Spanish poem
Laso, El Instante Que Llamamos Vida
by Leandro Fernández de Moratín (1760–1828)
Laso, el instante que llamamos vida, ¿es poco breve, di, que el hombre deba su fin apresurar? O los que al mundo naturaleza dio males crueles, ¿tan pocos fueron, que el error disculpen con que aspiramos a crecer la suma? ¿Ves afanarse en modos mil, buscando riquezas, fama, autoridad y honores, la humana multitud ciega y perdida? Oye el lamento universal. Ninguno verás que a la deidad con atrevidos votos no canse, y otra suerte envidie. Todos, desde la choza mal cubierta de rudos troncos, al robusto alcázar de los tiranos donde truena el bronce, infelices se llaman. ¡Ay! y acaso todos lo son: que de un afecto en otro, de una esperanza, y otra, y mil creídos, hallan, huyendo el bien, fatiga y muerte. Así buscando el navegante asturo la playa austral, que en vano solicita, si ve, muriendo el sol, nube distante, allá dirige las hinchadas lonas. Su error conoce al fin; pero distingue monte de hielo entre la niebla obscura, y a esperar vuelve, y otra vez se engaña, hasta que horrible tempestad le cerca, braman las ondas, y aquilón sañudo el frágil leño en remolinos hunde, o yerto escollo de coral le rompe. La paz del corazón, única y sola delicia del mortal, no la consigue sin que el furor de su ambición reprima, sin que del vicio la coyunda logre intrépido romper. Ni hallarle espere en la estrechez de sórdida pobreza, que las pálidas fiebres acompañan, la desesperación y los delitos, ni los metales que a mi rey tributa. Lima opulenta poseyendo. El vulgo vano, sin luz, de la fortuna adora el ídolo engañoso; la prudente moderación es la virtud del sabio. Feliz aquél que en áurea medianía, ambos extremos evitando, abraza ignorada quietud. Ni el bien ajeno su paz turbó, ni de insolente orgullo las iras teme, ni el favor procura; suena en su labio la verdad, detesta al vicio; aunque del orbe el cetro empuñe y envilecida multitud le adore. Libre, inocente, obscuro, alegre vive, a nadie superior, de nadie esclavo. ¿Pero cuál frenesí la mente ocupa del hombre, y llena su existencia breve de angustias y dolor? Tú, si en las horas de largo estudio el corazón humano supiste conocer, o en los famosos palacios donde la opulencia habita, la astucia y corrupción, ¿hallaste alguno de los que el aura del favor sustenta, y martiriza áspera sed de imperio, que un placer guste, que una vez descanse? ¡Y cómo burla su esperanza, y postra la suerte su ambición! Los sube en alto, para que al suelo con mayor ruina se precipiten. Como en noche obscura centella artificial los aires rompe, la plebe admira el esplendor mentido de su rápida luz; retumba y muere. ¿Ves, adornado con diamantes y oro, de vestiduras séricas cubierto y púrpuras del sur, que arrastra y pisa, al poderoso audaz? ¿La numerosa turba no ves que le saluda humilde, ocupando los pórticos sonoros de la fábrica inmensa, que olvidado de morir, ya decrépito, levanta? ¡Ay! no le envidies, que en su pecho anidan tristes afanes. La brillante pompa, esclavitud magnífica, los humos de adulación servil, las militares puntas que entorno a defenderle asisten, ni los tesoros que avariento oculta, ni cien provincias a su ley sujetas, alivio le darán. Y en vano al sueño invoca en pavorosa y luenga noche; busca reposo en vano, y por las altas bóvedas de marfil vuela el suspiro. ¡Oh tú, del Arlas vagaroso humilde orilla, rica de las mies de Ceres, de pámpanos y olivos! ¡Verde prado que pasta mudo el ganadillo errante, áspero monte, opaca selva y fría! ¿Cuándo será que habitador dichoso de cómodo, rural, pequeño albergue, templo de la Amistad y de las Musas, al cielo grato y a los hombres, vea en deliciosa paz los años míos volar fugaces? Parca mesa, ameno jardín, de frutos abundante y flores, que yo cultivaré, sonoras aguas que de la altura al valle se deslicen, y lentas formen transparente lago a los cisnes de Venus, escondida gruta de musgo y de laurel cubierta, aves canoras, revolando alegres y libres como yo, rumor süave que en torno zumbe del panal hibleo, y leves auras espirando olores; esto a mi corazón le basta... Y cuando llegue el silencio de la noche eterna, descansaré, sombra feliz, si algunas lágrimas tristes mi sepulcro bañan.