Spanish poem
¿Oyes, Cintia, Los Plácidos Acentos
by Manuel José Quintana (1772–1857)
¿Oyes, Cintia, los plácidos acentos del sonoro violín? Pues él convida tu planta gentilísima y ligera; ya la vista te llama, ya en la dulzura del placer que espera el corazón de cuantos ves se inflama. ¿Quién, ¡ay!, cuando ostentando el rosado semblante que en pureza y candor vence a la aurora, y el cuello desviando blandamente hacia atrás, das gentileza a la hermosa cabeza reposada sobre él; quién no suspira, quién al ardor se niega que bello entonces tu ademán respira? ¡Con qué pudor despliega de su cuerpo fugaz los ricos dones, la alegre pompa de sus formas bellas! Vaga la vista embelesada en ellas; ya del contorno admira la blanca morbidez, ya se distrae al delicado talle do abrazadas las gracias se rieron, y su divino ceñidor vistieron. Ya, en fin, se vuelve a los hermosos brazos que en amable abandono, como el arco de amor, dulces se tienden; ¡ay!, que ellos son irresistibles lazos donde el reposo y libertad se prende. ¡Oh imagen sin igual! Nunca la rosa, la rosa que primera se pinta en primavera, de Favonio al ardor fue tan hermosa; ni así eleva su frente la azucena, cuando, de esencias llena, con gentileza y brío se mece a los ambientes del estío. Suena, empero, la música, y sonando, ella salta, ella vuela: a cada acento responde un movimiento, una mudanza vuelve siempre a un compás; su ligereza de belleza en belleza vaga voluble, el suelo no la siente. Bella Cintia, detente; mi vista, que te sigue, ¿no te podrá alcanzar? ¿Nunca podría señalar de tus pasos la undulación hermosa, la sutil graduación? Cuando suspiro al fenecer de un bello movimiento, otro más bello desplegarse miro. así del iris, serenando el cielo con su gayado velo, en su plácida unión son los colores; así de amable juventud las llores, do, si un placer espira, comienza otro placer. Ved los amores sus mudanzas siguiendo y las alas batiendo, dulcemente reír: ved cuán festivo el céfiro, en su túnica jugando, con los ligeros pliegues graciosamente ondea, y él desnudo mostrando, suena y canta su gloria y se recrea; y ella en tanto, cruzando con presto movimiento, se arrebata veloz: ora risueña, en laberintos mil de eterno agrado enreda y juega la elegante planta; altiva ora levanta su cuerpo gentilísimo del suelo, batiendo el aire en delicado vuelo. Huye ora, y ora vuelve, ora reposa, en cada instante de actitud cambiando, y en cada instante, ¡oh Dios!, es más hermosa Atónita mi mente es conmovida con mil dulces afectos, y es bastante un silencio elocuente a darles vida. Mas ¿qué valen las voces, a par del fuego y la pasión que inspiran, en expresión callada, los negros ojos que abrasando miran? ¿A par de la cadena que, o bien me da de la amorosa pena el tímido afanar, o en ella veo la presta fuga del desdén que teme, o el duelo ardiente del audaz deseo? ¡Salud, danza gentil! Tú, que naciste de la amable alegría y pintaste el placer; tú, que supiste conmover dulcemente el alma mía, de cuadro en cuadro la atención llevando, y dando el movimiento en armonía. Así tal vez de la vivaz pintura vi de la antigua fábula animados los fastos respirar. Aquí Diana, de sus ninfas seguida, al ciervo en raudo curso fatigaba, y el dardo volador tras él lanzaba; allí Citeres presidiendo el coro de las gracias rientes, y a amor con ellas en festivo anhelo, y en su risa inmortal gozoso el cielo: el trono más allá cercar las horas del sol miraba en su veloz carrera, y asidas deslizándose en la esfera, vertiendo lumbre, iluminar los días. ¡Oh, Cintia! Tú serías una de ellas también; tú, la más bella; tú en la que brilla la rosada aurora; tú la agradable hora que vuelve en su carrera la vida y el verdor de primavera; tú la primera los celestes dones dieras al hombre de la edad florida; volando tú, rendida la belleza inocente, palpitara de amor; y tú serías la que, bañada en celestial contento, del deleite el momento anunciarías. ¡Oh, hija de la beldad, Cintia divina! La magia que te sigue me lleva el corazón; cesas en vano, Y en vano despareces, si aun en sueños mi mente embelesada tu imagen bella retratar consigue. La magia que te sigue me lleva el corazón: ya por las flores mire veloz vagando la mariposa, o que la fuente ría, de piedra en piedra dando, o que bullan las auras en las hojas; doquier que gracia y gentileza veo, «Allí está Cintia», en mi delirio digo, y ver a Cintia en mi delirio creo. Así vive, así crece por ti mi admiración, y arrebatada no te puede olvidar. Ahora mi vida florece en juventud. ¿Cómo pudieran no suspenderla en inefable agrado tanta y tanta belleza que ya un día soñaba yo en idea, y en ti vivas se ven? Vendrán las horas de hielo y luto, y la vejez amarga vendrá encorvada a marchitar mis días; entonces ¡ay! entre las penas mías, tal vez en ti pensando, diré: «Vi a Cintia»; y en aquel momento las gracias, la elegancia, las risas, la inocencia y los amores a halagarme vendrán; vendrá tu hermosa imagen placentera, y un momento siquiera mi triste ancianidad será dichosa.