Versos Spanish Manuel José Quintana Tú, A Quien El Cielo Con Benignos Ojos

Spanish poem

Tú, A Quien El Cielo Con Benignos Ojos

by (1772–1857)

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Tú, a quien el cielo con benignos ojos miró desde el nacer; tú, en cuyo pecho imprimió la virtud, y en larga mano el don divino de pintarla diera, Nicasio respetable, ¿por qué tardas, y a la amistad que ansiosa te desea no te abandonas? De enlazados ramos espacioso dosel ora me ampara del crudo ardor del polvoroso estío, y los inquietos céfiros, vagando en dulce fresco, en movimiento y vida, los senos bañan del jardín. Mi mente desalada entretanto hacia ti vuela; vuela hacia ti, que a tu pesar sumido en ese abismo pestilente y ciego, los campos y las selvas solitarias buscas, y aún dudas, y a gozar te niegas placer tan puro y celestial conmigo. ¡Oh! No tardes, no tardes: bien tus pasos lleves al bosque oculto, bien la vista tiendas alegre en la abundosa vega, o la dulce corriente te embelese del río encantador; todo te llama con delicioso afán, todo convida tu enérgico pincel. No aquí ambiciosa Natura ansiara desplegar su inmenso poder, y ornada en majestad sublime, nuestra vista asombrar: guardó el espanto, guardó el terrible horror allá do esconde su frente el Apenino entre las nubes. Cúbrenle en torno las eternas nieves que en vano bate el sol: si el viento suena es proceloso el austro, en cuyas alas retumba el trueno; entonces los torrentes bajan furiosos a asolar los valles. ¿Qué es allí el hombre? Estremecido y solo, atónito se para, y no cabiendo impresión tan soberbia en sus sentidos, al mudo pasmo y confusión se entrega. Graciosa, empero, aquí, dulce, apacible, sus dones todos liberal reparte Naturaleza, y con placer se ríe. Tal la beldad en su primer oriente, de gracias sólo y suavidad bañada, suele más tierna embelesar los ojos y el corazón herir. Nicasio, el mío más amó siempre que admiró. Doquiera ternura aquí y amor. ¡Oh cuántas veces, cuántas, mirando las sociales vides enlazarse a los olmos, y lozanas entre los ramos de su verde apoyo sus hojas ostentar y alegre fruto, en dulce llanto se bañó mi pecho! ¡Cuántas pavesas del incendio antiguo plácidas se avivaron! Los suspiros, las ansias tiernas, la inquietud dichosa, las delicias inmensas que algún día me inundaron, ¡ay, Dios!, y acaso huyeron para nunca volver, todas volaron, todas a un tiempo con igual ternura me asaltaron allí: si desparece y huye el amor, a la memoria acuden padre, hermanos y amigos, y en un punto afectos mil que a penetrar mi seno aquel boscaje solitario inspira, y absorto y melancólico me llevan. Lejos allá su placentero ruido la brillante cascada precipita por el senoso peñascal, adonde su curso rompe murmurando el río. Corro y le miro, ¡oh, qué placer!, furioso del dique opuesto a su violencia en vano clamoroso agitarse, alzar la espalda, luchar, vencer, hervir, y en alba espuma deshecho y raudo arrebatarse al llano. Vaga la vista entre los dulces juegos que mil y mil con variedad graciosa mágica el agua a su mirar presenta. Bañan en ella sus sedientas alas los apacibles céfiros, y llenos de su grato frescor, ea vuelo alegre van a esparcirla a la tendida vega; mientras en dulce gratitud riendo, la dócil caña, el intratable espino y el álamo gentil, en la ribera sus ramos tienden a besar las ondas. Ondas preciosas que el colono activo supo en raudales dividir, y en ellos llevar la vida y la abundancia al campo. Siquiera el cielo en su rigor se obstine en negar el vivífico rocío, don de las nubes, los endebles diques rompe seguro el rústico, y al punto vieras la tierra que inundada embebe el cristalino humor; y fuerzas nuevas con él cobrando, engalanar su frente un fruto y otro fruto, y cien tras ellos. Así la vista por do quier se baña en verdura eternal; así Pomona tiende su manto, y pródiga derrama del almo cuerno el celestial tesoro. ¿Qué mucho si su templo delicioso le plugo aquí sentar, y aquí adorada del hombre ser? Todo la acata. El río, en dos partido, con ardor la ciñe, y ella en sus brazos y en su amor se goza. Yo allí, mientras los árboles se mecen al son del viento, en tanto que a sus hombros sube contento las opimas cargas el hortelano, y las zagalas ríen en trises alegre y bullicioso juego, llego al altar de la deidad que en medio reina ostentando su silvestre pompa, y a reverencia y religión me inclina. ¡Árboles prodigiosos! ¡Cuál la mente que así os quiso agrupar? ¿Cuál fue la mano que así os plantó? De majestad vestido el añoso nogal, su cima alzando, hasta la cumbre del Olimpo alcanza; sube, y en su ambición tiende los brazos lejos de sí, cual si ocupar con ellos de la esfera los ámbitos quisiera; y eternos a par de él, y a par sublimes, seis lúgubres cipreses los lujosos ramos le cercan, y en su faz sombría la luz quebrantan del ardor febeo. ¡Oh, delicias! ¡Oh, magia! ¡Oh, cómo hundida bajo esta hermosa bóveda se lleva la mente a meditar! ¡Cuál se engrandecen sus pensamientos! Y a la par mirados, ¡cuán breve el hombre, y su poder, su gloria, toda su pompa! ¡Oh, qué de veces vieron de su opulento dueño aquestos troncos la afanosa inquietud! ¡Cuántas en vano con su grato silencio le brindaban al reposo, a la paz; y él orgulloso en pos del mando y la ambición corría! ¡Qué de delitos no abortó el insano para saciar su ardor! Bañose en sangre, domó la tierra, y ¿qué logró? Estas plantas le vieron perecer, y ellas quedaron: quedaron a esparcir sus ramos bellos sobre mí, que inclinado y reverente canto su gloria, y vivirán: testigos serán, ¡ay!, de mi fin cuando a su ocaso llegue el aliento de mi endeble vida. Todo al tiempo sucumbe: ellas un día, ellas también... ¡Ah, bárbaro! Repara la inclemente segur; muévante al menos su sacro horror, su venerable sombra, su augusta ancianidad. Pudo hasta entonces respetarlas el tiempo, ¿y tú atrevido su hojosa copa abatirás? Detente, detente, y no en un punto así destruyas la gloria del verjel. Nogal frondoso, altos y melancólicos cipreses, para siempre vivid, y que el ingrato cuya mano sacrílega se atreva vuestros troncos a herir, jamás encuentre sombra refrigerante en el estío cuando le hostigue el sol; nunca reposo, nunca halle paz, y de su injusto pecho huya por siempre la inocencia amable que en el campo y los árboles se abriga. Lejos, empero, de la frente mía tan lúgubre pensar. Adiós, cipreses, Pomona, adiós: los álamos del bosque ya con su dulce amenidad me llaman. Salve, repuesto valle; el sol ardiente me hirió al venir, y fatigado el pecho late anhelante, y con dolor respira. Acógeme en tu seno; que tu yerba verde, abundosa, a mis cansados miembros sirva de alfombra; que el murmullo blando del grato arroyo en agradable sueño me envuelva y me regale, y que sacuda Favonio en tanto el delicioso néctar de su frescura, y mi sudor enjugue. ¡Ah! que ni aquí del velador cuidado el tósigo alcanzó, ni las espinas del miedo agitador su punta emplean. Todo es sosiego: al despertar, las aves con su armónico acento en mis oídos los ecos llevan del placer; las auras, árboles, cielo y arroyuelo y prado, todo me halaga y a mi vista ríe, mientras la fuente retirada y pura me ofrece el cáliz de sus ondas frías a mitigar mi sed; y yo, embebido con himnos mil, en mi delirio ciego a sus graciosas Náyades imploro. ¡Oh Gesner! ¿dónde estás? Tú, a quien desnuda, llena de gracia y de inmortal belleza Natura se mostró; tú, que inspirado fuiste de la virtud; tú, que en las selvas la paz y la inocencia y los amores tan dulcemente resonar hacías. ¡Divino Gesner!, ven; lleva mis pasos y enséñame a gozar. Contempla el suelo cuál nuestra planta engaña, y cuán hermoso se hunde aquí, se alza allá, forma ora un llano, después un seno; a la alameda vuelve la vista embelesada, y mira en ella las gracias revolar; ve la ternura con que al abrigo del robusto padre, del recio invierno y rigoroso estío los pequeñuelos árboles se amparan. Pregunta al blando céfiro, que vuela en sus copas dulcísimas moviendo los sones del amor, cuántas zagalas asaltó aquí festivo, y cuántas veces, de su recato virginal burlando, besó su frente y se empapó en su seno. Pídele los tiernísimos suspiros que llevados en él, por esta selva andan vagando, y las querellas tristes que el eco sordamente repetía. Dímelo, ¡oh dulce fuente! Así tu curso siempre abundante y puro, coronado eternamente de verdor se vea; las veces di que el amador inquieto sus ansias vino a consultar contigo. Aquí, en tus verdes márgenes sentado, tal vez se vio de la beldad que ansiaba gratamente acogido, y tal vez ella, tímida, tierna, de rubor teñida, le declaró su amor, y de sus ojos se escapó alguna lágrima que en vano luchó por contener; allá más lejos, dentro de aquella gruta solitaria que guarda el olmo en cavidad sombría, ¡quién sabe si el placer!... ¡Oh, ameno valle! No tenías, no, que a revelar se atreva mi lengua tus misterios silenciosos; basta la envidia en que encender me siento, basta el encanto en que tu amor me inunda. ¿Y tú tardas, Nicasio? ¿Y con tan puros, tan mágicos placeres te convida el campo, y tú le esquivas? Corre, vuela, antes que el año en su incansable curso lleve al verano y al verdor consigo. Cuidadoso el jardín te guarda flores; ven a gozarlas: si se agosta alguna, yo con los ojos del dolor la sigo, y pienso en ti, que su esperanza engañas. Huye con pie veloz esos lugares, digna morada de los tigres fieros que los habitan, do respiran sólo el negro horror que en sus entrañas ceban; de donde huyó el sosiego, huyó por siempre la dulce confianza; el pensamiento, de la opresión sacrílega amagado, no se atreve a romper el claustro oscuro en que le hundió el temor; y las palabras, cuando son de virtud, sordas, temblando, doquier hallar con la maldad recelan. ¡Oh, pechos sin virtud! Jamás preciaron los campos y las selvas que enmudecen cuando sus plantas con desdén las huellan. Sí, que el sublime y celestial lenguaje de Natura entender sólo fue dado a la inocente sencillez, y en ellos los vicios viles y execrables moran de esclavos a tiranos. Dulce amigo, húyelos, y rendido a mis plegarias ven a acogerte a mi apacible asilo. Los árboles no venden, los arroyos no aprenden a mentir; sereno el aire, sereno el cielo, a respirar te brindan en grata libertad; aquí segura podrá tu mente en sus grandiosas alas el vuelo descoger, ora en los valles perderaste embebido, ora sonando tu lira de oro, invocarás las Musas, y las Musas vendrán; ellas amigas del campo siempre y soledad han sido. Y en tanto que suspensa, embelesada, la esfera atienda a tu sublime canto, yo, templando la cítara a tu ejemplo, mi humilde acento ensayaré contigo.