Spanish poem
¿Qué Se Negó De La Falaz Armida
by Manuel José Quintana (1772–1857)
¿Qué se negó de la falaz Armida al mágico poder? Su voz sonaba, y el báratro profundo de sus lóbregos senos alanzaba el tremendo escuadrón que la servia. viérase al punto de infernal veneno toda inundarse en derredor la esfera, arder el rayo y retumbar el trueno. la rápida carrera suspenderse del sol, bramar los vientos, en sus hondos cimientos estremecerse el mar y mal segura la tierra contrastada, de sus ejes eternos desquiciada. Mas cuando al fin enamorada y ciega el corazón indómito rendía, y de perder su amante recelosa, en los fines del orbe le escondía, ya no era entonces la espantosa maga; era ya una deidad. El polo yerto ostentose cubierto con el manto de Flora; por los fecundos prados las fuentes murmuraban y de esencias bañados los céfiros jugaban con las flores volaban los Amores las gracias y el deleite en pos de Armida y ella entre tanto de Rinaldo asida el coro de las aves escuchaba que al placer y al amor la convidaba. Tal fue entonces Armida; y tal ahora Tú ¡oh! poderosa Todi la presentas ya en ternura y delicias anegada temerosa después, y al fin furiosa viendo su gloria y su beldad hollada. Invención celestial. No, no es Armida la que así nos enciende y el agitado espíritu suspende el mentido poder que por su encanto tuvo en los elementos confundidos, hoy en nuestros oídos* lo alcanza el arte y lo renueva el canto. ¡Soberana armonía! ¿En qué sus dulces y halagüeñas flores Más bien que en tus loores Esparcir deberá la poesía? Pero ¿cómo en su vuelo La poderosa voz seguir podría Que pasma al mundo y maravilla al cielo? Ella parte suave; Y ora orgullosa y grave Del espacio los ámbitos domina, Ora en quiebros dulcísimos se pierde, Y delicada trina; Ora sube al Olimpo, ora desciende, Y ora como un raudal rico y sonoro Vierte súbitamente en los oídos De su riqueza armónica el tesoro. Sola la admiración enmudecida Seguirla puede en su veloz carrera; ¿Y do ha vivido el corazón de fiera Que se negase esquivo De su expresión celeste al atractivo? ¡Oh! no es posible el evitar su imperio la fogosa energía de su gesto y acción se le prometen, y su mágico acento y melodía. Aquí vence, aquí triunfa, aquí arrebata vedla de gloria y majestad vestida cuando del solio el esplendor retrata vedla después, desesperada y llena de cólera y soberbia amenazando nube parece que espantosa truena, o terrible Aquilón cuando soplando con hórrido silbido, sacude el universo combatido. ¿Mas cuál benigna suavidad se siente? Él es, el blando Amor, el hijo ardiente de la hermosa y divina Citerea. Más dulce y grato que la miel hiblea, más puro que los céfiros, su acento sale inflamando el viento, y por do quiera su ternura inspira. ya tras el bien perdido vaga anhelante y con dolor suspira; en el dulce trinar pinta el gemido, en los blandos gorjeos aparecen los tímidos deseos, la amorosa inquietud, las ansias tiernas, la risa alegre y apacible juego que ceban tanto el delicioso fuego. Ya con tono más grave la sublime constancia se ve ornada, o en celeste deliquio modulada del caro bien la posesión suave. Entonces gime el insensible, entonces Hasta los duros mármoles se agitan; Amor aprende a amar, a amar incitan El eco, el viento, y de tu voz herido, Por su divino impulso es arrastrado Mi corazón vencido. Salta en el pecho, y sin cesar palpita, Todo anegado en el amante anhelo Que inspira el canto; su vehemente llama Veloz discurre por mi sangre y venas, Y en todas ellas su calor derrama; Derrama su calor, que vuelto en llanto, Sin ser posible a contenerle el seno, Salta a la vista en delicioso encanto. ¿Quién de tu genio mesurar podría la extensión y el ardor? Dinos, ¿en dónde tuvo su oriente? En dónde se adestró a desplegar tal osadía, y de tanta riqueza salió lleno? ¿Fue acaso allá donde el feliz Ismeno corrió bañando la sonora Tebas? ¿O más bien sobre el Ísmaro sombrío, do por la vez primera los ecos de la música sonaron, y tras sí arrebataron los hombres y las fieras, las rocas y los árboles? ¿Do Orfeo su lira de oro celestial pulsaba los vientos a su voz se condolían, y a Eurídice llamaba, y Eurídice los montes respondían? Igual, empero, o superior, tú impeles al seno del olvido los pesares amargos y crueles. Yo lo vi, lo sentí. Del hondo averno por mi mal abortado un esquivo cuidado devoraba mi triste corazón, cuando presente vi la sidonia reina, que el amaba contra el troyano pérfido inclemente. ¡Bárbara atrocidad! Huye el ingrato sin que bastantes sean de la mísera amante las querellas su fuga a suspender: huye, no cura los preciosos tesoros que fiel le prodigaba la hermosura; tesoros ¡ay! de amor y de ternura, y se entrega a la mar. ¡Qué de lamentos! ¡qué horrorosos acentos! ¡qué desesperación! En vano llora la triste, y corre enfurecida, y gime; en vano al cielo en su dolor implora, y a los hombres también; hombres y dioses al dolor y al horror la abandonaron ¿Morirá la infelice sin hallar compasión? Grande, sublime, terrible situación, que sorprehendido** mi espíritu admiraba, y olvidó su aflicción llorando a Dido. ¡Y que tan dulces horas hayan de fenecer! Mantua te pierde, Mantua, que tanto te admiró; desierto se verá el gran teatro donde un día al eco de tu canto y los aplausos el soberbio artesón se estremecía. Mustio el espectador, irá a buscarte y no te encontrará; y en tal vacío, ¿Do está, dirá, la enamorada Elfrida, la encantadora Elfrida? ¿Adónde fueron la dulce Hipermenestra, la arrogante Cleopatra y Cleofida? Sombras sublimes, cuya hermosa idea inventar y animar el genio pudo, ¿será que nunca ya mi mente os vea? Anda, vive feliz, corre el sendero que a tu brillante gloria abrió el destino; mas ¿qué le falta a su esplendor divino? El universo entero su honor, su encanto, su deidad te aclama. Llevada en raudo vuelo por la sonante trompa de la fama, pasmarás las edades, y asombrado te nombrará el artista y confundido. Por más osado que su genio sea, tú el término serás de su esperanza, dique a su presunción: él desde lejos adorará tus soberanas huellas, y lucirá tal vez con tus reflejos; así en el alto Olimpo las estrellas brillan, mas solamente en noche umbría, cediendo el resplandor y la victoria al gran planeta que preside al día.