Spanish poem
¿Si Es Él, Amor? ¡Qué Trémula La Mano
¿Si es él, Amor? ¡Qué trémula la mano rompe el último nema! Me lo anuncia con zozobra feliz saltando el pecho. No, no puedo dudarlo: el importuno velo cayó; tu celestial imagen, tu suspirado don... Mi amante boca con mil ardientes besos, mi llagado, mi triste corazón con mil suspiros, ambos a par lo adoren y el tributo primero denle de mi tierno pecho. Milagro del pincel, amable copia del más amable objeto, ciego torno a besarte otra vez; ojos, gozadla; sáciate, corazón... No estás ausente: ingenioso su amor buscarte supo, supo templar de su crüel imperio el áspero rigor, y fino hallarte. De tu ternura celestial, oh amada, oh mitad de mi vida, tal milagro de cariño esperaba mi deseo. Llegó; y puedo contigo consolarme, en mi inmenso penar gemir contigo, y en tu seno lanzar la ardiente vena de lágrimas que inunda mis mejillas en tan mortal insoportable ausencia. Sí, amada, ya te tengo; ya en mi pecho fino te estrecharé; mis tristes ojos te ven, el fuego de los tuyos sienten; y mis manos te tocan, y mis labios pueden saciarse de oprimirte finos, y mis suspiros animarte, y toda inundarte en mis lágrimas ardientes. Las sientes, ¿y no lloras? ¿a mis ayes dolientes, ¡ay!, los tuyos no responden, y a mis quejas y míseros gemidos? A ti me vuelvo desolado, te hablo, ¿y muda está tu cariñosa lengua? Clori, Clori, mi bien... ¡Loco deseo! ¡fantástica ilusión...! A sombras vanas, a un mentido color prestar quería la vida, el fuego, la expresión, las sales que al prototipo celestial animan. ¡Oh, cómo, cómo en este punto siento de mi suerte el horror, el hondo abismo do sepultado y sin consuelo lloro! ¡Ausencia! ¡ausencia!, arráncame la vida; no de ilusión en ilusión me lleves. Un breve plazo tus dolores templas; y tornas luego, y más crüel divides en partes mil mi lastimado pecho. ¡Ay! un instante en mi ilusión creía, mirando absorto el celestial trasunto, que mis ternezas, mis sentidos ayes halagüeña escuchabas, que tus labios se desplegaban en amable risa, que al esplendor del animado fuego en que tus ojos agraciados lucen, la llama se alentaba de los míos y que amor coloraba tus mejillas, dulce señuelo a mi sedienta boca, o el elástico seno conturbaba en grata ondulación... Me precipito frenético en mi error... Clori, tu imagen helada me recibe; no, no siente así cual tú... El encanto lisonjero se desvanece; y a una sombra abrazo muda y sin alma, y una sombra oprimo, y una sombra acaricio, y mil finezas loco le digo y que responda anhelo. ¡Ay! eres tú, adorada, ¿y callas tibia? ¿y a mi llanto tus lágrimas no corren? ¿Por qué insensible a mis cariños eres y eres de nieve al fuego en que me abraso? ¿Por qué en los ojos la inquietud graciosa, el vivaz sentimiento, la ternura, el delicioso hechizo hallar no puedo que en los tuyos de amores me embrïagan? Háblame, idolatrada, o no me burles cual si a abrir fueras cariñosa el labio; o en su mirar donoso tus pupilas se animen, o falaces no remeden otras, do Amor su trono soberano sentó y se gozan las sencillas Gracias. No tu nevado torneado cuello inmóvil yazca; vuélvase y recline en mi seno amoroso esa cabeza que enhiesto apoya, y góceme dichoso, cual veces tantas, en su dulce peso. Sienta tu pecho, a la ternura se abra, ábrase al blando amor, y arda y palpite, y en plácida efusión al pecho mío haga correr el celestial encanto de su angélica llama, de los puros afectos más que humanos que en sí abriga; o el lácteo pecho de mi bien no mienta, do todo es suave amor, dulzura todo, sencillez tierna y cariñosas ansias, placer, transportos, éxtasis, delicias. No la alba mano el abanico agite en juego inútil; o mi dócil cuello en torno ciña en lazo venturoso, indisoluble lazo en que anudara nuestras almas el cielo para siempre, o cual un tiempo cariñosa oprima mi palpitante corazón y sienta el fuego asolador que le consume. ¡Ah, mano!, ¡hermosa mano! el pincel rudo trasladar quiso en vano tus contornos, tu gracia, tu candor... De mármol era, si viéndola, el artista... No, profano: mis labios sólo tributarla deben, en su delirio idólatras, el culto que le ha votado amor; tu nieve y rosa la manchan, no la tocan. ¡Ay! ¡qué digo! ¿la menor de sus partes puede acaso remedar el pincel? ¿débil el arte no cede a empresa tanta y se confunde? ¿Esas cejas sin alma, es esa frente la tuya, Clori mía?, ¿son tus labios festivos, purpurantes, halagüeños, estos labios helados? ¿las mejillas son la leche y carmín en deliciosa mezcla deshechos, como tú los llevas en tus llenas mejillas sonrosadas? ¿Y tu seno y tu tez, y el suave agrado de tu semblante, y la donosa gracia de tus razones...? ¡Qué violenta hoguera circula por mis venas...! ¡Qué suspiros se exhalan sin sentirlo de mi pecho! ¡Cómo agitado el corazón palpita! Con frenética sed me precipito sobre tu imagen muda...; irresistible la mágica virtud de tu presencia me arrastra... desfallecen mis rodillas... cubren mil sombras mis llorosos ojos... un ardor..., un ardor... Mi bien, mi gloria, Clori, amor, vida, esposa, ¡oh si pudiese llegar a ti la conmoción que siento y este torrente de delicias puras en que sin seso en mi ilusión me inundo! ¡Si a ti alcanzasen mis dolientes ansias, mis sollozos, mis aves, los furores de mi delirio infausto! ¡si escuchases la inmensa copia de ternezas que hablo a tu divina imagen...! Tus mejillas y tu frente y tus ojos y tu boca, y cuello y pecho, y toda tú abrasada al fuego de mis ayes encendidos y en mi llanto inundada te hallarías... ¿Por qué estos cultos a una imagen muda se habrán de tributar? Ven, ven, amada, a recibirlos; ven en los transportos del más violento amor; no se profanen en una helada inanimada sombra. Ven luego, ven, y unámonos por siempre; o a mí me deja en tus amantes brazos fino volar, y colma mi ventura. Una palabra, una palabra sola... Dila, y feliz recibirás los cultos que idólatra tributo a tu retrato. Él, entre tanto sobre el pecho mío será alivio a mis penas, compañero de mi destierro, inapreciable joya de tu firmeza, y suplirá ¡ay! en vano de su divino original la ausencia.