Versos Spanish Manuel José Quintana ¿Pudo Lucir El Suspirado Día

Spanish poem

¿Pudo Lucir El Suspirado Día

by (1772–1857)

Listen in the reader

¿Pudo lucir el suspirado día Que con sus votos la virtud llamaba, Y la esperanza florecer que apenas El sueño en sus halagos le pintaba? Pudo: a este tiempo en repetido aplauso Miro el viento batir, en dulces himnos Los ecos resonar, y por do quiera, De labio en labio sin cesar llevado, El nombre de Jovino henchir la esfera. ¡Bien haya veces mil aquel momento En que a las manos del saber se entregan Las riendas del poder! En él cifrada Su ventura ve el orbe; en ti, Jovino, La suya ve tu patria. Ella anhelante, Ya en el horror del precipicio puesta, Auxilio implora y tu robusta mano Que sólo tú de sus profundos males El abismo sondar, dar a sus llagas El poderoso bálsamo, y en rayos De luz clara y vivífica pudieras Inundarla por fin. ¡Oh! presto sea, Presto se cumpla la esperanza mía; La nube ahuyenta del error, con ella Huirán al punto las funestas plagas Que nuestra dicha en su insolencia ahogaron. Y a ti sólo debida esta victoria, Mi vista, ansiosa de tu honor, te vea Brillar al fin con tan inmensa gloria. Victoria más espléndida y más pura Que las que en campos de pavor cubiertos Consagra a Marte la fiereza humana; No, empero, menos ardua revestida De mil formas y mil tiende su vuelo Rastren la ignorancia, y con sus alas Cuanto toca consume; así en los campos Que baña con sus ondas Guadiana Crece el insecto volador, y muerta Lamenta Ceres su verdura ufana. Ora insulta y desprecia: en su habla loca Es ocioso el saber, frívolos sueños Las obras del ingenio, al polvo iguales Los altos pechos que Minerva inspira. ¡Bárbara presunción! Allá en el Nilo Suele el tostado habitador dar voces, Y al astro hermoso en que se inflama el día Frenético insultar: la injuria vana Huye a perderse en la anchurosa esfera. Y Febo en tanto derramando lumbre Sigue en silencio su inmortal carrera. Ora feroz a la indolencia usada Se niega, y de murallas espantosas Cerca y ataja los senderos todos Por do a la humana perfección se arriba. De allí, alzando el cuchillo, armada en muerto, Cuantos su imperio detestable esquivan, Tantos amaga. ¡Ay del cuitado que osa. De generoso ardor el pecho henchido, Sus nieblas disipar, buscar la lumbre, Y a la cumbre trepar Víctima entonces De su ciego furor... Pero primero Del cielo y de la tierra se vería Suspenso el curso, y de las cosas todas El lazo universal roto y deshecho, Que la insolente estupidez su triunfo Logre completo, y que sus impías manos La sacra antorcha a la razón extingan. ¿Quién dio a la tempestad el loco orgullo De sobrar a la luz? Tú, gran Jovino, Insta, combate, vence. el monstruo horrible Bramando espire; que reinar se vena Benéficas las letras; que amparadas De su inviolable independencia sean. Ellas fueron tu amor, ellas tu encanto Siempre serán ¡O bienhadado y digno De envidia el que en su albergue solitario Las fuentes del saber tranquilo apura! Felices en su afán vuelan las horas Ya la lectura le embelesa, y lleno De admiración, los altos monumentos De la estudiosa antigüedad medita, Y a sus genios se hermana, ecos grandiosos Por do la serie de la ciencia humana Se dilata a los siglos. Ya llevando Al hermoso espectáculo que ostenta Natura, su atención, busca sus leyes, Sus misterios indaga, en su belleza Atónito se arroba, y desde un punto Se hace inmenso como ella. Ora a los hombres La vista paternal vuelve, y llorando, Exento del error, ve sus errores, Y los señala y los combate, y libre Muestra la senda en que a placer se lleven De la mundana actividad las ruedas: Tal vez sueña, y soñando en su delirio, Nuevos mundos se finge, y de virtudes Y de ventura celestial los llena. ¿Quién no envidia su error? Llora y suspira En la dulce ilusión que le enajena, Y del orbe en el bien el suyo mira. Siquiera allí de la servil codicia, de la ambición frenética no tiembla La eterna agitación: a fuer de vientos Que en partes mil el horizonte rompen, Y furiosos batiéndose, a su impulso La fiel serenidad huye turbada; Tal en el centro del poder se acosan La doblez, la maldad, los vicios viles, Que en mentido disfraz vagan tras ellas, Y en su mísero vértigo sepultan De la virtud las esperanzas bellas. ¡Ay! que tal vez al formidable peso Rebelde el hombro, y de luchar cansado Con la depravación, los tristes ojos, Jovino, volverás a aquellos días De tu apacible soledad testigos; Los volverás llorando; el desaliento Su amarga hiel derramará en tus venas, Maldiciendo afligido aquel momento Que te arrancó a tu albergue, do tranquilo La virtud, la verdad fueron tu asilo. ¿Y el ejemplo del bien que debe al mundo Todo gran corazón? Y la alta gloria De aterrar la maldad? Y los consuelos De la opresa virtud? —Cuando lejana, De hierro el cetro iniquidad violenta Tienda a las veces, y afligido llore El inocente en su opresión, tú entonces, Tú serás su deidad. Antes venía, Y con trémulo pie la aula pisaba, La altiva majestad le confundía; Demandaba justicia, y su semblante, De incertidumbre tímida vestido, Suspiraba un favor. Jovino ahora, Jovino es quien atiende a sus querellas, Quien enjuga sus lágrimas, quien tierno También acaso le acompaña en ellas. Lágrimas puras que, en placer bañada, Derrama la virtud, ¡qué de consuelos No dais al corazón! ¡Qué de pesares No le quitáis! —¿Y el inmortal testigo, El premio hermoso de los grandes hombres, Alta posteridad, que ya te mira Y tu nombre señala entre sus nombres? ¡Oh porvenir! ¡Oh juez incorruptible Del hombre que vivió! ¡Cuál se amedrenta De ti el profano pecho que ya un día El bien miró, de indiferencia lleno, Ni osó el cerco salvar que le ceñía! Cuando la noche del sepulcro ostente La nada ante sus pies, cuando ya el sueño De su vida falaz se torne en humo, ¿Qué verá tras de sí? Mísero olvido O excración eterna que a los tiempos La memoria en su voz vuelve contino. Aquel, empero, que de ardor divino Tocado fue, que en incesante anhelo Siempre ansió por el bien, y que en su mente, A cuanto obró y pensó la faz terrible Del tiempo que vendrá tuvo presente, Ese vive inmortal; su excelso nombre Colina el abismo de la tumba, y viva Su gloria colosal queda en sus hechos; Hechos que en ecos de alabanza suenan, Que el campo inmenso del espacio ocupan, Y el raudo giro de los siglos llenan. Tiempo vendrá que en la dichosa Hesperia Espaciando la vista alborozada, Grite la admiración: «¿No es este el suelo Que en otro tiempo a compasión movía? Veinte siglos de error en él fundaron El imperio del mal: en vano había Pródigo el cielo de favor cubierto Su seno en bienes mil, y codiciosa La tierra por brotar, inagotables Sus opimos tesoros ostentaba. Su sed en vano innumerables ríos Mitigaban regándola, y en vano Bañara el mar su costa al occidente, Al oriente y al sur. ¿Qué la servía Un clima placidísimo y sereno Que en vida, en fuerza y en placer la henchía? Todo fue por demás: su manto triste Tendió la asolación: yermos los campos, Mustios los pueblos, indolente el hombre, Sin conocer su estrago, sin aliento Para salvarse de él, ruina y silencio Cual de peste mortífera abrigaban. »¿Quién fue el Dios que bastó de tantos males El torrente a atajar? Quién la carrera Mudó a estas aguas, allanó los montes, Los pantanos cegó? Cubren de Ceres Y de Pomona los celestes dones El suelo antes erial, que abrojos solos Y zarzales inútiles llevaba. Trocóse todo: por do quier la mano Del hombre señalada, y por doquiera Su vivífica acción en movimiento Despierta mi atención. ¿Do las cadenas Están de la verdad? ¡Cuál se ha extendido, En alas del espíritu llevada, De mar a mar y de Pirene a Gades! ¿Quién volvió a sancionar la ley de vida Que en su próvido amor naturaleza Por la voz del deleite diera al mundo? ¿Qué numen creador pudo en un día Verter aquí la plenitud y holganza, Imprimir su vigor y su energía?» ¡Ah! que entonces el nombre de Jovino Grande a la gloria y al aplauso viva, Y aquel augusto galardón reciba Digno de su virtud y alto destino. ¡Oh hermosa emulación! Vendrán las artes Hijas del genio imitador, y solas Adornar ansiarán el bello triunfo De su alumno y su dios: suyo las ciencias Le aclamarán, con su divina mano Allá en la playa astur mostrando alegres La mansión que él les diera, altar primero Que alzó a Minerva la razón hispana. En medio el labrador, no como un día Angustiado, infeliz, pobre y desnudo, Sino contento y vigoroso, alzando La agradecida voz, dirá: «Fue mío, Y su alabanza es mía; si de flores Primero se adornó su mente hermosa, Para mí maduró, y en fruto opimo Gocé yo al fin de su favor los dones. »Si de su voz la persuasión salía Como raudal de miel, ella a mis llagas Dulce bálsamo fue. ¿No ahogó su mano Una en pos de otra las odiosas sierpes Que infestaban mi ser? Ved mi abundancia, Ved mi contento, el delicioso halago Con que de hijuelos el enjambre hermoso Me alivia y me corona. ¡Ay! hubo un tiempo Que el ser padre era un mal: ¿quién sin zozobra A la indigencia, al desaliento, diera Nuevos esclavos? Pero huyó; al olvido Lanzó Jovino tan amargos días: Mi esperanza, mi paz, las glorias mías Obras son de su amor, son de su anhelo; Dadme pues sólo el bendecir su nombre, Y en dulces himnos levantarle al cielo».