Versos Spanish Manuel José Othón Himno De Los Bosques

Spanish poem

Himno De Los Bosques

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En este sosegado apartamiento, lejos de cortesanas ambiciones, libre curso dejando al pensamiento quiero escuchar suspiros y canciones, ¡El himno de los bosques! Lo acompaña con su apacible susurrar el viento, el coro de las aves con su acento, con su rumor eterno la montaña. El torrente caudal se precipita a la honda sima, con furor azota las piedras de su lecho, y la infinita estrofa ardiente de los antros brota. ¡Del gigante salterio en cada nota el salmo inmenso del amor palpita!

Huyendo por la selva presurosos se pierden de la noche los rumores; los mochuelos ocúltanse medrosos en las ruinas, y exhalan los alcores sus primeros alientos deleitosos. Abandona mis párpados el sueño, la llanura despierta alborozada: con su semblante pálido y risueño la vino a despertar la madrugada. Del oriente los blancos resplandores a aparecer comienzan; la cañada suspira vagamente, el sauce llora cabe la fresca orilla del riachuelo, y la alondra gentil levanta al cielo un preludio del himno de la aurora. La bandada de pájaros canora sus trinos une al murmurar del río; gime el follaje temblador, colora la luz el monte, las campiñas dora, y a lo lejos blanquea el caserío. Y va creciendo el resplandor y crece el concierto a la vez. Ya los rumores y los rayos de luz hinchan el viento, hacen temblar el éter, y parece que en explosión de notas y colores va a inundar a la tierra el firmamento.

Allá, tras las montañas orientales, surge de pronto el sol como una roja llamarada de incendios colosales, y sobre los abruptos peñascales ríos de lava incandescente arroja. Entonces, de los flancos de la sierra bañada en luz, del robledal oscuro, del espantoso acantilado muro que el paso estrecho a la hondonada cierra; de los profundos valles, de los lagos azules y lejanos que se mecen blandamente del aura a los halagos, y de los matorrales que estremecen los vientos; de las flores, de los nidos, de todo lo que tiembla o lo que canta, una voz poderosa se levanta de arpegios y sollozos y gemidos. Mugen los bueyes que a los pastos llevan silbando los vaqueros, mansamente y perezosos van, y los abrevan en el remanso de la azul corriente. Y mientras de las cabras el ganado remonta, despuntando los gramales, torpes en el andar, los recentales se quejan blanda y amorosamente con un tierno balido entrecortado. Abajo, entre la malla de raíces que el tronco de las ceibas ha formado, grita el papán y se oye en el sembrado cuchichiar a las tímidas perdices. Mezcla aquí sus ruidos y sus sones todo lo que voz tiene: la corteza que hincha la savia ya, crepitaciones, su rumor misterioso la maleza y el clarín de la selva sus canciones. Y a lo lejos, muy lejos, cuando el viento, que los maizales apacible orea, sopla del septentrión, se oye el acento y algazara que, locas de contento, forman las campanitas de la aldea... ¡Es que también se alegra y alboroza el viejo campanario! La mañana con húmedas caricias lo remoza; sostiene con amor la cruz cristiana sobre su humilde cúpula; su velo, para cubrirlo, tienden las neblinas, como cendales que le presta el cielo y en torno de la cruz las golondrinas cantan, girando en caprichoso vuelo.

Oigo pasar, bajo las frescas chacas, que del sol templan los ardientes rayos, en bandadas, los verdes guacamayos, dispersas y en desorden las urracas. Va creciendo el calor. Comienza el viento las alas a plegar. Entre las frondas, lanzando triste y gemidor acento, la solitaria tórtola aletea. Suspenden los sauces su lamento, calla la voz de las cañadas hondas y un vago y postrer hálito menea, rozando apenas, las espigas blondas. Entonces otros múltiples rumores como un enjambre llegan a mi oído: el chupamirto vibra entre las flores, sobre el gélido estanque adormecido zumba el escarabajo de colores, en tanto la libélula, que rasa la clara superficie de las ondas, desflora los cristales tembladores con sus alas finísimas de gasa. El limpio manantial gorgoritea bajo el peñasco gris que le sombrea, corre sobre las guijas murmurando, lame las piedras, los juncales baña y en el lago se hunde; la espadaña se estremece a la orilla susurrando y la garza morena se pasea, al son del agua cariñoso y blando.

Ya sus calientes hálitos la siesta echa sobre los campos. Agostada se duerme la amapola en la floresta y, muerta, la campánula morada se desarraiga de la roca enhiesta; pero en la honda selva estremecida no deja aún de palpitar la vida: toda rítmica voz la manifiesta. No ha callado una nota ni un ruido: en el espacio rojo y encendido se oye a los cuervos crascitar, veloces la atmósfera cruzando, y la montaña devuelve el eco de sus roncas voces. Las palomas zurean en el nido; entre las hojas de la verde caña se escucha el agudísimo zumbido del insecto apresado por la araña; las ramas secas quiébranse al ligero salto de las ardillas, su chasquido a unirse va con el golpeo bronco del pintado y nervioso carpintero, que está en el árbol taladrando el tronco; y las ondas armónicas desgarra, con desacorde son, el chirriante metálico estridor de la cigarra. Corre por la hojarasca crepitante la lagartija gris; zumba la mosca luciendo al aire el tornasol brillante y, agitando su crótalo sonante, bajo el breñal la víbora se enrosca. El intenso calor ha resecado la savia de los árboles; cayendo algunas hojas van y, al abrasado aliento de la tierra evaporado, se revienta la crústula crujiendo. En tanto yo, cabe la margen pura, del bosque por los sones arrullado, cedo al sueño embriagante que me enerva y hallo reposo y plácida frescura sobre la alfombra de tupida hierba.

Trepando audaz por la empinada cuesta y rompiendo los ásperos ramajes, llego hasta el dorso de la abrupta cresta donde forman un himno, a toda orquesta, los gritos de los pájaros salvajes. Con los temblores del pinar sombrío mezcla su canto el viento, la hondonada su salmodia, su alegre carcajada las cataratas del lejano río. Brota la fuente en escondida gruta con plácido rumor y, acompasada, por la trémula brisa acariciada, la selva agita su melena hirsuta. Ésta es la calma de los bosques: mueve blandamente la tarde silenciosa la azul y blanca y ondulante y leve gasa que encubre su mirar de diosa. Mas ya Aquilón sus furias apareja y su pulmón la tempestad inflama. Ronco alarido y angustiosa queja por sus gargantas de granito deja la montaña escapar; maldice, clama, el bosque ruge y el torrente brama y, de las altas cimas despeñado, por el espasmo trágico rompido, rueda el vertiginoso acantilado donde han hecho las águilas el nido y su salvaje amor depositado; al mirarle por tierra destruido, expresión de su cólera sombría, aterrador y lúgubre graznido unen a la tremenda sinfonía. Bajo hasta la llanura. Hinchado el río arrastra, en pos, peñascos y troncones que con las ondas encrespadas luchan. En las entrañas del abismo frío que parecen hervir, palpitaciones de una monstruosa víscera se escuchan. Retorcidas raíces, al empuje feroz, rompen su cárcel de terrones. Se desgaja el espléndido follaje del viejo tronco que al rajarse cruje; el huracán golpea los peñones, su última racha entre las grietas zumba y es su postrer rugido de coraje el trueno que, alejándose, retumba sobre el desierto y lóbrego paisaje...

Augusta ya la noche se avecina, envuelta en sombras. El fragor lejano del viento aún estremece la colina y las espigas del trigal inclina, que han dispersado por la tierra el grano. Siento bajo mis pies trepidaciones del peñascal; entre su quiebra oscura, revuelto el manantial, ya no murmura, salta, garrulador, a borbotones. Son las últimas notas del concierto de un día tropical. En el abierto espacio del poniente, un rayo de oro vacila y tiembla. El valle está desierto y se envuelve en cendales amarillos que van palideciendo. Ya el sonoro acento de la noche se levanta. Ya empiezan melancólicos los grillos a preludiar en el solemne coro... ¡Ya es otra voz inmensa la que canta! Es el supremo instante. Los ruidos y las quejas, los cantos y rumores escapados del fondo de los nidos, de las fuentes, los árboles, las flores; el sonrosado idilio de la aurora, de estrofas cremesinas que el sol dora, la égloga de la verde pastoría, la oda de oro que al mediar el día de púrpura esplendente se colora, de la tarde la pálida elegía y la balada azul, la precursora de la noche tristísima y sombría... Todo ese inmenso y continuado arpegio, estrofas de una lira soberana y versos de un divino florilegio, cual bandada de pájaros canora, acude a guarecerse en la campana de la rústica iglesia que, lejana, se ve, sobre las lomas, descollando. Y en el instante místico en que al cielo el Angelus se eleva, condensando todas las armonías de la tierra, el himno de los bosques alza el vuelo sobre lago, colinas, valle y sierra; y al par de la expresión que en su agonía la tarde eleva a la divina altura, del universo el corazón murmura esta inmensa oración: ¡Salve, María!