Spanish poem
¡Nadie Me Escucha!... ¡Nadie!... El Eco Sólo
by Manuel José Quintana (1772–1857)
¡Nadie me escucha!... ¡Nadie!... El eco sólo, eterno compañero de este silencio lóbrego, responde a mi agudo clamor, y mudamente mi mal aumenta y mi dolor presente. ¿Y es aquesto verdad? ¿Pudo Teseo sin mí partir, y pudo desampararme así? ¡Pecho de bronce, de todo amor y de piedad desnudo! ¿Qué te hice yo para tan vil huida? Le vi, le amé; mi corazón, mi vida, toda yo suya fui, toda... El ingrato, ¿Qué no me debe? Encadenado llega a la cretense playa, destinado a morir: su sangre odiosa al monstruo horrible apacentar debía, que en la prisión del laberinto erraba. ¿Qué hubiera él sido sin la industria mía? Entra, combate, vence, y coronado de nueva gloria se presenta al mundo. Esto era poco: enfurecida y ciega, frenética después, mi hogar, mi padre, todo lo olvido a un tiempo, y me confío al amable impostor enajenado con su halago y su amor mi tierno pecho; ¡Falso amor, falso halago! ¿Qué se han hecho pasión tan viva y perdición tan loca? Yo lloro aquí desesperada en tanto que el pérfido se ríe de mi amor lamentable y de mi llanto. Pero no, no es posible que tan amantes lazos los haga así pedazos una argra ingratitud.
(Levántase exaltada hacia la tienda). Dame lecho a mi bien. Ahí tú que fuiste de mi gloria testigo mira ahora el triste afán que mi interior devora. ¡Así mientras sus labios me halagaban, y en tanto que sus brazos me ceñían, ya allá en su pecho las traiciones viles este lazo fatal me preparaban! ¡Oh unión inconcebible de perfidia y placer! ¡conque engañoso puede ser el halago, y la ternura lleva tras sí maldad y alevosía! Yo triste, envuelta en la inocencia mía, al delirio de amor me abandonaba; tú sabes cuál mi seno palpitaba, tú viste cuál mi sangre se encendía, y cómo de su boca engañadora deleite, amor y perdición bebía. Dos ayer éramos, y hoy sola y mísera me ves llorando a par de ti. Mira estas lágrimas, mírame trémula, donde gozando me estremecí. ¿Qué se hizo el pérfido? mi angustia muévate, y haz que volando torne hacia mí. Vuelve, adorado fugitivo, vuelve, yo te perdono. El ardoroso llanto que ora inunda mi rostro y me le abraza, enjugarás; reclinaré en tu pecho mi atormentada frente, y aplicando tu mano al corazón, verás cuál bate de anhelo palpitante y de alegría. Mas ¡oh! mísero y ciego devaneo; mientras imploro al execrable amigo, lleva el viento consigo mi gritar, mi esperanza y mi deseo. Y esto, ¡oh! dioses, sufrís y va seguro y contento el perjuro por medio de la mar, que le consiente sin abrirse y tragarle. ¡Oh! tú, divino astro del claro día, sol luciente, sagrado autor de la familia mía. Mira el trance terrible a que he venido, mírame junto al mar volver llorando la vista a todas partes, y en ninguna asilo hallar a mi fatal fortuna, mírame perecer sin un amigo que dé a mi suerte lamentable lloro. ¿Donde, dónde volverme? ¿A quién imploro? Muerte, no hay medio, muerte; este es el grito que por do quiera escucho; ésta la senda que encuentro abierta a mi infelice suerte. Brama el mar, silba el viento, y dicen: «Muerte» Y muerte hallaré yo... Las ondas fieras que senda amiga al seductor abrieron, me la darán... ¡Qué horror! Un sudor frío baña mi triste frente, y el cabello se eriza... Sí... Las veo; Las furias del averno me arrebatan tras de sí a fenecer... Voy desgraciada víctima del amor... ¡Ah! Si el ingrato presente ahora a mi dolor se hallara, quizá al verme llorar también llorara. ¡Más no, mísera! Muere; el mar te espera, el universo te olvidó, los dioses airados te miraron y sobre ti, cuitada, en un momento el peso de su cólera lanzaron. ¡Oh qué triunfo tan bárbaro y fiero! avergüénzate, cielo tirano, avergüénzate, o dobla inhumano mi tormento y tu odioso rencor. ¿Dudo? ¿Temo? ¿A qué atiendo? ¿Qué espero?. dame ¡oh! mar, en tu seno un abrigo, y las ondas escondan conmigo mi infortunio, mi oprobio y mi amor. (Arrójase al mar).