Spanish poem
Introduccion — XII (Sucedió esta durísima batalla)
by Manuel Fernández y González (1821–1888)
Sucedió esta durísima batalla que ensangrentó la granadina tierra el año mil trescientos diez y nueve, mañana de San Juan, triste y sangrienta para el cristiano bando, y venturosa para la gente indómita agarena: en Castilla reinaba Alfonso Onceno, y rey y emir de los alarbes era el terrible Ismail. Los dos infantes, causa imprudente de la atroz pelea, eran don Pedro el uno, del Rey primo, y su tio don Juan el otro era; entráronse talando á sangre y fuego la peligrosa granadina tierra, y allí los dos infantes se quedaron la muerte hallando en su insensata empresa. Dia de luto fué para Granada y para Ataide de fortuna excelsa, que ganó, ya muy tarde, gran renombre, favor del Rey, mercedes y nobleza. Fué, que el bravo Ismail, harto empeñado en la revuelta bárbara pelea, el caballo perdió: cercado vióse de cristianos sin fin, que á grande priesa su desclavado arnés crujir hacian de rudos golpes bajo lluvia densa. —¡Es el Rey de Granada!—voceaban.— —¡Á prision recibidle!—¡No! ¡que muera!— y el tumulto arreciaba á cada instante bramando en torno de la régia presa.
Contra el muerto caballo replegado batallaba Ismail, cual la pantera de innumerables canes acosada, en los que alcanza brava se ensangrienta. Rota la adarga, sobre el rojo polvo tendida la riquísima cimera, la corona de golpes destrozada, desgarrada la toca al aire suelta, de polvo y sangre y de sudor bañado, le faltan, no el valor, sino las fuerzas, y por sus fieros ojos centellantes cruza horrible y fatal nube siniestra. De repente, en el círculo terrible, hacha en mano un mancebo se presenta, que ante su paso arrolla á los cristianos y á sus plantas exánimes los deja, cual en las mieses la segur metiendo el campesino infatigable siega. Parece que el Altísimo á su brazo poder terrible y misterioso presta, por el hacha enrojecida corre raudal de sangre, que á su paso deja con rastro pavoroso señalado, cual su rastro de horror marca la fiera. Es Ataide que en vano al asesino de su madre ha buscado en la pelea; Ataide, á quien dolor de las entrañas y el recuerdo tristísimo de Leila y de su suerte el torcedor cuidado en horrendo afanar le desesperan; es que la muerte, como bien supremo, por todas partes busca y no la encuentra. Llega un momento, al fin, en que aterrados los nazarenos en desórden cejan, y al revolverse Ataide, con asombro ve que el Rey admirado le contempla. Libre se ve Ismail por su bravura cuando creyó su perdicion ya cierta, y los brazos le tiende, y en un punto contra su bravo corazon le estrecha. —¡Pide—dícele al fin—cuanto quisieres, que por mucho que pidas, recompensa pareceráme poco cuanta darte mi potestad y mi cariño puedan!— Y volviéndose á punto á los bizarros, que en su socorro desalados llegan, —Sin su valor—les dice—en este dia de Rey quedára mi Granada huérfana.— La vida le debí: llegárais tarde si ántes él no acudiera á mi defensa. Mi púrpura vestidle y que en Granada entre á la par conmigo, y á mi diestra: con mi estandarte Real en las batallas, á mi lado de hoy más lidiar le vean, y en su poder y en su favor conmigo honrado premio y merecido tenga: y ¡sús! á recoger, que ya el cristiano ha pasado en desórden la frontera, y á Granada llevemos la victoria y del vencido la perdida presa.— Y cabalga Ismail en un caballo que sus humildes siervos le presentan, y á Ataide con la púrpura vistiendo, otro caballo igual gratos le muestran. Marcha de triunfo tocan atabales, y añafiles, dulzainas y trompetas, y en la impaciencia de ostentar su triunfo rápidos cruzan la tendida vega, y por Elvira en la ciudad alegre en cerrado escuadron altivos entran, y del rey Ismail al par marchando, las hermosuras que Granada encierra; ven al hermoso Ataide y le codician al verle junto al Rey de tal manera, y Ataide, el desdichado, va llorando, la mente en Leila y en su madre puesta, y que es de gozo por su altivo triunfo, los que le miran, con envidia piensan.