Spanish poem
No Siempre De Las Nubes Abundante
by Leandro Fernández de Moratín (1760–1828)
No siempre de las nubes abundante lluvia baña los prados ni siempre altera el piélago sonante Bóreas, ni mueve los robustos pinos sobre los montes de Pirene helados. A los acerbos turbulentos días otros siguen de paz, la luz de Apolo cede a las sombras frías, a el mal sucede el bien. En esto solo, los aciertos divinos el hombre ve de aquella mano eterna que en orden admirable, todo lo muda y todo lo gobierna. Y tú, rendida a la aflicción y el llanto, ¿Durar podrás en luto miserable, sensible madre, enamorada esposa? ¿Pudo en tu pecho tanto la pérdida cruel, que a la preciosa víctima por la muerte arrebatada, otra añadir intentes? Y no será que de tu ruego instada, la prenda que llevó te restituya, no, que la esconde en el sepulcro frío. Esa vida fugaz no toda es tuya es de un esposo, que el afán que sientes sufre, y el caso impío que de su bien le priva y su esperanza: es de tu prole hermosa, que mitigar intenta con oficioso ardor tu amargo lloro; si tanto premio su fatiga alcanza. Sube doliente a las techumbres de oro el gemido materno, y en la callada noche se acrecienta. La indócil fantasía te muestra al hijo tierno, como a tu lado le admiraste un día, sensible a la amistad, y al heredado honor: modesto en su moral austera: al ruego de los míseros piadoso: de obediencia filial, de amor fraterno, de virtud verdadera ejemplo no común. Negó al reposo las fugitivas horas, y al estudio las dio: sufrió constante las iras de la suerte, cuando no usada a tolerar cadena, la patria alzó sus cruces vencedoras. ¡Oh! Si en edad más fuerte se hubiese visto, y del arnés armado en la sangrienta arena: ¡Oh, como hubiera dado castigo a la soberbia confianza del invasor injusto, a su nación laureles, gloria a su estirpe y a su rey venganza! Tanto anunciaba el ánimo robusto, con que en el lecho de dolor postrado, le viste padecer ansias crueles; cuando inútil el arte cedió y confuso, y le cubrió funesta sombra de muerte en torno. El arco duro armó la inexorable, al tiro presta, y por el viento resonando parte la nunca incierta vira. Él, de valor, de alta esperanza lleno, preciando en nada el mundo que abandona, reclinado en el seno de la inefable Religión espira. Ya no es mortal. Entre los suyos vive: de fúlgido esplendor áurea corona le circunda la frente. El premio de sus méritos recibe ante el solio del Padre omnipotente de angélicos espíritus cercado que difunden fragancias y armonía por el inmenso Olimpo, luminoso. Debajo de sus pies parece obscuro el gran planeta que preside al día, ve el giro dilatado que dan los orbes por el éter puro, en tardos o veloces movimientos, verá los siglos sucederse lentos y él en quietud segura gozará venturoso del sumo bien que para siempre dura.