Spanish poem
En Un Entreacto De Un Drama
by Manuel Bretón de los Herreros
En un entreacto de un drama, Parto de mi humilde ingenio, Pasé yo desde el proscenio Al camarín de la dama, (Galante solicitud Que a toda mujer halaga..., Aunque alguna vez se haga De necesidad virtud). Yo, como hombre ya formal, Y atento, y de buena fe, Un cumplido improvisé Con pujos de madrigal. Y luego que, sin desliz, (¿Soy yo acaso algún bodoque?) Apliqué el felix utroque A la mujer y a la actriz, En conversación amena Ella y yo y los concurrentes, Departimos elocuentes Sobre el arte de la Escena. Quién, aborreciendo el yugo De los clásicos preceptos, Encomiaba los conceptos De Dumas y Víctor Hugo; Proscribía otro aristarco A quien no sigue la huella Del azote de Comella, Moratín, alias Inarco; Y otro reputaba a todos Dignos de tan noble liza, Lope, Schiller, Gorostiza, Cimbros, lombardos y godos. Alguien, con risita falsa, Picó en la murmuración; Que es fría conversación La que no aviva esta salsa; Y el estimulante ejemplo Siguieron otros, por bulla, Con tal cual donosa pulla A los ausentes del templo. Ni de colegas y hermanos Ilesa quedó la fama; Ni faltó algún epigrama Contra Oriente y Jovellanos. Yo, que veía algún riesgo De pecar contra el Decálogo Si así proseguía el diálogo, Procuré darle otro sesgo. Diserté sobre Cervantes, Y noté que me escuchaba, Cayéndosele la baba, Uno de los circunstantes. «Yo trato mucho a ese quídam, Mas quién sea no recuerdo; Que en punto a nombres soy lerdo Y a docenas se, me olvidan». Y tras de este soliloquio Creo deber en conciencia Hacerle una reverencia Llámese Luis, Juan o Eustoquio. Y el extraño personaje, Que atento oía mi plática, Con sonrisa muy simpática Me devuelve el homenaje. Luego que de hablar concluyo, Yo, que tengo el vicio charro De fumar, saco un cigarro... ¡Cata al quídam con el suyo! Y encendidas a la par Las cerillas subitáneas, Fueron también simultáneas Las bocas para chupar: Toso, y tose aquel abanto, Que instinto igual nos gobierna; Cruzo pierna sobre pierna, Y el prójimo hace otro tanto. Como el tiempo estaba crudo, Yo estornudo, y, a la vista, En lugar de un ¡Dios te asista!, ¡Zas! me gira otro estornudo. ¿Quién vio, dije para mí, Un simio de tal estofa? Eso ¿es simpatía, o mofa? Ese ¿es hombre, o maniquí? Y fulmino al caricato Fiera vista, airado zuño, Y ya esgrimía mi puño Retándole al pugilato. Pero, de saña beodo No menos que yo lo estaba, También su actitud fue brava, Conforme a la mía en todo. Iba ya a pedirle cuenta, Ardiendo en sed de venganza, De aquella grosera chanza Que era para mí una afrenta, Cuando, ¡pecador de mí! Veo que es mi efigie propia, Que mudo un espejo copia, La que me irritaba así. Declaro a la reunión El quid pro quo —soy sincero— Y a todos, y a mí el primero, Dio risa mi distracción. Mas reflexionando un poco, Bien que mayúscula fue, Yo a mi modo la expliqué Sin convencerme de loco. Tiempo ha que no me deleitan Los amorosos engaños, Y enclenque, y con muchos años, No me afeito ya; ¡me afeitan! Esta cara nunca bella, Hoy debe de ser fatal; Por tanto, es ya muy casual El tratarme yo con ella. Si mal la corbata va, Porque me la ato sin ver, O la arregla mi mujer, O se queda como está. Exento, en fin, de livianos Perfiles, sin ser adusto, Conozco menos mi busto Que el de muchos ciudadanos. No por la fisonomía, No, sino por la conciencia, Aquella antigua sentencia Nosce te ipsum decía; Mas para que acabe en punta Mi ya prolijo relato, Permita el lector sensato Que le haga yo esta pregunta: ¿Qué mucho si en los abismos De su propio corazón Tantos los mortales son Que se ignoran a sí mismos, Cuando en Madrid, ¡cosa rara! Hay un trascordado viejo Que la mira en un espejo Y no conoce su cara!
felix utroque
quídam
quídam
quid pro quo
Nosce te ipsum