Spanish poem
No Da Con Fácil Mano
by Manuel José Quintana (1772–1857)
No da con fácil mano El destino a los héroes y naciones Gloria y poder: la triunfadora Roma, Aquélla a cuyo imperio Se rindió en silenciosa servidumbre Obediente y postrado un hemisferio, ¡Cuántas veces gimió rota y vencida Antes de alzarse a tan excelsa cumbre! Vedla ante Aníbal sostenerse apenas Sangre itálica inunda las arenas Del Tresin, Trebia y Trasimeno ondoso; Y las madres romanas, Como infausto cometa y espantoso, Ven acercarse al vencedor de Canas. ¿Quién le arrojó de allí? Quién hacia el solio Que Dido fundó un tiempo, sacudía La nube que amagaba al Capitolio? Quién con funesto estrago En los campos de Zama el cetro rompe Con que leyes dio al mar la gran Cartago? La constancia: ella sola es el escudo Donde el cuchillo agudo La adversidad embota; ella convierte En deleite el dolor, la ruina en gloria; Ella fija el dudoso torbellino De la fortuna, y manda la victoria Para el pueblo magnánimo no hay suerte. ¡Oh España! ¡Oh patria! El luto que te cubre Muestre en tan grave afán tu amarga pena; Pero espera también, y con sublime Frente, de vil abatimiento ajena, La alta Gades contempla y sus murallas Besadas por las olas, Que asombradas aún y enrojecidas Tiéndense allí por las sonantes playas, Cantando las hazañas españolas. Se alzó el bretón en el soberbio alcázar Que corona su indómito navío, Y ufano con su g1oria y poderío, «Allí están, exclamó; volved los ojos, Compañeros, allí: nuevos despojos Ya vuestra invicta mano Ya a conseguir en los endebles pinos Que España apresta a su defensa en vano. Libre de esclavitud no sea ninguno Hijos somos nosotros de Neptuno, ¿Y ellos asan surcar el Océano? Acordaos de Abukir: sólo un momento ¡Llegar, vencer y devorarlo sea! Dadme este triunfo, y de laurel ceñido Que el opulento Támesis me vea». Dijo; y tiende la vela: ellos le siguen Abriendo el mar con sus nadantes proras Del viento y de las ondas vencedoras; Mientras que firme el español los mira, Y despreciando su arrogancia fiera, El noble pecho palpitando en ira, Con impávida frente los espera, ¡Ira justa! ¡Ardor santo! Esos crueles, Bajo las alas de la paz seguros. Son los que nuestra sangre derramaron Por vil codicia, a la amistad perjuros; Esos los que a perpetua tiranía Condenaron el mar, los que hermanaron Del poder la insolencia y la soberbia Con la rapacidad y alevosía; Esos... La noche con su negro manto Envuelve el mundo: sombras espantosas Entorno de los mástiles vagando, Estragos, muerte anuncian, y acrecientan La pavorosa espectación; el día Abre el campo al furor, y horrendo Marte Con clamores de guerra hinche la esfera Y levanta en los aires su estandarte. Responde a esta señal el hueco bronce, Con mortal estampido el eco truena, Y por el mar llevándose bramando, Hasta en las costas de África resuena. Vuelan, movidas de rencor, las naves Con naves a encontrar: menos violentas Despide el polo austral sierras de hielo, Que con su mole inmensa y resonante Por las fáciles ondas se deslizan, Y al audaz navegante atemorizan Ni con estruendo igual turban el cielo Las negras tempestades, Cuando por Bóreas y Euro embravecidas, A su furiosa guerra y duro encuentro Hacen del orbe estremecerse el centro. Tres veces fiero el insular se avanza, Creyendo en su pujanza Romper de nuestra escuadra el fuerte muro; Tres veces rechazado Por el hispano esfuerzo, ya dudosa Ve la victoria que esperó seguro. ¿Quién su despecho pintará y su saña Cuando aquel pabellón, antes tan fiero, Miró invencible al pabellón de España? No hay saber, no hay valor, solo ya fía Su fortuna al poder: dobla sus naves Y las redobla, en desigual pelea, De popa a proa, en uno y otro lado Cada español navío De mil rayos y mil es contrastado; Y él, con igual aliento Que recibe la muerte, así la envía. No: si cien voces yo, si lenguas ciento Me diese el cielo, a numerar bastara Las ínclitas hazañas de aquel día: El humo al sol se las robaba entonces; Pero la fama las dirá en su trompa, Las artes en sus mármoles y bronces. Llega el momento en fin, tiende la muerte Su mano horrible y pálida, y señala Víctimas grandes: el valiente Alcedo, Castaños, Móyua, intrépidos perecen Vosotros dos también, honor eterno De Bética y Guipúzcoa... ¡Ah, si el destino Supiese perdonar! ¿Cómo a aplacarte La oliva no bastó que unió Minerva A los lauros de Marte en vuestra frente? ¿Qué a vuestra ilustre indagadora mente Pudo ocultar el mundo o las estrellas? De vuestras sabias huellas Llenos están de América los mares, Las Cícladas lo están; viuda la patria De tantos héroes que enlutada llora, Pide a su corazón lágrimas nuevas Que a vuestro acerbo fin derrame ahora. ¡Ah! ¡Vivierais los dos! Y en vez de llanto, Del dolorido canto Que mi fúnebre acento hoyos consagra, Pudiera yo contraponer el pecho Al golpe atroz y recibir la herida Diera a la patria así mi inútil vida, ¡Y vivierais los dos! Y ella orgullosa Con vuestra luz y espíritu valiente, Al arduo porvenir hiciera frente, De rayos coronado y victoriosa. No, empero, sin venganza y sin estrago, Generoso escuadrón, allí caíste También brotando a ríos La sangre inglesa inunda sus navíos; También Albión pasmada Los montes de cadáveres contempla, Horrendo peso a su soberbia armada; También Nelson allí... Terrible sombra, No esperes, no, cuando mi voz te nombra, Que vil insulte a tu postrer suspiro: Inglés te aborrecí, y héroe te admiro. ¡Oh golpe! ¡Oh suerte! El Támesis aguarda De las naves cautivas El confuso tropel, y ya en idea Goza el aplauso y los sonoros vivas Que al vencedor se dan. ¡Oh suerte! El puerto Solo le verá entrar pálido y yerto: Ejemplo grande a la arrogancia humana, Digno holocausto a la aflicción hispana Así el furor de Marte impele el brazo de la parca, y siega Vidas sin fin: lanzado por la rabia Cunde el fuego voraz, las tablas arden, Un volcán encendido Es cada bosque, por los aires vagos Se alza y retumba el hórrido estallido, Y los sepulta el mar. ¿Hay más estragos? Sí; que el cielo, ominoso a tal porfía, Manda a los aquilones inclementes Separar los feroces combatientes Y en borrascosa noche hundir el día. Lo manda; ellos crueles, Azotando las ondas con sus alas, Se arrojan a los míseros bajeles. Al nuevo asalto, al sin igual combate Fallece el árbol trémulo y se abate; Hiéndese la armazón, el Océano Por el roto entrepuente entra bramando; Y moribundo el español exclama: «¡Ah! Pereciese yo, pero lidiando». En tan atroz conflicto Allá en las nubes la gloriosa frente Asomaban los fuertes campeones Que armados del tridente y del acero Al pabellón íbero Hicieron humillarse las naciones. Lauria y Tovar se vían, Avilés y Bazán, que, saludando A los héroes de Hesperia que morían, «Venid entre nosotros, les decían; Venid entre los bravos que imitasteis. Ya el premio hermoso del valor ganasteis Ya a vuestro ejemplo de constancia armada España; concitando sus guerreros, Magnánima se apresta a nuevas lides Volved la vista a la ciudad de Alcides Gravina, Escaño, y Álava, y Cisneros, Y otros ciento allí están, firme coluna, Dulce esperanza a nuestro patrio suelo: Venid, volad al cielo, Y sed astros de esfuerzo y de fortuna».