Spanish poem
La Beneficencia
by Manuel Bretón de los Herreros
Ángel radiante en el Edén creado, Dulce consuelo al humanal gemido, Plácido orgullo de las nobles almas, Yo te saludo. No a ti los hombres religioso incienso Píos tributan y fragantes flores, Bien que tu nombre por falaces lenguas Sea ensalzado. Eleva en tanto al opresor cruento Soberbio altar la adulación cobarde Y al ciego error el fanatismo inmola Fiero holocausto. Beldad voluble con falaz ternura Tal vez usurpa la veraz ofrenda De amante pecho, que en acerbo lloro Baña traidora. Ídolos crea a su placer el hombre, Y patria, amigos, bienestar, conciencia En torno arrastra del indigno templo Tumba a su fama. Uncido el siervo cual si bruto fuera De atroz caudillo al insolente carro, Calla, y ni aún osa maldecir su horrendo, Bárbaro triunfo. Y el ronco son de la guerrera trompa Tu grito ahoga, desolada madre, Y en vano al cielo tu clamor envías, Huérfano triste. El torvo Genio de la infanda guerra Roba al amor la voluptuosa danza, Y canta el pueblo que verter debía Ríos de llanto. ¡Dios de bondad y de fraterna sangre Te brinda el hombre el infernal tributo, Y el himno impío de feroz victoria Suena en tus aras! ¡Tanto el engaño, la codicia, el miedo Al corrompido corazón humano, Y la ignorancia y la fatal discordia Tanto envilecen! Ya no hay pasión ni detestable vicio Sin pingüe ofrenda, sin ardiente culto; ¡Y nadie a ti, Beneficencia santa, Nadie te adora! ¿Será tal vez que al afrentoso imperio Del oro infausto sometido el hombre Seguir de Astrea te ordenó la triste, Prófuga planta? ¿Cómo dudarlo cuando en balde llega De altivo prócer al cancel dorado La inope virgen si a lasciva llama Cierra su pecho? ¿Cómo a mirar el sobrecejo altivo Con que desoye del anciano débil El ruego humilde y los dolientes ayes Mozo liviano? ¿Cómo dudarlo quien lloroso vea A todo un pueblo en la miseria hundido, Y al hambre insana disputar el crimen Víctimas tantas?... ¡Ah! no. ¿Qué digo? Caridad ferviente, ¡Salve otra vez!; que los humanos valles No para siempre abandonó tu influjo, Don de los cielos. No a mí tu grato, predilecto albergue, Bien que no sea renombrado alcázar, Se oculta ya, ni en tu loor mis votos Vagan perdidos. En vano ya la hipocresía, en vano, Robando artera tu sagrado nombre, Ante mi vista mostrará su impía Máscara infame. Quien ve, Dorila, tu mansión callada, Tu afable rostro, tu virtud sencilla, Su velo sabe arrebatar al negro, Pérfido monstruo. De ti, Dorila, el impostor aprenda Que no se cura de servil lisonja Ni en vano alarde la virtud se halaga Cándida y pura. Dentro del alma el bienhechor encuentra Mayor ventura, galardón más alto, Y el hombre inicuo su mayor verdugo Dentro del alma. ¡Ay, cuántas veces a piedad mentida Estatuas funde y edifica altares La ilusa plebe, y en el lodo al justo Sume iracunda! Tú más hermosa y duradera palma Allá en el reino de la luz espera, Si acá la fuerza, la falsía, el oro Triunfan y ríen. Tú, a quien no es dado con enjutos ojos Penando ver al oprimido, al pobre; Y nunca es solo compasión estéril Dádiva tuya. Tú, que no sientes criminal hastío Si oyendo el ay de miserable viuda Pisas tal vez con generosa planta Rústica choza. Rústica choza para ti más bella Que el áureo techo y el tapiz de Oriente, Do nuevo brillo a tu preclaro nombre Dan tus virtudes. Y no en el ara de imitar al cielo Sagrados votos proferiste un día, Ni el albo seno de engañosa cubres, Áspera jerga. No la virtud en aprendido metro Sabes cantar, ni el anatema horrible, Rayo eternal, con espumoso lanzas, Cárdeno labio. A ti y a Dios que el corazón sondea Más gratos son tus eficaces dones. Ellos te afianzan eternal corona, Júbilo inmenso. Ni austera tú la sociedad esquivas; Que en ella vives de esplendor cercada, Y aún besa ufano tu serena frente Céfiro blando. Y enciende amor con sus ligeras alas La hermosa lumbre de tus negros ojos, Y es del amor tu seductora risa Plácido asilo. ¡Ah! si en las gracias que a natura plugo Dar a tu rostro tu ambición fundaras, ¿Quién más trofeos al vendado Niño, Quién le daría? Mas tu modestia a tu hermosura iguala, Y tu alma en vano sojuzgar anhela Diestra lisonja, que en el vago viento Rápida muere. ¡Cuánto más dulce en tu piadoso oído Suena la voz que sin cesar tu nombre Grata bendice y tutelar te llama, Próvido numen. Harto al amor y sus fugaces glorias Suaves acentos consagró mi lira. Hoy tu clemencia sublimar al cielo Séame dado. Lo sé, no es digno de tan alto asunto Mi rudo canto, ni quizá lo fuera Tu plectro mismo que inmortal florece, Píndaro excelso. Mas un altar mi corazón te erige, Alma Piedad, si te lo niega el mundo, Y en él la imagen de Dorila hermosa Vive grabada.