Spanish poem
Introduccion — X (--¡Alma, vida y amor del…)
by Manuel Fernández y González (1821–1888)
—¡Alma, vida y amor del alma mia!— exclamó Ataide los lucientes ojos destellando una célica alegría;— y Leila, trasportada, enloquecia, trémulos de pasion los labios rojos.
No era ya la dulcísima apenada que el alma ansiosa, el corazon ardiento del dolor, en las sombras anegada, de una pena indecible é ignorada sucumbia al durísimo tormento.
El asombro, el delirio, la hermosura de su alma vírgen, para amar nacida, se exhalaban en ansia de ternura, en explosion inmensa de ventura, de amor supremo, de esplendente vida.
¡Él! ¡era él! ¡su encanto, su consuelo, su abrasada ambicion, su sér divino, la sombra misteriosa de su anhelo que de improviso desgarraba el velo que envolvia su amor y su destino!
Era su propio sér.—Ardiente, loca, traspuesta é incitante la mirada, mostraba en la entreabierta y dulce boca cuanto el beso castísimo provoca, desposorio del alma enamorada.
Sobresaltado, de delicias lleno, á la presion de los amantes brazos, á la desdicha y al temor ajeno, su corazon del palpitante seno pugnaba por saltar roto en pedazos.
La rica, la opulenta pedrería que su garganta deliciosa ornaba y que la luna con envidia heria, con ménos esplendor resplandecia que el que en sus negros ojos fulguraba.
Y luégo, ansiosa, loca, delirante, con acento infinito de dulzura, seductora, vivífica, anhelante, así exclamó exhalando la fragante deliciosa pasion de su alma pura:
—¡Oh ensueño encantador del ansia mia! ¡fe de mi vida, hasta tenerte amarga! ¿por qué triste en tus ojos la agonía áun causa espanto á la ventura mia, por qué áun la pena del temor te embarga?
¿Temes que pobre, y yo de altiva cuna, imposible y mortal nuestro amor sea? cuando Dios de dos almas hace una, ni el humano poder ni la fortuna pueden romper lo que el Eterno crea.
Mayor ventura á nuestro amor no pidas; ¿no ves que Allah, en sus juicios misterioso, para siempre ha enlazado nuestras vidas, lanzando entre venturas bendecidas, á la esposa en los brazos del esposo?—
Y Leila su palabra entrecortaba, y estremecida de placer gemia, y hambrienta la belleza contemplaba de Ataide, que en sus brazos la estrechaba y de ansiedad y amor desfallecia.
—¡Sígueme!—Ataide al fin con voz medrosa y trémula exclamó;—de la montaña en el seno selvático, gozosa, correrá nuestra vida venturosa bajo el techo de paz de la cabaña.
Por tí en los manantiales mi ballesta la caza matará, rica en sabores; espléndida en matices la floresta por Dios bordada y al placer dispuesta, cuando la pises tú, brotará flores.
Fresca sombra, sonora y perfumada, el ardor mitigando del estío, te ofrecerá del huerto la enramada blando lecho la grama regalada, límpido baño el murmurante rio.
Sus auras la galana primavera perfumará en la magia de tu encanto difundiendo en el monte y la ladera en lánguida cadencia y hechicera, el suspiro ardoroso de tu canto.
Y en las veladas del invierno frio, en el hogar, alcázar del contento, zumbando fuera el huracan bravío, yo gozaré tu amor, tú el amor mio, junto á la alegre llama del sarmiento.
¡Oh, vén conmigo, vén, luz de mi vida, alma de fuego para amar creada y áun en el mismo infierno bendecida! ¡ah, no mates por Dios, mi alma querida, el alma triste á amarte consagrada!
Deja ese mundo vano y mentiroso correr tras la ambicion que engendra el crímen, ese mundo de lágrimas ansioso, que no sabe ser grande y venturoso sin gozar el dolor de los que gimen.
Sígueme, vén, pues que el Señor, clemente, en el fuego de amor unirnos quiso, y el arduo monte, el mugidor torrente, el dulce valle y la sonora fuente serán nuestro encantado paraíso.—
Y anhelante calló.—La contemplaba muriendo de ansiedad, y cual tesoro que de su amante corazon brotaba sangre del alma, largo resbalaba por sus mejillas pálidas el lloro.
—¡Oh adorado señor!—enloquecida Leila exclamó, resplandeciente en fuego:— humilde, á tu mandato sometida, sin otro bien que tú para mi vida, ¿cómo negarme á tu anhelante ruego?
¡Mira, atiende, señor! tan tuya soy, tal te idolatra el pensamiento loco, á tu merced tan entregada estoy, que del amor que á tu delirio doy para decir lo inmenso todo es poco.
Pero ¿por qué me pides que envilezca del noble viejo las altivas canas, que su terrible maldicion merezca, si para que tu raza se ennoblezca tienes allí las huestes castellanas?—
Y Leila, altiva, grande, destellando el ínclito esplendor de su linaje, el brazo eburneo á Loja amenazando, así inspirada prosiguió exclamando, resplandeciente de valor salvaje:
—¡De mi amor, de tu fe, todo lo espera! ¿no ves el monte oscuro allá perdido que guarda de Granada la frontera? ¡bravo por mí levanta una bandera, vuelve á buscar mi amor ennoblecido!—
Se irguió Ataide magnífico, esplendente, de amor y de bravura trasportado, y tendiendo su brazo al Occidente, así exclamó en acento prepotente por Leila y por la gloria arrebatado:
—¡Infantes de Castilla jactanciosos, rey Adfun el rumy, que el fuerte muro acechais de Granada cautelosos, al logro de mis sueños venturosos iré por vuestra sangre, yo os lo juro!
—¡Toma de mis alhajas el tesoro— Leila le interrumpió;—gente esforzada á sueldo toma, derramando el oro; haz que brille en la lid el nombre moro, corre la tierra infiel en algarada!
—¡Tus joyas no, porque en el logro fies— exclamó Ataide—de mi noble empresa, me bastan de la sierra los monfíes, feroces cual los fuertes jabalíes que se abren paso entre la jara espesa!
—¡Los monfíes! ¡fatídicos agüeros— dijo Leila;—¿qué empresa enaltecida se puede acometer con bandoleros? —Ellos—exclamó Ataide—saben fieros causar la muerte y despreciar la vida.
Ganarán el perdon de su delito por Dios y el rey triunfando en la pelea. —¡Dios sólo es vencedor! ¡estaba escrito!— Leila exclamó.—¡Señor de lo infinito, tu santa voluntad cumplida sea!
Y alzó los ojos, desolada, al cielo, como buscando amparo en el altura; cual si un horrible apenador recelo de su amor y su encanto tras el velo la hiciese presentir la desventura.
De improviso sus ojos irradiaron un rápido fulgor vago y sombrío, atentos al Oriente se tornaron, y trémulos sus labios exclamaron, con acento á la par triste y bravío:
—¡Ah! ¡en mi busca se acercan! ¡huye! ¡véte! ¿no escuchas el rumor vago y perdido que crece, que se acerca, que arremete, de la rauda carrera de un jinete y de feroces perros el ladrido?
Es mi padre sin duda: ¡si te hallára! ¡oh, tú no sabes su altivez cuán fiera! ¡de la espesura próxima te ampara! ¡ten compasion de mí, que me matára si una sombra de duda concibiera!
—¿Y no he de verte? —Sí. —¿Cuándo? —En la hora del silencio y del sueño: ¡huye, bien mio! —¿Y dónde te he de hallar? —En la Almanzora: yo en la reja estaré: ¡sálvate ahora! ¡líbrame del terror que siento impío!—
Y de nuevo en abrazo tembloroso sus agitados senos se juntaron, y en un beso infinito, silencioso, la amante esposa, el delirante esposo, de nuevo el pacto de su amor sellaron.
Y ella le rechazó, que ya el estruendo más cerca y más distinto se sentia; y él, apenado, de dolor gimiendo, rápido se alejó, despareciendo por el lóbrego seno de la umbría.
Y olvidó su cervato, su ballesta y su roto caftan de sangre rojo, y Leila, ansiosa, de terror traspuesta, —¡Que él se salve!—exclamó—¡yo estoy dispuesta! ¡Sálvame tú, Señor, que á tí me acojo!
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