Versos Spanish Manuel Fernández y González Introduccion — XIV (Ya el sol sobre su…)

Spanish poem

Introduccion — XIV (Ya el sol sobre su…)

by (1821–1888)

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Ya el sol sobre su ocaso descendia abrillantando las hinchadas aguas, y en el brumoso y cárdeno horizonte rojas, cual sangre, amenazantes ráfagas, próxima tempestad y formidable fatídicas, siniestras, auguraban, cuando el Rey por las puertas de Almuñécar se metió con Ataide y con su guardia. Transidos, sudorosos los caballos de la violenta presurosa marcha, por montañas que al cielo se atrevian, por valles que al abismo se humillaban, inútiles al fin hubieran sido á seguir la durísima jornada. Supo el Rey que Jucef partido habia con rumbo hácia la roca solitaria, que avanzada á la mar con su arrecife desde los muros, al levante, vaga, coronada de niebla se veia como un siniestro aterrador fantasma. Aun léjos de ella, sobre el mar inquieto, á toda vela un barco se alejaba, y de sus remos la pujante fuerza ayudaba del viento á la pujanza. —¡A la playa!—con voz temblando en ira el Rey prorumpe, y á la playa bajan; se quedan los caballos en la arena, el Rey y Ataide y los zenetes saltan á una larga y fortísima almadía, que las agudas velas desplegadas, el arraez atento al gobernalle, la chusma al remo en las salientes bandas, su bandera de rey enarbolando, del barco de Jucef se pone en caza; crecen las sombras y la bruma crece; las olas, cual montañas, se levantan rodando en turbillon, rugiendo horribles al formidable empuje de la racha; crujen atormentadas las maderas, saltan silbando las forzadas jarcias, y el Rey, que se mantiene en la crujía, Ataide al lado, que agoniza y calla, el Rey, que sin pavor mira la furia del viento y de las olas encrespadas, grita con ronca voz:—¡Cargad las velas! ¡á la chusma azotad! ¡la fuerza brava venced del mar y el viento! ¡avante, avante, que ese infame traidor se nos escapa!— Y tanto reman, tanto maniobran, que al fin la nave de Jucef alcanzan, y los enormes ganchos de abordaje en ella aferran y su mura asaltan; como una tromba los zenetes entran, cuanto á su paso encuentran desbaratan, y al castillo de proa el Rey acude, donde Jucef, inmóvil, se levanta. Una mujer, que doblegada llora, cuya flotante vestidura blanca se señala en la sombra, ante él se mira de feroces esclavos rodeada. —¡Leila!—con voz de angustia Ataide grita. —¡Tuya en la eternidad!—llorando exclama la mísera doncella.—El Rey, airado, llega á Jucef, y con la voz que manda segura del respeto y la obediencia: —¡Dame á Leila en el punto—dice—ó guarda! Se estremece Jucef y en voz horrenda prorumpe en su furor:—¡La infame al agua!— Y se oye un grito de terror que hiela, sobre la mura, despedida salta una blanca figura que la ola en su espumosa cresta coge avara. Se demuda Ismail, silba su acero arrancado con furia de la vaina, y en el instante mismo la cabeza de Jucef, de su tronco cercenada por el terrible golpe, de la proa rebota horrible y á la mar se lanza: y Ataide, de dolor desesperado, del castillo se arroja, la mar gana, y allí á donde una blanca vestidura sobre las ondas flota, ansioso nada; sus esfuerzos redobla, avanza, llega, y la cabeza de Jucef le aparta, chocando en su cabeza, y siempre y siempre que domina su vértigo y mar gana, para llegar á Leila, formidable la cabeza cruel lo estorba airada. Leila, al fin, desparece entre las olas; Ataide, loco de dolor, desmaya, enervados sus miembros se entorpecen y las olas horrísonas le tragan. Desaferrada en tanto la almadía por salvar á los náufragos avanza; monta las olas y á la fin se encuentra en frente de la roca en que, irritada, rompe la mar con fragoroso estruendo, y hasta la gruta sus espumas lanza. Con asombro del Rey y de los suyos la gruta gigantesca iluminada por lívido fulgor fosforescente se muestra, y de hermosura sobrehumana esplendorosa, Leila, ansiosa gira, buscando á Ataide que incesante vaga en el pálido ambiente, y que angustioso de amor, de espanto y de dolor en ansia á ella tiende los brazos, que le mira la rubia cabellera destrenzada, y los brazos le tiende, y siempre y siempre que se aproximan, en su giro, rauda, revolviendo sus ojos infernales la sangrienta cabeza los separa. Al ver esta vision la frente humilla el creyente Ismail, y en voz ahogada: —¡Dios solo—dice—sabe los misterios que en el humano corazon se guardan! ¡Él solo sabe lo que estaba escrito! ¡Él sus criaturas, ó condena, ó salva! ¡Infierno del amor, de tí me aparto! ¡que Dios tenga piedad de esas tres almas!