Spanish poem
Ya El Héspero Delicioso
Ya el Héspero delicioso entre nubes agradables, cual precursor de la noche, por el Occidente sale, do con su fúlgido brillo deshaciendo mil celajes, a los ojos se presenta cual un hermoso diamante. Las sombras que le acompañan se apoderan de los valles, y sobre la mustia hierba su fresco rocío esparcen. Su corona alzan las flores; y de un aroma süave, despidiéndose del día, embalsaman todo el aire. El sol afanado vuela, y sus rayos celestiales contemplar tibios permiten, al morir, su augusta imagen, símil a un globo de fuego que en vivas centellas arde, y en la bóveda parece del firmamento enclavarse. Él de su altísima cumbre veloz se despeña, y cae del Océano en las aguas, que a recibirlo se abren. ¡Oh! ¡qué visos! ¡qué colores!, ¡qué ráfagas tan brillantes mis ojos embebecidos registran de todas partes! Mis sutiles nubecillas cercan su trono, y mudables, el cárdeno cielo pintan con sus graciosos cambiantes. Los reverberan las aguas, y parece que retrae indeciso el sol los pasos, y en mirarlos se complace. Luego vuelve, huye y se esconde, y deja en poder la tarde del Héspero, que en los cielos alza su pardo estandarte, como un cendal delicado, que en su ámbito inmensurable, en un momento extendido, súbito al suelo se abate, a que en tan rápida fuga su vislumbre centellante, envuelto en débiles nieblas, ya sin pábulo desmaye. Del nido al caliente abrigo vuelan al punto las aves, cuál al seno de una peña, cuál a lo hojoso de un sauce; y a sus guaridas los rudos selváticos animales, temblando al sentir la noche, se precipitan cobardes. Suelta el arador sus bueyes, y entre sencillos afanes, para el redil los ganados volviendo van los zagales; suena un confuso balido, gimiendo que los separen del dulce pasto, y las crías corren, llamando a sus madres. Lejos las chozas humean, y los montes más distantes con las sombras se confunden, que sus altas cimas hacen. De ellas a la excelsa esfera grupándose desiguales estas sombras en un velo a la vista impenetrable, el universo parece que, de su acción incesante cansado, el reposo anhela, y al sueño va a abandonarse. Todo es paz, silencio todo, todo en estas soledades me conmueve, y hace dulce la memoria de mis males. El verde oscuro del prado, la niebla que undosa a alzarse empieza del hondo río, los árboles de su margen, su deleitosa frescura, los vientecillos que baten entre las flores las alas, y sus esencias me traen, me enajenan y me olvidan de las odiosas ciudades y de sus tristes jardines, hijos míseros del arte. Liberal naturaleza, porque mi pecho se sacie, me brinda con mil placeres en su copa inagotable. Yo me abandono a su impulso; dudosos los pies no saben dó se vuelven, dó caminan, dó se apresuran, dó paren. Cruzo la tendida vega con inquietud anhelante por si en la fatiga logro que mi espíritu se calme; mis pasos se precipitan; mas nada en mi alivio vale, que aun gigantescas las sombras me siguen para aterrarle. Trepo, huyéndolas, la cima, y al ver sus riscos salvajes, «¡Ay!», exclamo, «¡quién, cual ellos, insensible se tornase!» Bajo del collado al río, y entre sus lóbregas calles de altos árboles, el pecho más pavoroso me late. Miro las tajadas rocas, que amenazan desplomarse sobre mí, tornar oscuros sus cristalinos raudales. Llénanme de horror sus sombras, y el ronco fragoso embate de las aguas, más profundo hace este horror, y más grave. Así, azorado y medroso, al cielo empiezo a quejarme de mis amargas desdichas y a lanzar dolientes ayes, mientras de la luz dudosa expira el último instante, y el manto la noche tiende que el crepúsculo deshace.