras movidas, Harpa y flores escondidas Música daban y olor, Que la razón natural Creía, sin más aviso, Fragancia de Paraíso Y ecos de harpa celestial. «Tú eres la beldad sin tilde (Clamó el pastor); alza el manto». Bajos los ojos en tanto, Callaba la hermosa humilde. Tras un momento de calma, Dijo en los aires expresa La voz de un arcángel: «Esa Es la Belleza del alma. »Con viva solicitud Conságrale ofrenda pura: No hay en el mundo hermosura Más grande que la virtud». Asió el pastor anhelante Del velo a la hermosa en vano: Con él se quedó en la mano, Con blanca niebla delante. Y en las célicas regiones La voz añadió: «Mortal, De la Belleza moral Se juzga por las acciones.» Y la niebla se aclaró, Y, en el fondo de un vergel, España, la de Isabel, Al zagal apareció. Con su corazón a solas, Que ardor patriótico inflama, Vio pasar en panorama Cien virtudes españolas. El silencio en que han yacido Su alto valor constituye: Son el Guadiana, que fluye Bajo la tierra sin ruido. El heroísmo tal vez Más digno de admiración Queda oculto en un rincón Sin testigos y sin juez. Mas viva en tiniebla densa Quien el bien haciendo vive: Lo sabe quien lo recibe, Y Dios que lo recompensa. Vio el pastor en su lugar Lo que hoy nuestros ojos ven. Ya quiere España también La virtud recompensar. Allí del falaz Apolo Arroja el cantor la lira: Ya mente y labios le inspira Puro sentimiento solo. Él quiso dar un laurel Y hay ciento aquí prevenidos: Oigamos con sus oídos, Viendo y sintiendo con él. La virtud se ofendería Si en épica voz se oyera: Su gala es ser verdadera, Y el rubor su poesía. Contemplad ¡cuán a deshora Esa doncella trabaja, Entre luz trémula y baja Y el rosicler de la aurora! —¿Cuándo al reposo te entregas, Josefa? Va a amanecer.» —«¡Ay! tengo que mantener Mi madre y mi hermana ciegas». —«Amalia, dame tu mano; Tu amor con tu mano pido». —«Son de mi padre impedido, Mi anciana madre y mi hermano». —«En este claustro hallarán Fin tus anhelos, María». —«Mi ama se quedaría, Si yo la dejo, sin pan. «Inseparables las dos, De aquel propósito cedo: Sierva del mundo me quedo por el servicio de Dios.» —«Niño, por fin te curé; Mas tienes que abandonar Tu ejercicio militar.» «Mi madre pierde mi pre». —Mirad esa, a quien dejó La razón sin un destello, Feroz agarrarse al cuello De aquélla de quien nació. Persigue con furia igual A su hermana otra demente. «¡Afuera! grita la gente. Los locos a su hospital.» —¡Mi hija! ¡Mi hermana! Yo La tendré lejos de mí, Después de mi muerte sí, Durante mi vida no. «Sólo las fuerzas apoca De mi larga resistencia La lucha con la indigencia, No el reluchar con la loca». Mas ¿qué desgraciado clama? Cuatro anegándose están: Triunfantes bramando van El Tajuña y el Jarama. «Ya la ropa me desciño. ¡Ánimo! no hay que temer.» ¡Acudid a esa mujer Que tiene en brazos un niño! ¡Envía, Dios que lo ves, Libertador oportuno! Para los dos hubo uno; Para hijo y madre hubo tres. De tu solio a manos llenas Vierte, Señor, bendiciones Sobre tantos corazones Con sangre santa en las venas. No ha muerto aún, ya se ha visto Con gozosa maravilla; No ha muerto aún la semilla Que echó en el Gólgota Cristo. Poniendo a los vicios dique, Premiando el ejemplo bueno, Se hará que en el buen terreno Más la virtud fructifique. Sociedad, que al bien caminas, Cuando así le galardonas, Valen mucho esas coronas Que cubren otras de espinas. Regia mano las ciñó Y adquieren más precio ya. ¡Feliz quien el premio da! ¡Bendito quien le ganó!