Spanish poem
A mi hija María
by Manuel del Palacio (1831–1906)
Al pronunciar tu nombre, hija querida, puros están mis labios y mi alma, pasadas las tormentas de la vida miro ya al Cielo con serena calma. De cuanto amé y creí con fe y empeño sólo dos cosas en mi pecho abrigo: mi amor al bien, que fue mi primer sueño, mi amor a ti, que morirá contigo. Rendido alguna vez, jamás postrado, crucé del mundo la escabrosa senda, alta la sien, el pensamiento honrado, no dócil al error, y sí a la enmienda. Nunca esperé ni aplauso ni memoria ni demandé favor a la fortuna, los pobres lauros que debí a la gloria todos los arrojé sobre tu cuna. Si de la edad venciendo los agravios eres, cual ángel hoy, mujer un día, oirás, contada por ajenos labios una historia infeliz, esa es la mía. Aspirar a lo grande y ser pequeño, amar la libertad y no gozarla, tener tan sólo la razón por dueño y al capricho del mundo encadenarla; vivir sujeto al afrentoso lazo que teje a veces la maldad triunfante, y ver unidos en estrecho abrazo el odio ruin y la ambición gigante. Tal fue mi vida, tal será la tuya, y ¡ay de ti si tu aliento desfallece! cuando mi noche terrenal concluya, ¡cuando tu aurora celestial empiece! Verás con miedo como yo con ira tomar el vicio de virtud el nombre, aplaudir la verdad a la mentira, hacer el hombre su escabel del hombre. Verás de amor cubiertos con el velo la torpe liviandad o el vino amaño, herencia del dolor, el desconsuelo, herencia del placer, el desengaño. Si esto sucede, si la duda impía osa empañar tu corazón siquiera, abre este libro entonces, hija mía, donde cayó mi lágrima postrera. Abrelo, sí, y al recorrer sus hojas en que pintarte quiso mi deseo de los muertos placeres las congojas y de la vida el loco devaneo. Piensa no existe entre sus hojas una que un consejo no guarde provechoso, y que es buen consejo una fortuna que no suele tener el poderoso. Piensa que con la fe todo se allana, que con la caridad todo se puede, que hay flor que al huracán resiste ufana y al blando soplo de la brisa cede. Sentir, amar, creer; aquí se encierra todo el secreto de la humana vida; quien cumple esta misión sobre la tierra puede esperar en calma su partida. Por eso yo con efusión te estrecho hija del alma, te coloco al lado, y me duermo tranquilo y satisfecho como el atleta de luchar cansado!