Spanish poem
¿Será Que Siempre La Ambición Sangrienta
by Manuel José Quintana (1772–1857)
¿Será que siempre la ambición sangrienta o del solio el poder pronuncie sólo, cuando la trompa de la fama alienta vuestro divino labio, hijos de Apolo? ¿No os da rubor? El don de la alabanza, la hermosa luz de la brillante gloria, ¿serán tal vez del nombre a quien daría eterno oprobio o maldición la historia? ¡Oh! despertad: el humillado acento con majestad no usada suba a las nubes penetrando el viento y si queréis que el universo os crea dignos del lauro en que ceñís la frente, que vuestro canto enérgico y valiente digno también del universo sea. No los aromas del loor se vieron vilmente degradados así en la Antigüedad: siempre las aras de la invención sublime. del Genio bienhechor los recibieron. Nace Saturno, y de la madre tierra el seno abriendo con el fuerte arado, el precioso tesoro de vivífica mies descubre al suelo, y grato el canto le remonta al cielo, y Dios le nombra de los siglos de oro. ¿Dios no fuiste también tú, que allá un día cuerpo a la voz y al pensamiento diste, y trazándola en letras detuviste la palabra veloz que antes huía? Sin ti se devoraban los siglos a los siglos, y a la tumba de un olvido eternal yertos bajaban. Tú fuiste: el pensamiento miró ensanchar la limitada esfera que en su infancia fatal le contenía. Tendió las alas, y arribó a la altura de do escuchar la edad que antes viviera, y hablar ya pudo con la edad futura. ¡Oh, gloriosa ventura! Goza, Genio inmortal, goza tú solo del himno de alabanza y los honores que a tu invención magnífica se deben: contémplala brillar; y cual si sola a ostentar su poder ella bastara, por tanto tiempo reposar Natura de igual prodigio al universo avara. Pero al fin sacudiéndose, otra prueba la plugo, hacer de sí, y el Rin helado nacer vio a Guttemberg. «¿Conque es en vano que el hombre al pensamiento alcanzase escribiéndole a dar vida, si desnudo de curso y movimiento en letargosa oscuridad se olvida? No basta un vaso a contener las olas del férvido Oceano, ni en sólo un libro dilatarse pueden los grandes dones del ingenio humano. ¿Qué les falta? ¿Volar? Pues si a Natura un tipo basta a producir sin cuento seres iguales, mi invención la siga: que en ecos mil y mil sienta doblarse una misma verdad, y que consiga las alas de la luz al desplegarse». Dijo, y la imprenta fue; y en un momento vieras la Europa atónita, agitada con el estruendo sordo y formidable que hace sañudo el viento soplando el fuego asolador que encierra en sus cavernas lóbregas la tierra. ¡Ay del alcázar que al error fundaron la estúpida ignorancia y tiranía! El volcán reventó, y a su porfía los soberbios cimientos vacilaron. ¿Qué es del monstruo, decid, inmundo y feo que abortó el dios del mal, y que insolente sobre el despedazado Capitolio a devorar el mundo impunemente osó fundar su abominable solio? Dura, sí; mas su inmenso poderío desplomándose va; pero su ruina mostrará largamente sus estragos. Así torre fortísima domina la altiva cima de fragosa sierra; su albergue en ella y su defensa hicieron los hijos de la guerra, y en ella su pujanza arrebatada rugiendo los ejércitos rompieron. Después abandonada, y del silencio y soledad sitiada, conserva, aunque ruinosa, todavía la aterradora faz que antes tenía. Mas llega el tiempo, y la estremece, y cae; cae, los campos gimen con los rotos escombros, y entretanto es escarnio y baldón de la comarca la que antes fue su escándalo y espanto. Tal fue el lauro primero que las sienes ornó de la razón, mientras osada, sedienta de saber la inteligencia, abarca el universo en su gran vuelo. Levántase Copérnico hasta el cielo, que un velo impenetrable antes cubría, y allí contempla el eternal reposo del astro luminoso que da a torrentes su esplendor al día. Siente bajo su planta Galileo nuestro globo rodar; la Italia ciega le da por premio un calabozo impío, y el globo en tanto sin cesar navega por el piélago inmenso del vacío. Y navegan con él impetüosos, a modo de relámpagos huyendo, los astros rutilantes; más lanzado veloz el genio de Newton tras ellos, los sigue, los alcanza, y a regular se atreve el grande impulso que sus orbes mueve. «¡Ah! ¿Qué te sirve conquistar los cielos, hallar la ley en que sin fin se agitan la atmósfera y el mar, partir los rayos de la impalpable luz, y hasta en la tierra cavar y hundirte, y sorprender la cuna del oro y del cristal? Mente ambiciosa, vuélvete al hombre». Ella volvió, y furiosa lanzó su indignación en sus clamores. «¡Conque el mundo moral todo es horrores! ¡Conque la atroz cadena que forjó en su furor la tiranía, de polo a polo inexorable suena, y los hombres condena de la vil servidumbre a la agonía! ¡Oh!, no sea tal». Los déspotas lo oyeron, y el cuchillo y el fuego a la defensa en su diestra nefaria apercibieron. ¡Oh, insensatos! ¿Qué hacéis? Esas hogueras que a devorarme horribles se presentan y en arrancarme a la verdad porfían, fanales son que a su esplendor me guían, antorchas son que su victoria ostentan. En su amor anhelante mi corazón extático la adora, mi espíritu la ve, mis pies la siguen. No: ni el hierro ni el fuego amenazante posible es ya que a vacilar me obliguen. ¿Soy dueño, por ventura, de volver el pie atrás? Nunca las ondas tornan del Tajo a su primera fuente si una vez hacia el mar se arrebataron: las sierras, los peñascos su camino se cruzan a atajar; pero es en vano, que el vencedor destino las impele bramando al Oceano. Llegó, pues, el gran día en que un mortal divino, sacudiendo de entre la mengua universal la frente, con voz omnipotente dijo a la faz del mundo: «El hombre es libre». Y esta sagrada aclamación saliendo, no en los estrechos límites hundida se vio de una región: el eco grande que inventó Guttemberg la alza en sus alas; y en ellas conducida se mira en un momento salvar los montes, recorrer los mares, ocupar la extensión del vago viento, y sin que el trono o su furor la asombre, por todas partes el valiente grito sonar de la razón: «Libre es el hombre». Libre, sí, libre: ¡oh dulce voz! Mi pecho se dilata escuchándote y palpita, y el numen que me agita, de tu sagrada inspiración henchido, a la región olímpica se eleva, y en sus alas flamígeras me lleva. ¿Dónde quedáis, mortales que mi canto escucháis? Desde esta cima miro al destino las ferradas puertas de su alcázar abrir, el denso velo de los siglos romperse, y descubrirse cuanto será. ¡Oh placer! No es ya la tierra ese planeta mísero en que ardieron la implacable ambición, la horrible guerra. Ambas gimiendo para siempre huyeron como la peste y las borrascas huyen de la afligida zona que destruyen, si los vientos del polo aparecieron. Los hombres todos su igualdad sintieron, y a recobrarla las valientes manos al fin con fuerza indómita movieron. No hay ya, ¡qué gloria!, esclavos ni tiranos; que amor y paz el universo llenan, amor y paz por dondequier respiran, amor y paz sus ámbitos resuenan. Y el Dios del bien sobre su trono de oro el cetro eterno por los aires tiende; y la serenidad y la alegría al orbe que defiende en raudales benéficos envía. ¿No la veis? ¿No la veis? ¿La gran coluna, el magnífico y bello monumento que a mi atónita vista centellea? No son, no, las pirámides que al viento levanta la miseria en la fortuna del que renombre entre opresión granjea. Ante él por siempre humea el perdurable incienso que grato el orbe a Guttemberg tributa, breve homenaje a su favor inmenso. ¡Gloria a aquél que la estúpida violencia de la fuerza aterró, sobre ella alzando a la alma inteligencia! ¡Gloria al que, en triunfo la verdad llevando, su influjo eternizó libre y fecundo! ¡Himnos sin fin al bienhechor del mundo!