Versos Spanish Manuel Fernández y González Introduccion — VIII (Por un sendero)

Spanish poem

Introduccion — VIII (Por un sendero)

by (1821–1888)

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Por un sendero que al soto baja un bello jóven gallardo avanza. Al aire ondea su toca blanca, caftan le cubre de burda lana, su talle ciñe revuelta faja que el curvo alfanje sostiene y guarda; cubren sus piernas rudas abarcas, y el carcax lleno de fuertes jaras, y la ballesta sobre la espalda, y el cervatillo que al hombro carga, revelan, cierto, que es pobre y caza, y que cazando su vida gana. La res sangrienta deja en la grama, y en una piedra que besa el agua, se sienta y mira, miéntras descansa, absorto, inmóvil, la faz nublada, el sonoroso raudal que canta, y sobre el lecho de piedras salta, y allá se pierde, y allá se escapa, cual las mentidas sombras livianas de los ensueños de la esperanza. Tal vez Ataide, que sufre y ama, ve en la corriente, pasando rápida, su vida entera, su vida ingrata, en fugitivas sombras fantásticas, y en voz de llanto doliente exclama: «¡Ay vida triste! ¡Corriente amarga!»

Sus negros ojos lucientes lanzan fulgores lúgubres, siniestras ráfagas, cual si en su seno, con furia insana, se revolviese tormenta brava. Hay negros dias de horas menguadas en que anochece por la mañana. Consigo traen nubes de lágrimas y el duro cierzo que hiela el alma. ¡Desheredado desde la infancia!

Los años vienen, corren, avanzan; el niño es hombre, la madre anciana, y el raudal ciego de la desgracia siempre les dice con voz aciaga: «¡Ay vida triste! ¡Corriente amarga!»

Hondos suspiros Ataide exhala, que un imposible su sér abrasa, y al dueño hermoso que así le encanta decir no puede sus tristes ánsias; que ella es orgullo, prodigio y gala de la hermosura, la vírgen lánguida, la de las ricas trenzas doradas, ojos de fuego, frente de nácar, la dulce niña, la altiva dama, Leila la Horra, Leila la Hijara. ¡Él tan humilde, y ella tan alta! ¿Su amor en donde potentes alas hallar pudiera para alcanzarla? Y el pobre mozo por sus entrañas siente que corre hiel que le mata, algo que horrible su sér desgarra; y en el gemido de su garganta decir parece con voz ahogada: «¡Ay vida triste! ¡Corriente amarga!»

La vió en las fiestas de Bib-Arrambla, resplandeciente como una hada; hada sombría doliente y pálida. ¿Por qué tan rica, tan codiciada, de la hermosura gentil sultana, así insensible y así postrada?

¿Por qué en el Coso, quebrando cañas, lidiando toros, rompiendo lanzas, cien caballeros de gran prosapia, que prez y orgullo son de Granada, deslumbradores de ricas galas, lucientes joyas, bruñidas armas, sobre fogosos potros del Atlas, que el Coso barren con sus gualdrapas, en las cuadrillas giran, se travan, como un torrente de fuego pasan junto al estrado de la acuitada, y sus preseas ante sus plantas ansiosos ponen, sin que una vaga, leve sonrisa conmueva plácida su hermosa boca, ni en dulce llama sus negros ojos lucientes ardan? ¿Por qué tal pena, desdicha tanta? Y cual si el sueño que á Ataide embarga fuese un conjuro que la evocára, en los fulgores raudos de plata que á la corriente la luna arranca, Leila aparece trasfigurada, los negros ojos ardiendo en llamas, voraz sonrisa mostrando avara, suelta la luenga crencha dorada, que en su aureola radiante baña las maravillas de su garganta, sus curvos hombros, su seno que alza aliento inmenso que gime y canta y en poderoso volcan estalla. Leila le absorbe, Leila le abarca en el encanto de su mirada, Leila le expresa cuantas fragancias, cuantas ternuras enamoradas, las almas sienten que se embriagan en el misterio que amor se llama. Dura un momento la vision mágica, la onda en que flota léjos la arrastra, y Ataide dice con voz que espanta: —¡Hay vida triste! ¡Corriente amarga!