Spanish poem
La Tarde Va De Vencida
by Juan Eugenio Hartzenbusch (1806–1880)
La tarde va de vencida, Sin viento se agita el mar, Y el sol entre nubes de oro Desciende con prisa ya. Parece que arroja el día, Cansado de caminar, Su rojo escudo a las olas, Que húmedo lecho le dan. Toman desde lejos ellas Carrera para asaltar Escollos, que sobre el agua La frente elevan audaz. Embravecidas embisten, Y vuelven gimiendo atrás, Y salta del golpe al aire Rota en lluvia la mitad. Avanzan otras, que quieren Las orillas inundar: Igual confianza loca Lleva desengaño igual. Orgullosas amenazan, Cuando lejanas están, Creyéndose con empuje Sobrado para llegar. Pierde bulto a cada giro El arrollado cristal, Y en hoja líquida leve Se desdobla al acabar. Retrocede, presumiendo Volver con mayor caudal, Y cada vez que lo intenta, Ve la margen más allá. Espumas escalonadas Quedan por el arenal, Que atestiguan de su empeño La burlada vanidad. Puso a la naturaleza El Ser que siempre será Leyes de límite fijo, Que es imposible pasar. Esto vio y esto pensaba, Melancólico además, Un viajero de la vida Con poca ya que viajar. Asiento le da un peñón, Carcomido por la edad, Socavado por las olas, Que le minan sin cesar. Al sol, que del horizonte Pronto desparecerá, Contempla en su brillo escaso, Que deja el disco mirar. La fuerza del mar contempla. Y nota que es incapaz De extenderse más adentro Del humilde valladar. Limitación, decadencia, Término fijo fatal, En el mar ve y en la roca Y en el grande luminar; Y en sí, criatura débil, Quisiera no ver jamás El forzoso cumplimiento De la ley universal. «El hombre (exclamó) se encuentra En el campo de la vida, Sin saber a su venida Con qué condiciones entra. Mudo en sí se reconcentra El día que ve llevar Un cadáver a enterrar, Y voz funesta le advierte Que en aquello, que es la muerte, Cuanto vive ha de parar. «Conozco sobrado bien, Si atento al origen subo, Que lo que principio tuvo, Fin debe aguardar también Mas ¿por qué nevar la sien Que rizos de oro ha lucido? ¿Por qué torpe y dolorido Volver el añoso brazo? Muriera el vicio a su plazo, Sin morir envejecido. «Suframos que la vejez Luche con el cuerpo y venza; Pierda la dorada trenza Venus y la fresca tez; Mas, con el rostro a la vez, ¿Por qué el alma se ha de ajar? ¿Por qué el tesoro agotar De sus nobles facultades, Cuando alcanza eternidades La carrera que ha de andar? «Lleve el hombre su razón Hasta la tumba; conserve Llama el fuego con que hierve Su vaga imaginación; Su memoria en la ocasión Dígale siempre «heme aquí;» Mande yo en mi ser, y, así Mi fin me hallará resuelto, Aunque la edad me haya vuelto Caricatura de mí. «Mudanza tan lastimera No a todos nos es común: Ver quiero si soy aún Lo que ha pocos años era. Pensamientos, la frontera Cruzad al vuelo, y decid En Toledo y en Madrid A dos que el sepulcro habitan: «Fe y valor os resucitan, Segunda vez existid.» «Fuiste, Isabel, por tu mal, Hija y víctima de amor; Tú, Juana, el timbre mayor Del estado conyugal. Heroína sin igual, Salvaste al esposo infiel: Cuchillo amagó cruel Por una dama su vida, Y tú, consorte ofendida Te echaste grillos por él. «Fiadme, Isabel y Juana, Vuestros gozos y amarguras; Vuestras hermosas figuras Ponga yo en la escena hispana. Ciña mi cabeza cana Un laurel vuestro, y en pos A las Musas el adiós Postrero daré sin pena: Cierre para mí la escena Una de vosotras dos.» Calló el poeta: la noche, Para su giro triunfal, Adelantaba en Oriente Su alfombra de obscuridad. Niebla cayó de la altura, Niebla se alzó de la mar, Y envuelto el viajero en ella, Dónde se halla ve no más. Un globo de luz en frente Comenzó luego a brillar, Y a crecer entre la niebla, Rompiendo su densidad. Iris vario en anchas zonas Orlábale circular; Dos sombras volaban dentro, De figura celestial. Velo y hábito la una Vestía con majestad: Era una hermana del Rey, Primer en Castilla Juan. La segunda era la esposa De aquel privado falaz, Que la patria de Lanuza No recuerda sin pesar. Cadenas llevaba y luto; Y, para bien de un mortal, Infanta y matrona vienen Del mundo de la verdad. DOÑA ISABEL «Años ha que me llamaste, Y años que, llegando a ti: De mi pecho, que te abrí, La pura fe celebraste. Aquél a tu afán le baste, Canto ajeno de ambición: No viene una inspiración Dos veces; y, aunque lo llores, Pasó de cantar amores Ya para ti la sazón.» Dijo, y en la niebla fría Desapareció fugaz La ilustre infeliz amante De Gonzalo de Guzmán. DOÑA JUANA COELLO «Temiste, años ha, cobarde, Mi aparición generosa; Y hoy, que llamas a mi losa, Turbas mi sosiego tarde. Para otro es bien que se guarde, Cantor de más corazón, Poner mi vida en acción Sobre las tablas un día: Comprende la alegoría De la muerte de Milón.» Dijo, y en la turbia esfera Se desvaneció fugaz La sublime salvadora Del cónyuge criminal. Ancho hueco al partir abrió en la nube La encarcelada heróica, Y a mis ojos por él se descubrieron, Los campos de Crotona. Aquel membrudo, que a la selva guía La planta perezosa, Es el fuerte Milón, atleta viejo, Pasmo de Grecia toda. Cuando en cerviz de toro la cerrada Mano exterminadora Descargaba Milón, la res caía Muerta, la nuca rota. Mástil robusto quebrantar le vieron Barqueros de la costa; Rodó movida del potente brazo, La corpulenta roca. Del tiempo ya la inevitable carga Los hombros hoy le agobia; Garra su mano de sañuda fiera, Muévesele temblona. Un árbol halla, que aun ayer ufano Mecía su alta copa, Y a talla le redujo de pigmeo La sierra mordedora. Fuerte segur al derribado tronco Robó su verde pompa, Y en el corte del pie de frente hiriendo, Hizo hendidura angosta. Rajar el tronco por el hacha herido Milón a empeño toma: Los dedos logra hincar, el leño cruje, La grieta se prolonga; Y porfía Milón en el destrozo De la columna tosca; Y, joven en el ánimo el atleta, Son ya sus fuerzas otras. Cede un instante...—y al cerrarse el tronco Para cobrar su forma, Coge las manos del valiente dentro La despiadada boca. Al grito del dolor, honda caverna León hambriento arroja, Y a la presa lanzándose cautiva, Rugiendo la devora. Con el ay del moribundo, Con el rugir de la fiera, Se unió el rayo que en la esfera Serpenteó furibundo. A la luz que vino a dar, El negro peñón dejé, Que temblaba por el pie Con los golpes de la mar. Y dije con aflicción, Abatiendo la cabeza: «Me da la naturaleza, Me da el cielo alta lección. »Tentativa era insensata La mía, según contemplo, Enseñado en el ejemplo Del anciano crotoniata. »Nunca el débil más allá De cautos límites ande: Un esfuerzo suyo grande Mezquino y vano será; »Y cuando ruda tenaza Sus flacas manos oprima, Verá lanzársele encima Fiera que le despedaza, »Porque necio desoyó De sus años el aviso, Y fuerte mostrarse quiso Donde nadie le obligó.»
No pretendáis obligar Vosotras, dulces amigas, A peligrosas fatigas La mano que os vengo a dar. Para empresas de mancebo Ya inútil se experimenta. Dejadle ajustar mi cuenta Y hacerme ver lo que debo. Al impulso del destino Viajando hacia donde voy Quiero ir pagando desde hoy Las deudas de mi camino; Y dando a todas lugar, Si logro mi honrado intento, Manda el agradecimiento Por vosotras principiar. Tú abriste, BÁRBARA mía, Para el obscuro artesano El alcázar castellano De Melpómene y Talía. Sublime intérprete fiel Tú de la pasión más bella, Devolviste al mundo aquella Mártir de amor en Teruel, Que mintiendo al desdichado Que supo mejor amar, Le mató con un pesar, Y a ella el de haberle dado. Madrid admiró en su día, Junto en ruidoso tropel, Tu firme no de Isabel, Tu delirio de Mencía: Si por ellas en verdad Ganó algún nombre mi Musa, Yo te debo sin excusa, Yo te rindo la mitad. Tú, mi TEODORA, después, De tu Hermana sucesora, Tú eres la que fue y ahora Vida de mis obras es. Por tu aliento sostenidas, Fundan en ello blasón: Pequeñas de ingenio son, Grandes como agradecidas. Tus pies queriendo tocar, Se atropellan a tu puerta La coronada Heriberta, La humilde obrera Pilar, Matilde, predilección De un César y un docto amantes, Y la que engendró Cervantes Y el ángel del Buen Ladrón. «Vivimos por ti, señora» (De rodillas te dirán); «Muertas hijas de Don Juan, El alma nos da TEODORA.» Y yo solamente digo, Mientras tú su frente besas: «Contigo escudadas esas, No perecerán conmigo.» Acecha el tiempo voraz Mi vida y su dura mide: La escena ya me despide; Separémonos en paz. BÁRBARA... TEODORA... no, No más ya; las tablas dejo: Aún vive el amigo viejo; Pero el poeta murió. Ya mis ojos el nadir Por entre la huesa ven... ¡Ay! el amigo también Se tendrá que despedir.